Tag Archives: mujer

Atrapada en el asiento 27A

13 Jun

El amor a mis pólipos

Luego de haber dejado mi equipaje, esperado, comprado, ido al baño y haber subido al avión, llegué a mi asiento escogido y asignado. El 27A del vuelo de Iberia con destino a Madrid. No puedo decir que estaba feliz. Esas son cosas que no provocan reales emociones. Estaba allí, preguntándome quiénes serían mis acompañantes en ese vuelo que duraría dos horas y media.

Entre la multitud alineada pugnando por llegar a sus asientos dentro del avión, una mujer me miró y me sonrió. Una mujer holandesa, con cara bronceada, con una sonrisa amigable (me pregunto ¿son todas las sonrisas amigables?) y regordeta. Yo estaba sentada al lado de la ventana mirando desde allí el horizonte, era la dueña y señora de esa ventana. La mujer regordeta y su marido ocuparon los asientos 27B y 27C. Ella a mi lado. Colocó con dificultad su equipaje de mano en el compartimiento, aspiró el aire metiendo la panza que sobresalía de su pantalón, se dejó caer cual paquete sobre el asiento y me volvió a mirar y me volvió a sonreir. Pero ese saludo no vino solo. Un ligero olor, que no podía ser definido como aroma, llegaba a mi nariz haciéndome fruncir irremediablemente el ceño que hasta ese momento solo mostraba el rastro de la sonrisa que segundos antes le había mostrado. Ese olor se fue intensificando poco a poco y llegaba directo a mi nariz a pesar de todos los esfuerzos que hice por arrimarme y pegarme lo mas posible a la ventana.

El ambiente se estaba cargando pero no había caso en graduar el aire pues todavía no despegábamos. Pero ella no pensaba lo mismo. Así que cuando escuché:  “¡qué calor!”, mis miedos se hicieron realidad: veía cual si fuera una camara lenta como iba levantando su pesado, regordete y flácido brazo izquierdo, emanando el más terrible de los olores haciéndome sentir pequeña y desprotegida. Hasta que lo tenía completamente estirado tratando de buscar el aire que a mi SI me hacía falta. Me miró y me sonrió otra vez. ¿Y yo?, creo que tenía el terror y el asco reflejado en mi cara, que volteó y me preguntó si me sentía bien. Le dije que temía que no, y que seguramente en unos minutos me sentiría peor, que tendría náuseas y mareos y que seguramente querré vomitar. Me miró con compasión. Y vi como su otro brazo tambien pesado, regordete y flácido sacaba de su bolsito un paquetito, al menos no levanto el brazo por completo. Me dio un par de caramelos y me dijó que le pidiera todos los que necesite, que también tenía agua y que si quería vomitar ella me podría acompañar al baño. Luego temí lo peor, me preguntó por qué me sentía tan mal. Al mirar su cara tan amable, sonriente y preocupada, dudé mucho en decirle la verdad. La miré directamente a los ojos, pensé que tal vez debía ser directa y cruel y decirle que ella no olía bien, que más bien apestaba, que debía ir al baño y lavarse las axilas y usar desodorante. Pensaba todo esto hasta que se acercó más a mi y repitió su pregunta y al abrir la boca un olor nauseabundo inundó mi cara haciéndome casi desmayar. La impotencia hizo que lágrimas aparecieran en mis ojos. Y ella, tan tierna sacó un tisu y limpió con sus regordetas manos mis lágrimas.

Bajé la cabeza, puse mis manos sobre mi nariz, cerré los ojos, pensé en flores, en el olor de las flores que no recuerdo pues no me gustan y como no me gustan no conozco los aromas pero en ese momento quería al menos un olorcito; «mi mente es súper poderosa» pensé «y si logro el recuerdo de un aroma agradable tal vez me sienta mejor ». Así que olvidé las flores y recordé las fresas, los chocolates, mi perfume favorito que por desgracia solo me había puesto detrás de las orejas y no en mis muñecas. ¡Agg, estoy perdida !. Con la (des) emoción que sentía, el mareo y las náuseas no podía concentrarme. Un último esfuerzo… les pedí permiso, no podía continuar de esa forma, no durante todo el vuelo, así que fui en dirección al baño, pero mi plan era buscar un asiento vacío.  Le rogué a la azafata, le expliqué el problema. Ella me miró con compasión y me dijó que no tenía un asiento disponible. Le dije que moriría. Me pasó un pañuelo con olor a alcohol por si lo necesitaba. Resignada volví a mi asiento y la gordita me esperaba con los brazos abiertos mientras mis lágrimas recorrían mis mejillas llamando la atención de otros pasajeros. Me quedé parada a dos asientos del mío, temí acercarme. El avión iba a despegar y me pedían que me sentara. No puedo explicarlo, pero en ese momento entré en un estado extraño que no puedo definir, casi como inerte. Y me dejé guiar por la azafata y por la regordeta mujer que me había adoptado durante las próximas horas. Durante 2.30 horas estuve atrapada en el asiento 27A sin poder emitir sonido alguno, sin sentir, ni pensar en nada. Y confirmo lo que dijé: mi mente es poderosa. Como no quería oler lo que estaba oliendo casi inconscientemente mi cerebro emitió las señales necesarias que hicieron crecer a mis pólipos y por lo tanto cerrar el acceso del aire a mi cuerpo a través de la nariz obligandome a respirar por la boca. Benditos pólipos que en un momento los odié y los quería fuera de mi nariz. Ahora puedo admitir con hidalguía y orgullo: amo a mis pólipos y no me averguenzo.

Anuncios