Eran casi las once de la noche cuando apago su ordenador. La cita estaba hecha para el día siguiente, y enseguida una ola de tristeza la envolvió sin compasión. Levantó la mirada hacia la ventana y vio que terciopelo blanco caía del cielo, silenciado las calles con su belleza. ¿Seré capaz? Se preguntó mientras miraba hacia afuera. Luego, encendió la televisión y se sentó frente a él sin ánimo ni interés. No es mi culpa, se dijo. Y…¿Si lo intento una vez más? pensó entusiasmada.

Decidida y sigilosa atravesó el salón hasta llegar a la puerta entreabierta de la habitación, vio la lámpara encendida. Está leyendo. Si apago el televisor ahora sabrá que estoy lista para dormir. Si no lo hago, le tomaré por sorpresa, sonrió. Y sin hacer ruido entró al cuarto y caminó directo al tocador. Mientras se quitaba los aretes y liberaba su cabello del moño que llevaba, le miraba por el espejo. Él, al notar su presencia bostezó, cerró rápidamente el libro y lo puso en el piso. No volteó a mirarla, dijo buenas noches y apagó la lámpara. Se puso de costado mirando hacia la pared y subió las sábanas hasta cubrirse la cabeza. Ella sabía que su marido no se dormía tan rápido. Calculó el tiempo que tenía, se desnudo sin dejar de mirarle y fue velozmente a tomar una ducha tibia.

Ya en el lecho conyugal, echada a su lado, miraba el cuello y la espalda desnuda de su marido, mientras recordaba las noches del primer año de matrimonio. Y como otras veces, reprimió el deseo de tocar y besar sus hombros, de pasar el brazo por debajo de su vientre buscando el calor y la complicidad del hombre con el que había compartido la cama por más de cinco años. Además, no quería forzar de nuevo las cosas. Él, a su lado esperaba a que ella cayera dormida y que la noche pasara a la velocidad del ratón que escapa de la gata. Ella también prefería quedarse dormida apenas cerrara los ojos, pero esa noche tenía un plan. Uso el regulador de su lámpara para crear una luz tenue e imaginó que las manos de su marido tocaban su cuerpo desnudo. Con solo pensarlo una sensación de frío y calor recorrió su piel haciéndola estremecer. Sobre las sábanas todavía frescas, contorneó ligeramente la espalda levantando el pecho y poniendo sus manos en el vientre. Y como gata que amasa su cama, deslizaba rítmicamente los pies empujando las sábanas al compás del suave meneo de sus caderas, hasta quedar descubierta. Sabía que su marido estaba despierto y soltó un delicado uhmm en lugar de ronroneos para llamar su atención. Sus manos conocían muy bien el camino desde su vientre hasta su pecho. Pasó la mano entre sus dos firmezas para comprobar que estaban listas para recibir un delicado masaje, primero a los costados, luego en la parte inferior hacia los laterales y hacia arriba, suave, sin prisa, sin fuerza. Su propio gemido la excitó y subió la mano derecha a su boca, mientras la izquierda jugueteaba con uno de sus pezones. Con los dedos sobre sus labios, recordó la primera vez que beso los de su marido y repitió la danza dispareja entre las yemas, la punta de la lengua y los suaves mordisqueos, fue allí cuando suspiró un gemido, todavía tímido pero más alto que el anterior, mientras su espalda seguía el rítmico y sutil movimiento de sus hombros desnudos, que en turnos llegaban al lóbulo de sus orejas rozando sus cabellos arremolinados sobre la almohada. Miró de reojo a su marido, todavía volteado hacia la pared. ¿Habría empezado él a sentir que la temperatura subía? Ya no importaba, no podía ni quería detenerse. En su urgencia, levantó levemente la cabeza para mirar entre sus piernas, estaban ya ligeramente abiertas e imaginó el rostro de su marido, y recordó que durante el primer año de matrimonio ese era su lugar favorito. Mientras sus dedos danzaban con sus labios, su mano izquierda retornó al vientre, deteniéndose a la altura del ombligo y desde allí usó sus largas uñas para arañar sutilmente su piel. Cuando sintió que estaba lista, estacionó sus dedos índice y medio en esa parte carnosa y eréctil que sobresale de su vulva. Presionó primero de arriba a abajo, lentamente y con firmeza para luego iniciar movimientos circulares y de lado a lado. Su marido había descubierto su punto U y con mucha práctica ella sabía como llegar a él. Sintió los espasmos próximos al orgasmo, y está vez no ahogó los gemidos ni reprimió las convulsiones. Dejó que su cuerpo se expresara como lo hace cuando su marido no esta casa. Luego, respiró profundamente mientras los últimos movimientos involuntarios de su cuerpo daban paso a la calma. Quería repetir. Volteará ahora, pensó. Se mordía el labio inferior satisfecha y orgullosa. Ensayó una sonrisa pícara para cuando él voltease a mirarla. Esperó unos segundos, estaba a punto de besarle los hombros cuando una respiración sorda y bronca la dejó paralizada. No era posible que no le haya escuchado, que no le haya sentido. Su rostro se transformó en furia al imaginar la falsedad del ronquido y otra vez el sentido de culpa, la desilusión y la amargura inundaron su alma. Recogió sus sábanas y como niña asustada se hizo un ovillo, se tapó de pies a cabeza, y de tristeza y soledad cayó dormida.

Al día siguiente, tocó el timbre de una casa todavía desconocida para ella, cuando la puerta se abrió titubeó por unos segundos, luego se dijo Yo no tengo la culpa dio un paso al frente y cerró la puerta detrás ella. 



Autora: Karina Miñano Peña

(©2019. Karina Miñano Peña)


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