Tenía los ojos llorosos, la mirada desolada, el ceño tristemente fruncido. Tanto tiempo a la espera de ese momento. Debía hacerlo, se lo debía por muchos años. Había amor, confusión, congoja. Su piel mostraba ya los signos del tiempo, de lo inevitable. Abrió los labios, pero su garganta se comprimió con un dolor lancinante.

Tomó aire para reconocer sus patas de gallo, cada vez más profundas. Con esfuerzo, un sonido áspero logró salir de la carne que apretaba sus cuerdas vocales mientras las palabras, todavía atrapadas, se aglomeraban en el cuello. Cerró los ojos, aspiró y ensanchó el pecho, una, dos, tres veces. Al abrirlos miró a su reflejo de nuevo. Finalmente, con su lengua desatada y su faringe en paz, logró articular un “te amo” adornado con lágrimas y una sonrisa de satisfacción. Jamás aquellas dos palabras fueron tan difíciles de pronunciar.


Autora: Karina Miñano Peña

(©2020. Karina Miñano Peña)

Foto: Austrian National Library Nadev


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