© Bialasiewicz

Me da vergüenza decir que fue mi mujer la que me ha hecho esto.

Me quité la camiseta y volteé para que Joaquín mirase bien las heridas de mi espalda. Es mi mejor amigo, y se lo he ocultado por mucho tiempo. Pero ya no puedo solo con esto. Necesito su ayuda. El silencio que ha caído en su sala es incómodo y demasiado largo. No sé qué decirle y espero pacientemente que sea él quien comience la conversación con preguntas que seguramente sabré cómo responder.

-¿Por qué no me lo has contado antes? -fue lo primero que dijo. Volteé y le miré directamente a los ojos.

-Por verguenza -le dije.

No pudo mantenerme la mirada y se dejó caer en el sillón sin saber qué decir.

Me puse la camiseta de nuevo y me senté frente a él.

-Déjala -dijo después.

-No es fácil. Los niños están muy pequeños y no quiero separarme de ellos.

-Denúnciala y te darán la custodia. Es un peligro para tus hijos también.

Le vi sinceramente preocupado. Pero notaba también que no sabía cómo reaccionar. Qué distinta es su postura ahora, qué distante le siento. Cómo si le diera vergüenza a él también. Recuerdo que cuando mi padre murió, Joaquín me abrazaba, ponía su brazo alredecor de mi hombro, y me tendía la mano para sujetarme, era el hermano que no tenía. Ahora no sabe qué hacer. Está allí sentado, mirando hacia la ventana, con la mano en la barbilla pensando en qué decirme, incapaz de romper con este silencio que me hace sentir como si fuéramos dos desconocidos.

-Di algo por favor -le rogué.

-No sé qué decirte hermano, no me esperaba esto. Pensé que querías separarte de Carmela y que por eso estabas triste.

-La amo, todavía la amo.

-¿Cómo puedes amarla tío?, estás igual que esas mujeres maltratadas que no son capaces de denunciar a los maridos que las maltratan por amor. ¡Cojudeces! -dijo molesto levantándose del sillón.

Estaba furioso, pero no sé si conmigo o con la situación, o consigo mismo.

Hasta que por fin, empezó a preguntar.

-Desde hace un año, al poco tiempo que nació Eduardito. Primero eran solo gritos desesperados por cualquier cosa. Las agresiones físicas comenzaron un día que llegué tarde del trabajo y ella estaba exhausta, no soportaba estar sola en casa con el bebé llorando y la pequeña Lucía gritando y reclamando atención. Estaba histérica y asustaba a los niños. Intenté calmarla y recibí un manotazo en la cara que me dejó estúpido. Ella en cambio salió corriendo y se encerró en el baño. Mientras los niños dormían, conversamos y juró que nunca más me levantaría la mano. Pero no fue así. Yo intentaba ayudarle lo más que podía con las cosas de la casa y con los niños, nada la complacía. Ha cambiado tanto, ya no es la mujer de la que me enamoré. Todo le irritaba, incluso conversar sobre nuestra situación le alteraba los nervios, pensé que estaba enloqueciendo.

-Hace un año, y recién me lo cuentas. Pero de loca no tiene nada. Te lo digo. Qué se comporta bien cuando estamos todos juntos, ¡qué te habla bien tío!. ¿Qué…entonces es bipolar o algo así? -refunfuñaba Joaquín.

-De los gritos pasó a los insultos y amenazas. Y la cosa se puso peor en la cama. Cuando ella quería sexo yo no podía. Empezó a imaginarse a miles de amantes y luego vinieron las bofetadas cada vez que yo no lograba una erección. Después se arrepiente, me pide perdón y dice que nunca más lo hará. Lo peor es que un día me golpeó delante de los niños y desde entonces, Lucía me golpea también por cualquier cosa.

No pude contenerme y rompí en llanto. Mi amigo que hace un par de años lloraba conmigo la muerte de mi padre, me abrazaba y me reconfortaba, de pronto estaba allí, parado a mi lado sin poder tocarme. Mudo. Me levanté, le abrace y le dije que me sentía solo que no podía más. Qué necesitaba su ayuda para salir de esto. Por fin, me abrazó y me dijo esta violencia tiene que parar. Mirate, estas hecho un desastre y no es bueno tampoco para tus hijos, tú lo sabes. Amate primero a ti, dijo mirándome a los ojos y me abrazó de nuevo. Había recuperado a mi hermano. En ese momento llegó Isabel, su mujer que al ver la escena se acercó un poco asustada y preguntó qué pasaba. Isabel había estado marchando por el 8 de marzo defendiendo el derecho de igualdad de la mujer y protestando contra la violencia de género.

Me dio mucha vergüenza cuando Joaquín empezó a contárselo, quería salir corriendo y no podía ni siquiera mirarle. Isabel, estaba callada como una tumba escuchando lo que yo hacía unos minutos había confesado a su marido. Claramente no sabía qué decir, ni mucho menos qué hacer.

-Osea tu marcha, también esconde a locas como Carmela. ¿Dime estuvo ella contigo? -le preguntó molesto Joaquín.

-Si, respondió timidamente Isabel y después de unos minutos de silencio me preguntó:

-Eduardo, ¿estás seguro que esas heridas te las hizo Carmela? y si fue ella…¿estás seguro qué no hiciste nada para provocarlas?

Me sequé las lágrimas, tomé el agua del vaso que Joaquín me había traído y me levanté, mientras Isabel continuaba será que se estaba defendiendo de ti. 

Abrí la puerta para sentir el aire fresco en la cara y me marché.


Autora: Karina Miñano Peña

(©2019. Karina Miñano Peña)


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