Hace frío en Amsterdam Noord

12 Dic

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No sé que hora es. Deben ser las 10:30 pm; hace frío. Lo veo en las manos temblorosas y rojas de la gente que sostiene su teléfono celular, en el vaho que sale de las bocas y de las narices de los que esperan. Hace frío y lo siente el hombre frente a mi que ha jalado las mangas de su chaqueta de cuero artificial hasta cubrir sus manos. Estamos allí, con frío y esperando el bote que nos llevará al otro lado de la ciudad. El letrero electrónico dice que tardará 10 minutos. Mi bicicleta y yo estamos esperando. He notado que hace no puedo pedalear muy rápido y es que hace frío.

El bote que cruza a la gente de Amsterdam centro a Amsterdam norte parte cada 5 minutos, pero a partir de las 8 o 9 parte cada 10 minutos y nos deja aquí, esperando en el frío.

La gente va llegando de a pocos, se aglomera a los costados del ingreso al bote. La gente espera a los costados de la gran marca roja del piso que además tiene una flecha que indica la dirección de salida para aquellos que vienen en bote.

Hace frío, pero el hombre que toca el saxofón tiene que trabajar. Parece estar muy abrigado, pero tal vez tiene frío también; el frío es malo para los instrumentos musicales. Toca el saxofón con suavidad, algunos se paran cerca a él a escuchar esos sonidos dulces y suaves. Otros, la mayoría, miramos hacia el bote que está al otro lado, esperamos y escuchamos al saxofón tocar.

Una mujer con un pequeño maletín morado y con ruedas camina de un lado hacia el otro, tiene frío también. Ella es negra, su ropa es negra, lleva un poncho negro con detalles blancos, una boina negra que se mezcla con su cabello negro y un bolso fucsia brillante, muy brillante, es un fucsia de verano. Ella le da un toque de calor a esta noche fría.

A mi derecha, hay una chica en bicicleta, que acaba de llegar y espera también el bote. Esa chica se resiste al frío y lo desafía vistiendo una falda tan delgada y un abrigo de verano; y viste de verde, morado y naranja y su bicicleta lleva flores artificiales. Ella no quiere darle paso al invierno, se resiste, pero sus manos rojas por el frío, su rostro pálido y sus hombros levantados me dicen que ella también tiene frío.

El bote va llegando y nos preparamos, los scooters encienden motores y más gente llega de todos lados. Finalmente, el bote ha llegado al pequeño puertito y con una señal nos indica, a los que  esperamos, que la gente que está en ese bote va a salir, que nos preparemos, que esa gente sale como animales en estampida y es nuestro propio riesgo si nos cruzamos en el camino. Por eso debemos esperar a los lados, en la zona verde y segura.

Se escuchan los scooters amenazando con el sonido del arranque, esas amenazas viene tanto desde el bote como desde los que esperan. Las bicicletas salen primero, rápido sin detenerse a mirar a los lados. La gente de a pie, sale despacio con las manos en los bolsillos, porque hace frío. Los impacientes se apuran a ingresar al bote y coger un asiento en la parte cerrada y más caliente. Los demás avanzamos hacia el frente, todos queremos ser los primeros en salir, es una competencia. He llegado sin proponermelo a la primera fila. Seré una de las que sale primero de éste bote. Miro al frente y ya hay gente al otro lado del agua esperando. El bote partirá en 5 minutos y en dos estaremos al otro lado de Amsterdam. En Amsterdam Noord (norte).

The disrespectful freedom of speech

9 Ene

Regarding Chalie Hedbo

canstockphoto22658412It is still hard to believe that fanaticism makes people so blind. I have a kind of double feeling regarding what has just happened in France. I strongly condemn the murder of the people and journalists of Charlie Hedbo. I don’t accept any kind of violence, justified or not. I also understand that newspapers and journalists around the world are angry, powerless, worried, sad and frustrated over the death of their colleagues. I am a journalist myself. I don’t work as a journalist now, but I share all those feelings because beyond being a journalist, I am a human being.

All the media around the world, in a kind of unspoken agreement, have placed the murder on their front pages, are publishing disapproving quotes from opinion leaders, and are uploading unedited witness videos in which we can see the cold-blooded assassination of a police officer. They are searching for the reasons, the suspects, the murders, and publishing the stories. In other words, the media has given us a couple of days where it has reproduced the abominable massacre and fomented citizens to protests. Alright. I protest as well…but…the problem is beyond a cartoon and its humour. In my humble opinion, the real problem has been overlooked again. And it is that we experience an increase in lack of respect and lack of leadership in all sectors, areas and corners of the world, and this also affects the media.

