Crecí en Perú. Allí me gradué en comunicación y periodismo.

Me gustaba mucho escribir y desde niña soñaba con inspirar a los demás con mis historias. Solo que no sabía cómo hacerlo. Muy temprano noté que las noticias de los periódicos se escribían de forma muy distinta a las columnas de opinión. Imaginaba ver mi nombre publicado en la cabecera de una columna, y me veía escribiendo ideas utilizando un lenguaje muy alturado. Me encantaba ver a esos columnistas en la televisión cuando hablaban de la sociedad y de sus problemas. Admiraba el verbo y la facilidad con la que exponían sus opiniones, en un tono tan elegante como erudito.

Entonces llegó la adolescencia y mis intereses cambiaron un poco y me hice las clásicas preguntas. ¿Cuál era el motivo de mi existencia? ¿Qué tenía que hacer en esta vida? Busqué respuestas en muchos lados. Pero nada me satisfacía. Hasta que llegué a la universidad.

Allí conocí a Nietzsche, Proust, Adam Smith, Simone de Beauvoir, Ortega y Gasset, Engels. Los descubrí en la biblioteca donde trabajaba por horas a modo de trueque con mi beca universitaria. De todos, y aunque considerado oscuro, Nietzsche fue siempre mi preferido. Atesoré esos momentos entre libros y revistas que se revelaban ante mi, enseñándome un mundo completamente diferente, al alcance de mi mano. Leí sobre filosofía moderna, pero también sobre realismo y surrealismo. Decidí leer a los clásicos de la literatura y me enamoré de Homero, de Cervantes, de Dante, de Dumas, de Tolstoi y de García Márquez. Y debo confesar que le tenía miedo a Mario Vargas Llosa después de leer la Casa Verde durante el primer año de carrera. Analizar ese libro fue todo un reto. Felizmente, vencí al miedo leyendo sus libros de a pocos.

Me convertí en un lectora voraz, pero me faltaba algo. No lo supe hasta que emigré a Holanda. Creo que fue la nostalgia la que activó esa necesidad, entonces creciente, de escribir mis pensamientos y sentimientos para compartirlos con los demás. Al final y al cabo, escribir es también parte de la comunicación.


Me ha costado mucho declarme como escritora. Me daba miedo exponer y abrir mi corazón a la gente que no conozco. Mis escritos eran “solo míos” y a veces los compartía con algunos buenos amigos. Poco a poco empecé a publicar pequeños relatos por aquí y por allá. Hasta que me apunté a un máster en literatura creativa, al cual tengo mucho que agradecer. Por fin pude decir que soy escritora. Sé que tengo mucho camino por recorrer, y es que soy una escritora que aprende cada día a escribir.

Mi primera novela acaba de salir al mercado (junio 2021): Remolino de sueños es un libro que te cuenta una historia diferente a la que se ha contado ya; en la que hay amor, amistad y un deseo infinito por hacer que las niñas menos favorecidas sueñen con un futuro de oportunidades. Disponible en papel y en versión digital aquí.