-“Adios princesita”, dijo su madre entre lágrimas mientras abrazaba a sus otras dos hijas.

-“Todavía mamá, todavía. Todavía estoy despierta”, comentó risueña Mariam.

Se acomodó y cerró despacio los ojos.

La despedida fue amena, triste, llorosa. Hubo risas, lágrimas y una sensación extraña que no las dejaba respirar tranquila. Mariam se veía rodeada de aquellos a los que amaba, sus dos hermanas, su madre, su abuela, quien no entendía lo que pasaba, Margarette su amiga de toda la vida, sus primos, algunos amigos de escuela, sus tíos, sobre todo la tía Caroline y Patric su novio.

El hospital en dónde Mariam se trato el cáncer de mama, le había dado permiso para celebrar una fiesta privada en una de las salas de visitas. La habían acondicionado y cerrado los ingresos para que ninguna personas ajena a la familia y amigos cercanos ingresara a ese momento único. A las nueve de la mañana la fiesta empezó con el desayuno, en el que los cereales que Mariam detestaba estaban ausentes. En su lugar croasanes frescos, hechos esa misma mañana por encargo especial a la panadería francesa cerca a su casa. Jugo de naranjas frescas, huevos revueltos, torta de chocolate, café, té, jugo de fresas frescas, melones, sandías y mucha piña.

Hace años que Mariam no comía tanto y aún debía guardar espacio para el almuerzo. Luego del desayuno, que duró casi tres horas, vinieron las proyecciones de foto y dias, las que mostraban a Mariam de niña y luego de adolescente. Sus amigos de escuela preparon una mini película con todas las fotos y films sobre Mariam que pudieron recolectar. Hubo bromas, recuerdos y risas, muchas risas.

Mariam estaba radiante. Una hora antes, a las ocho, una estilista reconocida había llegado a su habítación para peinarla, tarea difícil por el poquísimo cabello que Mariam tenía en ese mometno. Pero las extensiones, el maquillaje y el delicado vestido la dejaron más bella que nunca, a pesar de la delgadez y la palidez.

Como a las dos de la tarde el almuerzo no se hizo esperar más, los platos favoritos de Mariam aparecieron en una mesa larga colocados como buffet para que todos pudieran escoger y comer hasta saciarse. Mucho pescado, mariscos y nuevamente jugo de fresa fresca. Pero también carne de cordero preparada al estílo marroquí con muchas hierbas aromáticas, preparación de la que Mariam se había quedado encandilada cuando visitó Marruecos por primera vez. Patric recordó cuánto le gustaba y no escatimó en contratar a una de las mejores cocineras marroquís en el país.

Luego vino el baile. A Mariam le encantaba bailar, no seguía bien los pasos de la música latina, pero tenía una fascinación por el merengue y la salsa. Jerry, un instructor de salsa ofreció un workshop privado, todos bailaron y se divirtieron. Después de varios intentos, Maríam pudo seguir el ritmo y dar vueltas sin tropezar en sus zapatos.

A las cinco, la alegría y el bullicio se volvió una tertulia. Se discutía sobre las últimas noticias, sobre el clima y sobre la vida misma. De alguna forma, sentados todos alrededor de la mesa evitaban tocar el tema que los había reunido en aquel lugar. Adriana miraba constantemente el reloj, y veía que éste no avanzaba lentamente como generalmente sucede cuando esperas algo. Todo lo contrario avanzaba, y avanzaba muy rápido.

Mariam se dio cuenta de la angustia de su madre. Se acercó a ella, tomó su mano, la apretó y dejó que su madre convirtiera su sollozo en un llanto que de inconsolable contagió a los demás. Mariam también lloró, no por lo que iba a pasar, sino porque no podía, nunca pudo ver llorar a otra persona sin llorar ella también.

-“Mamá, mirame”, dijo Mariam. Adriana levantó los ojos. Al mirar los ojos se su hija, Adriana veía los ojos de su marido ya muerto. Ese color verde intenso que solo Mariam heredó de su padre.

-“Me voy feliz. Y esto es lo mejor que me puede pasar ahora”, le dijo Mariam con el cansansio ya reflejado en su rostro.

A las cinco y cuarenta y cinco una enfermera tocó a la puerta y la madre y se aferró a su hija. Amigos y familiares se acercaron uno a uno para besarla y abrazarla. Mariam se sentía bien. Pero se derrumbo de dolor cuando Patric se acercó. Hace tiempo que no se besaban con pasión y aunque él no podía ella lo deseaba. Y entre lágrimas, ese fue el beso apasionado más salado y mojado que jamás nadie le había dado.  “Encuentra una novia muy pronto, por favor”, le dijo a su todavía novio.

Margarette se había rezagado, involuntariamente se negaba a despedirse. Fue Mariam la que se acercó y le dijo que ya lo habían hablado y discutido y que ambas estuvieron de acuerdo, que era lo mejor. Y Margarette inclinó la cabeza en el hombro de su amiga, la abrazó y lloró en silencio. Salió rápidamente del local sin decir palabra alguna.

A las seis y diez la enfermera le dijo que ya estaban un poco retrasadas, que no quería interrumpir pero que debian empezar con lo acordado. Mariam, su madre y sus dos hermanas caminaron juntas y cogidas de la mano hacia la puerta. Antes de salir, Mariam volteó para ver una vez más a sus amigos, a su novio, a su familia. Les giñó el ojo y les dijo adiós con la mano.

Caminaron detrás de la enferma en silencio. Mariam pudo haber sentido mucho, una presión en el pecho, un miedo a lo desconocido, terror, o simplemente nada. Sus dos hermanas, abrazadas a su madre caminaban mirando al piso. Sus rostros descompuestos y los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.

Ingresaron juntas a la habitación de Mariam. Allí estaba el delegado, el médico y dos enfermeras. Por última vez, el médico le preguntó si estaba segura. “Moriré de todos modos, verdad?”, preguntó Mariam.

Volteó, abrazó a su madre y sus hermanas, les pidió que no lloraran y les dijo que estaría con su padre seguramente. Se acomodó en la cama. La enfermera tenía lista la ampolla. A las seis y treinta y cinco la enfermera dirijió la aguja a la vena a la altura del codo del brazo derecho, la miró a los ojos y Maríam la miró a ella y sonrió. La aguja penetró el brazo y el líquido ingresó directamente a la sangre. Luego, el doctor, el delegado y las enfermeras abandonaron la habitación, no sin antes haberse asegurado que Mariam firmara los documentos necesarios.

Ya soñolienta, les dijo adios con una voz muy suave y cerró los ojos. Se durmió para siempre en cuestión de minutos. Su rostro estaba iluminado.

-“Adiós mi princesita”, dijo Adriana y dejó de llorar.


Autora: Karina Miñano Peña

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