canstockphoto11482929Tal vez fue hace más de un año cuando la vi por primera vez. Yo iba en el metro, volvía a casa y ella estaba sentada frente a mi. Tenía un pedazo de papel entre sus manos y la mirada perdida en la oscuridad de la ventana. Era invierno o tal vez el comienzo del invierno. Llevaba una gorra y una bufanda negra. Disimulaba su godura con un abrigo ancho y negro también. Pero no tan negro como su piel. Un negro aceitunado, bonito, liso, terso. Así veía yo su piel. De ojos grandes y penetrantes. Llevaba una peluca rizada como la mayoría de las negras. No la vi de pie pero era alta. Lo sé por el grosor de sus rodillas y por el espacio que quedaba entre el asiento y sus piernas. Ella no volteó a mirar a nadie y en silencio, con cuidado y sin apartar la vista de la ventana, rompió el papel que tenía entre sus manos en pedazos pequeños, que fue llevando a su boca y se los tragaba sin masticar, mientras lágrimas rodaban por sus mejillas.

Sentí curiosidad por conocer la causa de su tristeza, por saber qué contenía ese papel. Pero la llegada a mi destino interrumpió mis pensamientos. La recordé por muchos días, incluso la busqué entre la gente que espera en la estación y nunca más la vi. Nunca más hasta hace un par de semanas.

No me dí cuenta de que juntas subimos al mismo vagón de metro y nos sentamos otra vez frente a frente, casi al mismo instante. Ella sin mirar a nadie y concentrada en la oscuridad de la ventana, en un reflejo difícil de entender entre sombras y luces. Su rostro me parecía familiar. Insistí descaradamente en mirarla, pero ella no volteó. Entonces note que entre sus manos había un papel y la recordé. Un año habrá pasado pensé. Un año difícil para ella, lo veo en su rostro, lo noto en sus manos. En esos ojos de parpados caidos. Su piel escamoza y agrietada. Parece que envejeció 30 años en uno solo. ¿A dónde fue a parar la belleza que tenía? ¿Qué pasó con esa piel lustrosa y con esos cabellos, que aunque ajenos, la adornaban?  Mientras pensaba en ello, ví que rompió el papel en pedacitos más pequeños, pero no se los llevaba a la boca de inmediato como aquella vez, no todavía. Ella sabía que yo la estaba mirando con descaro y sin pizca de discreción. Por un momento creí que me miró a través del reflejo de la ventana, pero fue solo un segundo. Su mirada continuaba fija en el vacio. Se llevó el primer trozo de papel a la boca y se lo tragó. Repitió cinco veces. Esta vez no hubo lágrimas. El tiempo la ha curtido, solo hay más silencio.

Intrigada nuevamene, decidí acompañarla hasta su destino. Llegamos a la última estación y ella no se bajó. El metro inició su rumbo, esta vez en dirección contraria. Ella no apartó los ojos de la ventana y yo seguía sentada frente a ella. Pensé que nunca mi miraría, pero si lo hizo. Me miró con odio por haber interrumpido sus pensamientos y por haberla acompañado sin habermelo pedido. Le sostuve la mirada sin miedo al odio y con más curiosidad que de costumbre. Pero ella volvió a ignorame, y fue en ese momento que la entendí. Ella no necesitaba una palabra amable, no necesitaba a una curiosa entrometida. Ella me ignoró y yo decidí ignorarla y olvidarla también.


Autora: Karina Miñano Peña

2 comentarios sobre “El sabor amargo del papel

  1. Hola! Me gusto tu forma de narrar esta historia desde lo humano, desde la empatia con el otro. Que historia habrá escondido esos papeles…que habra pasado en ese largo año entre un encuentro y el otro…que habra sido de ella…

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