I wonder to what extent we are free to say and act without being considerate of others’ thoughts, beliefs and feelings only because we say and act so far as our freedom of speech brings us. Where is the limit? Is there any? I don’t justify the murder of those journalists, but I also didn’t approve of the provocation of a community that is a strong believer of Allah and the Quran. I wonder why they published provocative cartoons even when being aware that fundamentalism and fanaticism are very strong in some Muslim communities. Did Charlie Hedbo take the risk to gain some popularity or maybe it was because they wanted to say something to the world? Was the message: we are here, living in a democracy and enjoying freedom of speech, and you don’t? Was that a real reaction to the extreme fanaticism of some Muslim groups, meant to arouse anger in groups that were already upset with Europe and the United States? Why?

I don’t share Muslims’ strict lifestyle, don’t believe in what they do and the Quran is for me just an interesting book. By respecting —not accepting—them and their belief I am just trying to live in peace. I strongly expect the same of them and other societies.

Our democratic minds don’t accept oppression, submission, disrespect, fanaticism and injustice, but they exist. The question is what we are doing to live together in peace.

For years political (so-called) leaders have tried to talk about human rights and democracy with the political-religious leaders from the Middle East and other strong religious countries without great success. We, democrats, have interfered (many times) in their political affairs in what we think is not correct. I mean, we have put our noses in and given opinions about what has happened in other people’s houses. And yes, you are right, if we don’t intervene the atrocities would be even worse because what they do to kids and women is horrible. But then why don’t we stop selling weapons to the black market, weapons that give power to the abusive governments? Why don’t our political leaders agree on better cooperation for education and health, so it has to come from NGOs instead? Why don’t we pay fair prices for the raw materials that come from poor countries, so people can have a better life? Why do our democratic interests foment division and internal wars in some countries? Why do countries only intervene in other countries’ issues where oil is in risk, whilst they forget the rights of girls, for example in Sudan?

We are in a vicious cycle that is not going to stop. I can be seen as a pessimist now but I am tired of being optimistic when it comes to politics and religion.

What happened in France will repeat in some years if we, democrats, don’t really help by stopping the under-the-table negotiations of oil and weapons in the black markets. If this doesn’t happen I am afraid we will find ourselves discussing the same thing again and once again condemning the same people.

Qué es lo que le falta al Perú para ser una sociedad desarrollada.

15 Abr

Me lo he preguntado cientos de veces.

No se trata solamente de llenar las tiendas con los últimos avances tecnológicos o de llenar los centros comerciales con las tiendas más exclusivas y caras del mundo, que claro ahora también están en el Perú, mejor dicho en Lima y en algunas ciudades con suficiente poder adquisitivo.

Hace años que me he puesto un cartel en el pecho en el que vocifero que a nuestro país le hace falta educación. Todos los días leo las opiniones que peruanos y peruanas dejan escritas en la plataforma web del diario El Comercio ya sea a favor o en contra de alguna noticia. No solo me fijo en la calidad de la escritura, gramática y ortografía que a decir verdad es desastrosa, humillante y desgarradora para el que intenta usar nuestro idioma bien y en público. No me las doy de sabelotodo, no soy infalible, pero al menos tengo cuidado en el uso del idioma y sé que muchos lo hacen también.

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El laberinto del a educación en el Perú

Me fijo sobre todo en la esencia de la opinión. Muchas personas por no decir el 99% parecen vivir en otro siglo, en un tiempo donde todo se ha congelado, nada ha avanzado y nada ha mejorado. No sé de dónde son, pero sé que nivel de educación tienen con solo leer sus opiniones.

Todas las opiniones se respetan y puedo estar o no de acuerdo con algunas. Pero en definitiva no estoy de acuerdo con dos cosas: la falta de respeto al idioma y con la baja calidad de educación que han recibido tanto de sus padres, de las escuelas y universidades y del entorno que les hace decir/escribir opiniones sin sentido. Por lo que algo tenemos que hacer, pero ya.

¿A dónde vamos como sociedad?

