Se sentó a su lado con la lentitud que lo caracteriza. José lo conocía desde hace tiempo y sabía que no era tan rápido como alguna gente cree. José tenía mucho que decirle, pero prefirió que su amigo hablase primero. 

—Al fin, ¿verdad? —dijo el acompañante luego de un silencio que pareció una eternidad.

José no lo miró. Mantenía los ojos en la garza que jugueteaba con las olas del mar. Hacía varios años que no veía una. Muchas aves regresaron durante la pandemia a las costas solitarias, a pesar del verano y del calor. Cada semana, José se acercaba a la playa y se sentaba en el muro que dividía la acera de la arena. Arribaba justo antes del atardecer, con un portarretratos en la mano. A veces, cuando veía a alguien caminando por la orilla, una sensación de soledad e incertidumbre lo envolvía sin poder explicarse el por qué.

—Dime algo, por favor —insistió su compañero. 

—He esperado este día con bastante entusiasmo y…paciencia—. Se animó a decir José. 

—Me imagino —respondió—. ¿Estás listo?

El amigo mantenía sus ojos fijos en el horizonte. José suspiró hondo, cogió el retrato que había colocado a su costado con la cara mirando al mar, lo observó y esbozó una sonrisa.

—¿Cómo es? —cuestionó José sin apartar los ojos de Consuelo.

—Bueno…no es tan malo como muchos creen —. Provocó una pausa y continuó—. Cada vez que nos vemos me preguntas lo mismo. Y siempre te respondo igual. Solo mírame. Soy feliz.

—Sí, ya lo sé. Pero tú eres tú. Por otra parte…la gente habla. Hay mucho miedo. Y el miedo se contagia —respondió José con las palabras arrastradas.

—Una de las peores cosas que puede pasar es que no disfrutes de la aventura por miedo al miedo—. Se quitó los pelos de la cara y se cubrió el pecho con su manta—. Pensé que a estas alturas ya no le temías a nada —argumentó decepcionado.

El viejo camarada hizo un ademán para levantarse de la muralla en la que estaba sentado junto a José, pero el peso de los años también le ha pasado factura. No era tan flexible como antes. Sonrío con ironía, cogió su cayado, se apoyó en él y se puso de pie. Dio dos pasos hacia adelante, dejó caer su bastón, levantó los brazos y aspiró la fresca brisa. El romper de las olas en la orilla y el canto de los pájaros era todo lo que se escuchaba alrededor. Por momentos, a lo lejos, susurros indescifrables. 

—Es verdad. He aprendido, a lo largo de todos estos años, que el miedo paraliza —confirmó José mientras lo miraba hacer sentadillas con dificultad.

—Vaya, vaya, parece que te has vuelto muy sabio —admitió jadeando y sin dejar de hacer ejercicios.

—Se dice que uno envejece con más sabiduría. 

—Para sabiduría la mía. Soy bastante viejo, tan viejo como este mundo.

—¿No deberías decir: “vieja”? —contradijo José.

—¿Por qué? ¿Acaso parezco mujer? —. Guiñó un ojo y arrugó los labios para imitar un beso. 

—Creo que eres muy gracioso —. Levantó las cejas el también añoso José— Además, yo sí creo que eres mujer.

Ambos se miraron y rieron con las bocas abiertas. El amigo se acercó a José y con empeño levantó su pesado cuerpo para sentarse de nuevo sobre el muro. Luego, vino la calma en el que ambos observaron al sol esconderse detrás de la línea recta del océano. José abrazaba la fotografía de Consuelo. La llevaba cada jueves para contemplar el ocaso en el muelle del Callao. Hace siete años que ella lo dejó.

—¿La extrañas? —preguntó el camarada.

—Mucho. No hay día que no la recuerde. Y cada semana, como siempre, venimos a mirar el atardecer.

—Lo sé. Te he observado durante varios años.

José levantó la cabeza hacia el cielo, las nubes se arremolinaban sobre él. 

—¿Sabes? creo que aún me faltan un par de cosas por hacer —. Se preocupó de pronto José.

—No lo creo. Has puesto todo en orden desde la última vez que nos vimos. 

—Mi hija tiene problemas en su hogar. No me lo dice, pero creo que es su relación. No funciona bien.

—¿Y qué puedes hacer tú al respecto? Te lo dije. Ella saldrá bien de sus problemas. No puedes controlar todo. Cada uno es dueño de su vida. Ahora te toca pensar en ti. ¿No quieres ver a tu esposa?

—Desde que se fue no hago más que pensar en ello.

El silencio rodó de nuevo. El sol ya se había ocultado y el viento soplaba con más fuerza.

—Ya es tiempo, José —dijo con suavidad el anciano amigo y miró su reloj.

—Ya, ya voy. Eres muy pesado, ¿lo sabes? —. Con un gran esfuerzo se impulsó hacia adelante y se levantó de la valla en la que estaba sentado—. Pero, ¿qué va a pasar con mi hija?

—¿Pesado yo? Me suena a mal chiste—. Se alzó del muro con la ayuda de su vara—. Tu hija está preparada. No te preocupes. 

—¿Y mis nietos? 

—Ellos pensaran que es normal a tu edad.

José aspiró el aire, cerró los ojos, miró al cielo, luego al mar. Dos garzas jugaban entre las olas. Se volvió a mirar a su amigo, le tenía cariño. Se había convertido en su compañero desde hacía siete años cuando se llevó a Consuelo y, a pesar de sus ruegos, le dijo que no era su tiempo, pero que volvería por él después. 

José no lo temía y había esperado con paciencia a que llegara el día en que viniera por fin a llevárselo.

—OK. Entonces, vámonos —sonrió José.

— Vamos —sonrió el amigo.

Muerte cogió de la mano a José y le indicó el camino para reunirse con su amada esposa. 



Autora: Karina Miñano Peña

(©2021. Karina Miñano Peña)

Foto: 4774344sean/Can stock photo

2 comentarios sobre “El viejo amigo

  1. Desmitificar la muerte. Comprender que es parte natural e inescindible de la vida. Me gustó mucho este relato.

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