La pelota roja

Hojas secas caían sin parar. Los árboles se mostraban ya desnudos. Las ramas se tambaleaban al compás del viento. Los asistentes se apretaron los abrigos y uno a uno se le acercó parar decirle que lo sentía. Pero él no escuchaba ninguna palabra, tampoco se percató de las manos compasivas sobre sus hombros. Mantenía la miraba fija en la pelota que llevaba entre sus manos. Cuando por fin se quedó solo rompió a llorar como un niño recién nacido.

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Reencuentro

(publicado primero en el blog Liberemos las palabras)

Se detiene en seco en la puerta de la tienda y aparenta interesarse por las chucherías que están dentro de cajas de colores, dispuestas a detener al transeúnte e invitarle a adquirir alguna baratija a precios increíbles. Ha tomado entre sus manos una esponja de baño para ocultar su nerviosismo. De reojo mira a la persona que camina en su dirección y confirma que es él. Sin darse cuenta aprieta sus dientes y su rostro se contrae. El dolor pronto aparecerá y tendrá que relajar la mandíbula tal y como se lo ha recomendado el terapista, si no tendrá dolor de cabeza, otra vez. Y no, no puede ocultar su repentina inquietud.

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Apéndice

(publicado primero en el blog Liberemos las palabras)

Exhausto, se desplomó sobre su cuerpo sudoroso y hundió la cara entre los cabellos arremolinados de Marina. Jadeaba. Por unos segundos, Víctor se perdió en el aroma de jazmín y madera que, al mezclarse con el olor natural de ella, lo seducía y provocaba a la vez. Marina lo rodeó con sus piernas y sus brazos y lo mantuvo dentro de ella hasta que la blandura se apoderó de él. Cerró los ojos y sonrió, estaba contenta, Víctor sabía muy bien como complacerla.

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