Queremos avanzar como otras sociedades lo hacen con el único objetivo de vivir bien, tolerar y respetar a los demás. Es un derecho natural y adquirido pero también es un derecho que ha sido luchado durante nuestra historia. ¿Qué te diferencia a ti de mí? ¿Qué me diferencia a mí de los otros?

Muchos peruanos no son tolerantes. No toleran la opinión de otros ni la respetan y es más, la ven como un insulto. Esto es en parte responsabilidad de gran parte de la prensa peruana que hace un periodismo de tan mala calidad que solo se enfoca en la “opinión” de uno para restregarla en la cara del otro. ¿Qué les han enseñado a esos periodistas en la universidad? Pero veamos también a las empresas para las que trabajan, editoriales y medios que no son capaces de ayudar en la formación de sus profesionales para elevar el nivel periodístico de nuestro país.

Pero el asunto es más profundo. Por qué el aceptar que a algunos les gusten las personas de su mismo sexo es tan difícil o es casi imposible para algunos peruanos. Por qué? Porque así se lo han enseñado, su familia, su escuela, su comunidad. La familia es un elemento muy importante, sin embargo es la escuela la que debe asumir el desarrollo analítico del educando. Ese desarrollo analítico permitirá al educando separar los conceptos que propaga la iglesia de aquellos que nos debe definir como sociedad civil.

Desarrollar el análisis desde temprana edad nos debe dar a los peruanos la capacidad de pensar que los dogmas religiosos son parte de la comunidad y deben ser aceptados y respetados sin importar de donde vengan y como tal esos dogmas deben respetar la ciencia, la tecnología y la sociedad y sus cambios. Ese desarrollo analítico debe apoyar sobre todo el crecimiento de una sociedad como la nuestra que es y ha sido dañada por discriminación, diferencia, violencia, falta de respeto y miedo a los otros.

Algunas religiones parecen olvidar que se deben centrar en el amor. Ese amor que no es otro que aceptación y respeto. Y no en el odio camuflado del uno al otro.

Quién le ha dado el poder a la iglesia católica o cualquier otra iglesia de decir que el amor entre dos hombres o dos mujeres es anti-natural.

Estoy convencida que el Perú se jodió y profundamente cuando no se separó en su momento a la iglesia del poder del Estado. Si te preguntas por qué la iglesia católica tiene que interferir en temas civiles y políticos te diré que interfiere porque así se lo han permitido los gobiernos. Este y los anteriores.

Por supuesto que vivimos en un país donde la libertad de opinión dice respetarse. Y por supuesto que el papel de la iglesia es importante para ayudar al desarrollo espiritual de las personas. Pero hasta allí nomás.

Si queremos un país que realmente mire de frente a un futuro evolucionado como sociedad tenemos que hacer 4 cosas:

  1. Separar a la Iglesia católica del poder político que todavía tiene. (Significa también que no se le debe pagar un sueldo al cardenal y que el curso de religión debe ser eliminado de las escuelas)
  2. Contratar a capos en materia de educación (de países como Finlandia) que les enseñen a nuestras autoridades en Perú a ponerse bien los pantalones para rediseñar los objetivos educativos y las herramientas a utilizar.
  3. Reorganizar rápidamente la educación superior desde los puestos administrativos para evitar abuso de poder y puestos vitalicios, hasta la contratación de mejores organizadores y diseñadores de la educación.
  4. Finalmente, eliminar al SUTEP* y hacerlo por ley. Esta organización solamente le ha hecho daño a nuestra educación. El SUTEP basado en su derecho como sindicato ha bloqueado toda posibilidad de desarrollo al proteger ideas anticuadas y reclamar “mejores condiciones económicas” sin preocuparse por el desarrollo, actualización y avance de sus miembros.

Se debe invertir en educación. Invertir de verdad. En el Perú hay dinero, pero no se invierte bien o no se invierte en educación. Por el contrario se ha hecho alguna vez el ridículo llevando computadores a una escuelita alejada y pérdida en las montañas donde el profesor no tiene ni idea de lo que significa la palabra software.

Para avanzar, tener mejores administradores de nuestros recursos, calidad en educación y acceso a más oportunidades, debemos comenzar por destruir todo lo que hemos aprendido y empezar de nuevo. Pero de verdad. Si no, seguiremos en las mismas y en 20 años otra vez leeré una opinión diciendo que “el amor entre dos personas del mismo sexo es una aberración, antinatural y se debe tratar a tiempo antes que se contagie”. Es que no hay respuesta de mi parte para esto.
*SUTEP es el Sindicato Unitario de Trabajadores de la Educación en el Perú.

