Detrás de la ventana

27 Abr

Creo que son las 8 de la noche pero nunca es tarde para comenzar. La cortina es roja intensa y la luz también. Debo abrirla pero tengo un poco de pudor. Me miro al espejo y  una mujer con una mascara en la cara me devuelve la mirada. Boca roja rellena de brillo que la hace más grande y provocativa, deseable. Esa es la palabra. Menudo set compuesto de un sujetador que realza lo pequeño pero le da una forma bonita y una pequeña tanga que luce aún más pequeña entre esas redondeces duras y bien formadas. Unas medias altas, transparentes y con diseño siluetan el perfil de unas piernas gruesas, duras y sin celulitis. Además de unos ligeros para sujetar las medias y un coqueto guante hasta el codo en la mano derecha.

Esa mujer no soy yo. Pero hoy me puedo dar el lujo de no ser yo. La noche (de 7pm a 3 am) me ha costado 120 euros en esta ventana y con descuento. Abro la cortina y solo veo la calle y unos cuantos curiosos. Es viernes y seguro que pronto comenzaran a preguntar. Increíble, acabo de correr la cortina y ya hay un tipo tocando a mi puerta. Su rostro me asusta. No voy a abrirle. Además tengo derecho a rehusar al visitante.

Insiste, me hago la loca y finjo leer mi teléfono pero vuelve a tocar y ahora más fuerte. Tiene el cabello largo y semi ondulado, pero su mirada es oscura, tiene los pómulos salidos y por ello sus ojos parecen hundirse en esos agujeros inhóspitos. Me sonríe. Me armo de valor y decido abrirle. Lo he pensado muchas veces. El precio tiene que ser muy alto, tan alto que desistan. Pero qué pasa si aceptan. Debo aceptar yo también. Y si se dan cuenta que los voy rechazando, habrá alguien más que tocará a mi puerta o a mi ventana.

Pongo la cadena del seguro, vendita cadena que tiene por finalidad abrirle o cerrarle paso al peligro. Hola, me dice en un inglés perfecto. Hola, le digo en un inglés nervioso. Cuánto, me pregunta. Mucho, le digo. Se ríe y me muestra una dentadura amarillenta. Y sus ojos siguen hundidos y sus pómulos salidos. No me gusta. Cuánto, repite. Mil, le digo. Se ríe y luego mira a todos lados. Mejor dime que no te gusto, me dijo. No me gustas, le dije. Me mira y me odia, lo sé.  Se marcha como un perro con el rabo entre las patas y  para mi sorpresa no llama a otra ventana.

La mujer detrás de la ventana frente a la mía me mira con curiosidad y odio. Es latina, centro americana tal vez. En esa cuadra solo hay central-europeas y ella parecía reinar entre tantas mujeres blancas. Pero hoy estoy aquí, haciéndole la competencia. Me hace una seña. Se ríe de mi máscara. Pero deja de reírse cuando otro tipo toca a mi puerta.

El tipo me mira, parece que quiere devorarme. Se le nota impaciente. Me sonríe, me pide que le abra. Le sonrío y le señalo la ventana de enfrente. La  centroamericana me mira desconfiada y sorprendida. El tipo voltea a mirarla. La centroamericana le sonríe y le llama. El tipo voltea a mirarme y toca de nuevo mi ventana. La mujer de enfrente me ha fulminado con su mirada.

Le digo que no con la cabeza, y me enseña un dedo en señal de disconformidad. Muchos curiosos caminan por esta calle, muchos se detienen a mirar. Un grupo de ingleses me pide con señas que me quite la mascara. No son adolescentes. Tendrán entre 30 y 40 años, algunos muy bajitos, han bebido, están muy alegres. Les sonrío y parece gustarles mi sonrisa, me sonríen y me piden que elija entre ellos. Son muchos. Sonrío de nuevo y juego a intentar escoger. Se ponen en fila. La mujer detrás de la venta de enfrente  está impaciente. Me ve jugar y no lo aprueba. Yo la miro de rato en rato.

Los ingleses han formado una barrera enfrente de mi ventana. Me piden que elija. Creo estar en un problema. Pero aún estoy protegida por esta ventana. La gente me mira mucho ahora. Hombres y mujeres que ante el alboroto inglés no tienen más remedio que mirar hacia mi ventana.

De pronto una cara conocida pasa junto a sus amigas. Sus amigas me miran pero ella mira a la centroamericana. No me reconocen. No me importa. Mientras los ingleses se van alejando, me dicen que regresaran. Uno se queda parado frente a mi ventana y me hace una seña grotesca con la boca y los dientes al mismo tiempo que señala una parte de mi cuerpo.

