Foto:© majdansky

A ella ni siquiera la miré aunque sabía que estaba allí junto a las otras, pues era el lado “latino”.  Me daba sofoco mirarlas. Tan contorneadas, tan liberales, tan adornadas y tan desnudas. Yo, recién llegada, tímida ante el desabrigo. Ese día, como muchos que vinieron después, caminaba por el barrio rojo de Ámsterdam sin realmente mirar a las ventanas.

Me sentía incomoda. Todavía, a veces me siento incomoda cuando una ventana tiene la cortina descorrida y detrás de ella hay una chica hermosa, semi desnuda pugnando con sonrisas y movimientos sensuales por los borrachos dispuestos a pagar por apenas quince minutos de placer. Ella ya me había visto desde su cristal. No aguantó ver mis vestidos mientras ella vestía miseria. Tampoco soportó mi sonrisa nerviosa cuando ella grafitaba gestos amables para disimular sus labios ajados. No resistió ver mi rostro, reconocerse y descubrir que yo era todo lo que ella quería. Mi libertad le fue insoportable. En un exabrupto abrió la puerta y se paró, en actitud matonesca, debajo de la cornisa sin importarle el frío. Desde allí abrió la boca para liberar palabras flamígeras haciéndome sentir pequeña sin razón. Sentí vergüenza por ella, por mí, por nosotras. Yo estaba abrigada y ella, a cada palabra, se desnudaba más.


Autora: Karina Miñano Peña

(©2019. Karina Miñano Peña)



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