Tengo heridas profundas desde hace 20 años.

12 Sep

Hace 20 años el Perú amaneció con una sorpresa, una angustia, una tristeza y una alegría hasta ese momento incomparables. Se había capturado, entre muchas, a una persona que significaba mucho para mi país y para mí también. Esa captura significaba que yo ya no iba a despertar asustada en medio de la noche después de explosiones (“sabe Dios dónde fue” decía mi abuela) que estremecían las camas y hacían temblar los techos. Esa persona ahora capturada también significaba el miedo a caminar por las noches, especialmente cerca a alguna estación de televisión o cerca a algún cuartel militar.


Mi casa estaba en el centro de muchos posibles objetivos terroristas. Recuerdo que escapé a dos bombas. Si, lo que haya sido (destino, energía, dios, etc.) me hizo alejarme de dos explosiones. No recuerdo el orden pero una fue la bomba de Tarata. Yo estudiaba locución cerca al jirón Tarata. Ese día no me sentí bien y decidí dejar la escuela unos minutos antes y en lugar de tomar mi combi (medio de transporte muy popular en Lima) en la esquina del jirón Tarata y la avenida Larco pensé que sería mejor caminar un poco y tomarla más allá. Al fin y al cabo era el distrito de Miraflores. El más resguardado y al cual los terroristas no se atreverían a pisar pues era tierra de otros.
Qué equivocada estaba. Recuerdo que yo caminaba por la avenida Arequipa entra las cuadras 10 y 11, iba a mi casa cuando la bomba explotó y se bajó un edificio entero, y se escuchó tan fuerte que me hizo estremecer. Recuerdo que la misma pregunta que mi abuela se hacía durante las noches vino a mi cabeza: “dónde fue”. Pero yo estaba en la calle. Tenía que llegar rápido a casa y contar a cada uno de los que vivían conmigo. Solo para saber si estábamos completos y para dar las gracias a la divina providencia porque estábamos con vida.
Era una tortura cada vez que una bomba explotaba y alguna persona de mi casa no estaba en ese momento. No teníamos celulares. No había forma de saber si estaba bien o no. Solamente teníamos que esperar una llamada o a que lleguen a la casa. Esta situación seguramente la vivieron muchas familias.

La otra bomba de la que me salvé explotó muy cerca a mi casa. Entre el canal 7 de televisión y mi casa a unas cuantas cuadras. Era un local de la Marina de Guerra de mi país. Ese día una llamada telefónica hizo la diferencia. Yo era muy joven y trabajaba para una tienda de productos de limpieza en frente de la via expresa. Siempre salía a la 1 pm para almorzar. Ese día la dueña llamó por teléfono justo a esa hora, y mientras conversábamos habían pasado ya 5 minutos cuando la explosión retumbó todo, los escaparates temblaron, la llamada se cortó y los vidrios del edificio caían como lluvia. El canal 4 estaba detrás de mi casa. Lo primero que vi en mi mente fue mi casa destruida. Rogué desde el fondo de mi corazón que no fuera verdad. Salí corriendo, tenía que llegar y ver a mi madre, a mi abuelo y a mi hermanito que a esa hora estarían en casa almorzando. No pensaba en nada más.

En el camino una docena de militares. Creo que llegaron tarde. Seguramente sabían de la bomba. No era posible que no lo supieran pues llegaron en menos de dos minutos al lugar de los hechos. Una mujer llorando en el camino, me preguntaba por su hijo (no sé quién es, pensé) la cogí de la mano y muchas otras manos nos apuntaron. Militares confundidos. Se dieron cuenta que éramos dos simples confundidas en medio de la explosión. Nos dieron una señal: pasar corriendo. La cogí de la mano y corrimos, ella se dejaba llevar. Llegué a mi casa y en medio del corredor encontré a mi madre y a mi hermanito corriendo también con la intensión de encontrarme. Ellos pensaron que el canal 7 había sido el lugar del atentado.