La gente pasa y la centroamericana ha cerrado su cortina. No me había dado cuenta. He perdido la oportunidad de ver e imaginarme la negociación. Pero no importa hay 2 ventanas frente a la mía con dos chicas preciosas y estoy segura que algún momento alguna de las dos cerrará la cortina.

Yo sigo allí, perdiendo la timidez y despojándome del pudor. La mascara me protege. Me siento segura. Me han tocado 4 veces más las ventanas. Es una noche intensa. La centroamericana ha cerrado sus cortinas 3 veces ya. Ahora está negociando con un tipo asiático. Qué inclina la cabeza a cada palabra. No sé lo que dice, pero me lo imagino. El asiático va a ingresar, se quita los zapatos antes de entrar y la mujer morena oscura, regordeta, de cabello negro largo y rizado me mira y me guiña un ojo al cerrar sus cortinas. Está contenta, ya ha cubierto el costo de la ventana. Ahora lo que gane será para enviar a su familia en su país.

Estoy cansada. Estar parada es aburrido. Me siento como en un escaparate. Miradas y miradas, unas curiosas, otras perdidas, otras asquerosas. Me miran de pies a cabeza. Algunos se detienen, me hacen señas obscenas, algunos me muestran drogas, otros más osados y protegidos por la tenue oscuridad logran a la rapidez de un pájaro extraer una parte de sus cuerpos y mostrármela como para provocarme. Pero no me gustan, son lánguidos y acabados, algunos muy pequeños y otros descomunales.

Qué terreno es este. Me pregunto si estoy a salvo. A todos les he dicho lo mismo: 1000 por 15 minutos. Uno se atrevió a hablarme de lo difícil que está la situación económica, que 1000 era demasiado para un simple empleado como él y me pidió cierta consideración y una rebaja. Otro me dijo que estaba loca, qué el conocía muy bien la tarifa y que era 50 por 15 minutos. Le dije que si quería lo tomaba o lo dejaba. Para mi buena suerte lo dejó.

Lo que todos tienen en común es desesperación en sus ojos, ansiedad en sus manos y nerviosismo en sus cuerpos.  Un tipo me dijo su nombre y esperó paciente a le dijera el mio. Me habló de su mujer y sus hijos y de la falta de sexo que tiene con su mujer, aun así le dije que eran 1000 y se fue cabizbajo.

….

Me empiezo a sentir muy cansada aburrida y decepcionada. Esperaba otras escenas.  Sin embargo, no me puedo quejar ha sido una inyección de orgullo para mi ego femenino. La mujer de enfrente, ha dejado su ventana y viene hacia la mía. Ella es tres veces más grande que yo. Seguro que me querrá pegar y pedirme que me vaya. Toca a mi ventana con una sonrisa. Me armo de valor y le abro, siempre con el seguro puesto. Me pregunta en tono de cachondeo por qué no acepto a ninguna persona, me pregunta que si me creo algo al usar la mascara. Me dice que no importa lo que lleve en la cara soy lo que soy y soy como ella. Si es tu primera vez aquí, me dice ya te acostumbraras y dar la cara es de mujeres me recuerda. Y yo le recuerdo que soy mujer y muy deseable por lo que parece pero que no tengo intenciones de volver a menos que la curiosidad me mate de nuevo.

Me mira con recelo y me dice que yo no soy mejor que ella. Le digo que tiene razón. Ella es la mejor.

Es hora de cerrar mi cortina. La siguiente inquilina está a punto de llegar y yo ya tuve lo que quería. Pero antes de cerrarla el primer tipo que me tocó a la ventana está parado frente a mi puerta.  Me parece que es un asesino. Me seguirá y me estrangulará en alguna calle y mañana un titular rezará aprendiz asesinada por decirle a un tipo que no le gustaba.  Pero no es así felizmente. Me toca a la ventana y yo le abro la puerta con cuidado. Tengo mi spray en la mano por si acaso. Me dice que ha ido a tres calles y ha tocado a 3 ventanas a parte de la mía y que ninguna lo ha dejado entrar. Qué le daban cualquier pretexto y que yo fui la única sincera en decirle que no me gustaba. Me dio pena. Le confesé por qué estaba allí. Se rio y por supuesto no me creyó. Le invité a tomar una copa y me contó la historia de su vida, pero esa es otra historia.

 

 

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