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Hace frío en Amsterdam Noord

12 Dic

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No sé que hora es. Deben ser las 10:30 pm; hace frío. Lo veo en las manos temblorosas y rojas de la gente que sostiene su teléfono celular, en el vaho que sale de las bocas y de las narices de los que esperan. Hace frío y lo siente el hombre frente a mi que ha jalado las mangas de su chaqueta de cuero artificial hasta cubrir sus manos. Estamos allí, con frío y esperando el bote que nos llevará al otro lado de la ciudad. El letrero electrónico dice que tardará 10 minutos. Mi bicicleta y yo estamos esperando. He notado que hace no puedo pedalear muy rápido y es que hace frío.

El bote que cruza a la gente de Amsterdam centro a Amsterdam norte parte cada 5 minutos, pero a partir de las 8 o 9 parte cada 10 minutos y nos deja aquí, esperando en el frío.

La gente va llegando de a pocos, se aglomera a los costados del ingreso al bote. La gente espera a los costados de la gran marca roja del piso que además tiene una flecha que indica la dirección de salida para aquellos que vienen en bote.

Hace frío, pero el hombre que toca el saxofón tiene que trabajar. Parece estar muy abrigado, pero tal vez tiene frío también; el frío es malo para los instrumentos musicales. Toca el saxofón con suavidad, algunos se paran cerca a él a escuchar esos sonidos dulces y suaves. Otros, la mayoría, miramos hacia el bote que está al otro lado, esperamos y escuchamos al saxofón tocar.

Una mujer con un pequeño maletín morado y con ruedas camina de un lado hacia el otro, tiene frío también. Ella es negra, su ropa es negra, lleva un poncho negro con detalles blancos, una boina negra que se mezcla con su cabello negro y un bolso fucsia brillante, muy brillante, es un fucsia de verano. Ella le da un toque de calor a esta noche fría.

A mi derecha, hay una chica en bicicleta, que acaba de llegar y espera también el bote. Esa chica se resiste al frío y lo desafía vistiendo una falda tan delgada y un abrigo de verano; y viste de verde, morado y naranja y su bicicleta lleva flores artificiales. Ella no quiere darle paso al invierno, se resiste, pero sus manos rojas por el frío, su rostro pálido y sus hombros levantados me dicen que ella también tiene frío.

El bote va llegando y nos preparamos, los scooters encienden motores y más gente llega de todos lados. Finalmente, el bote ha llegado al pequeño puertito y con una señal nos indica, a los que  esperamos, que la gente que está en ese bote va a salir, que nos preparemos, que esa gente sale como animales en estampida y es nuestro propio riesgo si nos cruzamos en el camino. Por eso debemos esperar a los lados, en la zona verde y segura.

Se escuchan los scooters amenazando con el sonido del arranque, esas amenazas viene tanto desde el bote como desde los que esperan. Las bicicletas salen primero, rápido sin detenerse a mirar a los lados. La gente de a pie, sale despacio con las manos en los bolsillos, porque hace frío. Los impacientes se apuran a ingresar al bote y coger un asiento en la parte cerrada y más caliente. Los demás avanzamos hacia el frente, todos queremos ser los primeros en salir, es una competencia. He llegado sin proponermelo a la primera fila. Seré una de las que sale primero de éste bote. Miro al frente y ya hay gente al otro lado del agua esperando. El bote partirá en 5 minutos y en dos estaremos al otro lado de Amsterdam. En Amsterdam Noord (norte).

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Cuando el tren tarda en llegar

25 Oct

Una multitud anónima espera con impaciencia la llegada del tren que le llevará a su destino. Impaciente porque hace frío, impaciente porque como siempre hay retraso. Y en esa impaciencia nadie nota al llamativo chaleco amarillo que pasa muy de cerca con su recogedor, bolsas de basura y escoba en la mano y que acaba de recoger el vaso de plástico que el hombre de gorra negra, cabello largo y actitud de matón acaba de patear al escuchar por los parlantes que el tren de Amsterdam a Utrecht tiene más de 10 minutos de retraso. Nadie nota a la mujer pequeña de piel blanca, ojos rasgados, mirada perdida y que sube corriendo a la plataforma por la escalera mecánica y que para su sorpresa o alivio ve que no hay ningún tren en ninguna de las dos vias a la que da esa plataforma. Mira a todos lados antes de mirar al panel que avisa la llegada del siguiente tren. Mira hacia el panel y parace no leer nada. Murmura algo para si misma en un idioma extraño y que esa multitud no presta atención porque está demasiado ocupada leyendo su diario recogido al pie de la escalera o tipeando o mirando sus correos electrónicos en sus portátiles. Temprano por la mañana las personas no se miran entre ellas. Se mira a la distancia, se mira al tren que no llega, se mira al piso, se miran los horarios. Nadie nota al hombre que en silencio camina entre las personas recogiendo la basura, cambiando de bolsa al basurero. Nadie o tal vez todos notan que el cielo a empezado ha cambiar de color. Pasando de un rosado lila intenso a un azul celestre todavía fresco y dormido. En ese mirar y no mirar se escuchan los pasos apurados de los que creen que han perdido el tren, se escuchan los murmullos de los que no hablan holandés y tratan de descifrar lo que el panel quiere decir y no se atreven a preguntar nada pues no hay mirada que se cruce con ellos.  Solo se siente el tiritar de algunos dientes, se huele el café recién pasado de los vasos cerrados de las máquinas de café, se escucha el crujir de alguna bolsa de papel que lleva dentro un croasán o un sandwich de queso. Se escucha la sacudida que se le da a la botella de cartón que lleva leche o yogurt. Se escuchan los suspiros resignados ante la impaciencia. Se escucha a un hombre que barre, se escucha a la mujer que por el parlante dice que el tren está a punto de llegar.