La mujer a mi lado era una zombi andando. No atinaba a nada. No me di cuenta en qué momento la perdí de vista. Recuerdo que le dimos agua y tratábamos de tranquilizarla, pero en ese momento de confusión llegó mi primo Walter y nos dijo que las niñas (mis primitas) habían sido afectadas, que mi tío pasaba en el auto cuando la bomba explotó, que las lunas se reventaron. Salimos corriendo.

Las calles llenas de gente, confusión por todos lados, unos se miraban las manos, otros miraban sin dirección, otros solo caminaban y nadie decía nada, nadie sabía nada. Las tiendas estaban cerradas. La gente miraba detrás de las ventanas.
Esa persona que capturaron significaba todo eso que viví y mucho, muchísimo más. Tan importante fue esa persona que también significó el asesinato del hermano de mi padre. En la puerta de su casa, frente a su familia. En ese momento no supe en realidad lo que eso significaba. Pero no fue nada valiente, fue un asesinato cobarde que llenó de angustia y tristeza a una parte de mi familia. Fue la primera vez que vi a mi padre llorar como a un niño.

La persona a la que capturaron fue un líder para algunos. Para los demás fue simplemente un criminal. Para mi país esa persona es importante porque es la memoria de lo que vivimos, de lo mal que lo pasamos y de lo que nunca más debe suceder.

Ese líder viejo y enfermo logró que mucha gente creyera en él, algunos lo idolatraron, otros lo adoraban. Le obedecían sin reclamar. Y eso le costó la vida a más de 25 mil peruanos, dejó millones de pérdidas. Confusión, rencor. Heridas.

Yo tengo una herida. Muchos peruanos como yo la tenemos. Tiene la misma forma y la misma profundidad. Otras personas tienen otro tipo de heridas, seguramente una mucho más profunda que la mía y otras llevan heridas como un tatuaje que con solo mirarlas reavivan el recuerdo. Se sufrió mucho. Se mutilaron y se mataron a muchos. El miedo también era por los militares. Muchos pueblos no sabían a quién obedecer. Pueblos ignorantes, sin educación y presa fácil para ambos grupos.
Esas personas tienen heridas profundas y que no cicatrizan porque estuvieron conviviendo entre dos fuegos. Uno más sanguinario que el otro.

Ese líder viejo y enfermo, pretende formar su partido político. Está luchando por una nueva forma de ideología que capture a los más jóvenes. Y lo hará pronto si la educación no mejora y no es llevada a todos los rincones de mi amado país. Ya lo vemos, lo estamos viendo: intentos felizmente fallidos de renacer legalmente el mal. Veo y escucho a los jóvenes peruanos y me asusto. Porque veo que aún hay falta de oportunidades y porque el terrorismo empieza a despertar (si lo dejamos)…y me da miedo.

No es posible que se haya tenido que esperar tanto para que por fin se presente un proyecto de ley que penalice la negación al terrorismo que vivimos. No es posible que los medios le den más importancia a lo que esos falsos políticos (otrora terroristas ideológicos) hacen y proliferan.

Para mi han pasado 20 años. Pero los años que viví con ese miedo al terror han quedado marcados en mi piel, la misma que todavía se escarapela cuando un sonido fuerte acontece.

Ese líder viejo y enfermo es importante. Sí, lo es, porque es importante NO olvidar.

Anuncios

2 comentarios to “Tengo heridas profundas desde hace 20 años.”

  1. Mariela Acevedo Peña junio 7, 2013 a 4:12 pm #

    Que lindas palabras prima, aunque yo estaba muy muy pequeña tengo las imágenes en mi cabeza de Claudia con heridas y mi mamá llorando. Anteriormente ya te había leído y no sé por qué no seguí haciéndolo. Desde hoy me declaro tu seguidora.

  2. papelesencontrados junio 9, 2013 a 7:51 am #

    😄😄😄gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: