Como un relámpago atravesó la puerta. Era una sombra cubierta de pies a cabeza que, seguramente allá afuera, se protegía de la lluvia y del frío. Fue directo hacia la parte trasera del local donde las luces eran mucho más tenues. Decidí seguirla. Caminó rápido como si quisiera evitar ser vista. Entró a una habitación y cerró la puerta detrás de ella. Baño de mujeres, se lee en el letrero. En ese diminuto cuarto, entre diez y doce latinas se quitaban los abrigos, cambiaban las botas por sandalias de tacón alto, daban los últimos toques a su maquillaje, se bajaban los escotes, se subían las faldas. Mujeres que entraban, salían y se quejaban por la falta de espacio. Otras esperaban tranquilamente una oportunidad para usar el espejo. Parecían estar en alerta, constantemente se miraban por el rabillo del ojo con desconfianza y arrogancia, y de pies a cabeza si la otra no miraba. 

Esperaba mi turno para usar el lavabo cuando la vi. Era una morena preciosa, alta, muy fina. Murmuraba una canción y daba pequeños pasos de baile mientras se lavaba las manos. Bien sabes que yo no soy pa ti, la escuché cantar, luego me miró por el espejo, se ajustó la cola de caballo y me guiño un ojo. Olvidé el lavabo y la seguí al salir. Ella lo notó y parecía no molestarle.

La música sonaba fuerte, las luces iluminaban los accidentados pasos de las pocas osadas parejas de principiantes. Alrededor de la pista de baile había holandeses, latinas y latinos indecisos, o a la espera de algo. La morena caminó con el mentón levantado hasta el centro del escenario y varios se volvieron a mirarla. De pronto, en un movimiento sincronizado tres hombres se le acercaron, pero fue ella la que decidió y en un solo paso quedó frente a frente a su elegido. Él colocó sus manos en las caderas voluptuosas de la mujer que me había guiñado un ojo, y comenzaron un meneo suave, rítmico, sensual. Los demás, que minutos antes bailaban sobre sus pies, que miraban con soberbia las vueltas sin ritmo de los aprendices, extendieron sus manos al ejército de mujeres que siguieron a la morena, y en parejas salieron a bailar. Y entonces ocurrió. Los expertos hicieron su ingreso y los novatos dejaron su lugar en la pista, para ocupar los costados y embelesados admirar, con una mueca sonriente, los movimientos graciosos y pasos complicados de quienes, en ese momento, eran los dioses del baile. 

Ya no hay más rivalidad cuando la pista se llena. Todas sonríen entre sí, se lanzan miradas coquetas, comparten las parejas con benevolencia. Algunos hombres invitan a dos mujeres al mismo tiempo, saben muy bien que ellas prefieren cabriolar de a tres, a no bailar. Otras danzan juntas, resignadas a la falta masculina y disparan miradas suplicantes a los tímidos caballeros que están al borde del escenario, y que no se atreven a salir. La morena continúa moviendo su cuerpo al ritmo contagiante de la salsa dura y de antaño. De rato en rato me mira y vuelve a guiñar un ojo. Y todas ellas, que batallaron codo a codo por el espejo del baño, ahora parecen ser amigas. No hay tiempo para disputas, solo para bailar.


Autora: Karina Miñano Peña

(©2020. Karina Miñano Peña)

foto: Satura (can stock photo)

Un comentario sobre “Baile sin disputas

  1. Muy lindo relato. Mientras dura la magia del baile, desaparecen disputas, rivalidades, y toda diferencia entre las personas.

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