El sabor amargo del papel

5 Dic

No la he podido olvidar. Tal vez fue hace más de un año cuando la vi por primera vez. Tal vez menos. Yo iba en el metro, volvía a casa y ella estaba sentada casi frente a mi, sin mirarme, con un pedazo de papel entre sus manos y la mirada perdida en la oscuridad de la ventana. Era invierno o el comienzo del invierno. Llevaba una gorra y una bufanda negra. Disimulaba su godura con un abrigo ancho y negro también. Pero no tan negro como su piel. Un negro aceitunado, bonito, liso, terso. Así veía yo su piel. Ojos grandes, creo que cabello apretado como la mayoría de los negros. No la vi de pie pero creo que era alta. Lo ví en sus rodillas y en el espacio que quedaba entre el asiento y sus piernas. Ella no volteó a mirar a nadie y en silencio, con cuidado y sin apartar la vista de la ventana, partió el papel que tenía entre sus manos en pedazos pequeños que fue llevando a su boca y se los tragaba sin masticar mientras lágrimas rodaban en sus mejillas.

Sentí curiosidad. Quería saber más, pero mi destino interrumpió mi pensamientos y me hizo recordar que debía bajar. La recordé por muchos días, la busqué muchas veces entre la gente y nunca más la vi. Nunca más hasta hace un par de semanas.

Ya la había olvidado, casi no me dí cuenta de que juntas cogimos en mismo metro y subimos al mismo vagón y nos sentamos otra vez frente a frente. Ella sin mirar a nadie y concentrada en la oscuridad de la ventana, en un reflejo difícil de entender entre sombras y luces. Pensé que su rostro me parecía familiar. Insistí descaradamente en mirarla, pero ella no volteó. En sus manos un pedazo de papel, en su cara el año marcado con algunas arrugas casi imperceptibles (ventaja de la piel negra) pero escamoza y agrietada comos sus manos. La recordé. Un año habrá pasado pensé. Un año difícil para ella, lo veo en su rostro, lo noto en sus manos. Los parpados caídos, parece que envejeció 30 años en uno solo. El pedazo de papel entre sus manos. Esperé con paciencia que el ritual se repitiera. Y así fue. Lo rompió en pedacitos más pequeños, pero no se los llevaba a la boca, no todavía. Creí, mejor dicho estaba segura que ella sabía que yo la estaba mirando con descaro y sin pizca de discreción. Por un momento creí que me miró a través del reflejo de la ventana, pero fue solo un segundo. Su mirada continuaba fija en el vacio. Se llevó el primer pedacito de papel a la boca. Se lo tragó. Conté 5 pedazos, 5 veces la mano a la boca. Esta vez no hubieron lágrimas. El tiempo la ha curtido. Solo silencio.

Decidí acompañarla hasta su destino. Llegamos a la última estación y ella no se bajó. El metro inició su rumbo esta vez en dirección contraria. Ella no apartó los ojos de la ventana. Yo seguía sentada frente a ella. Ella decidió que yo la molestaba. Me miró con odio, con cólera por haber interrumpido sus pensamientos, por haberla acompañado sin habermelo pedido, por haber sido demasiado curiosa. Le devolví la mirada sin miedo al odio con más curiosidad que de costumbre. Pero ella volvió a ignorame, y fue en ese momento que me sentí perdida. Ella no necesitaba una palabra amable, no necesitaba a una curiosa entrometida. Ella me ignoró y yo decidí ignorarla y olvidarla también.

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