El tiempo

24 Ene

El tiempo duele. El tiempo alivia. El tiempo olvida. El tiempo pasa.

Cuándo fue la última vez que le di tiempo al tiempo para hacer su trabajo.

Cuándo fue la última vez que me senté a leer un libro con tranquilidad y con una copa de vino tinto cerca de mí y con la única compañía…del tiempo.

Cuándo fue la última vez que me detuve en medio del camino para observar al tiempo pasar.

Cuándo fue la última vez que me detuve a sentir el paso del tiempo en forma de caricia de viento.

Cuándo fue la última vez que me desperté sin pensar en lo que tengo que hacer.

Cuándo fue la última vez que me fui a la cama sin pensar en lo que se debe terminar para mañana.

Cuándo fue la última vez que olvidé que tengo que pararme un momento en medio de todo y de todos para mirarme a mí misma a través del tiempo.

El tiempo duele. El tiempo alivia. El tiempo olvida. El tiempo pasa.

Oh Luna,

27 Mar

008Qué hermosa estás. Te veía llegar desde hace un par de días. Estabas haciendo espacio, apareciendo de a poquitos para finalmente mostrarte completa, llena, blanca y amarilla.
Qué hermosa eres! Inmaculada, eterna, radiante y pura.

Tu llegada ha callado al viento que en los últimos días erizaba mi piel de frío intenso. Con tu llegada mi noche, ésta noche se ha iluminado. Me has mostrado el camino de regreso a casa, como antes lo hacías. Recuerdas? Cuántas veces me mantuviste despierta sentada al lado de la puerta de los cuartos contemplándote mientras mi tío Chino y mi abuelo dormían al costado.

Recuerdas que en mi época escolar decidí caminar del colegio a la casa y eras tú la que mostraba el camino. También fuiste mi compañera en la época universitaria. Tú y yo caminábamos juntas. Tú iluminando mi camino y yo siguiéndote de cerquita.

Qué bella estás. Hace poco te vi en Egipto. Estabas resplandeciente, brillando y te vi tan cerca. Me mostraste tus cráteres secretos. Casi te podía tocar.
Luna, luna, lunera. Qué vida representé en otro tiempo? Por qué me gustas tanto? Por qué me emociona verte? Por qué lágrimas salen de mis ojos cuando te contemplo? Qué éramos en otro tiempo que ahora ya no somos pero que todavía nos une.

Luna, lunita…quédate conmigo. No te vayas. Me gustas tanto como Mafalda. Pero mientras ella acaricia mis pensamientos, mis ideas y mi cerebro; tú acaricias mi corazón, mi piel y mis sentidos. Te puedo mirar eternamente y pensar en nada.

Viniste a visitarme y te puedo ver desde mi ventana. Esta noche dormiré mirándote pues me muestras tu esplendor mientras yo estoy acostada en mi cama. Iluminarás mi sueño. Dime lunita, soñaré contigo?
No te vayas, quédate a mi lado. Las noches sin ti son nada. Déjame mirarte y mírame tú también.

Oh…la edad…

18 Ene

vacheron-constantin

Qué extraño es esto del amor, del dinero y de la edad. Siempre lo he creído y lo he vivido. No hay nada que cambie tanto a una persona como estas tres cosas.

El amor te atrapa sin previo aviso y luego te suaviza un poco, te hace vivir en una burbuja de felicidad que no da tregua a la amargura ni a la tristeza. Al menos por cuanto dure.

El dinero te vuelve arrogante en diferentes medidas. A algunos les choca más y a otros menos. Pero te cambia dándote una felicidad momentánea o permanente. Es válido.

Y finalmente la edad. Si, la edad también nos cambia. Nos hace más sabios. Algunos maduran más que otros y algunos asumimos  el proceso de crecimiento con cuidado y poco a poco vamos aceptando que tal vez ya no memorizamos las cosas tan fáciles como antes o que antes hacíamos miles de cosas sin cansarnos y sin pensarlo dos veces. El impulso y la espontaneidad han dado paso al análisis y a la toma de decisiones que no solo nos considera a nosotros mismos sino también a los que forman parte de nuestras vidas. A cierta edad nos vemos rodeados o de hijos o de parejas y entonces cualquier decisión debe incluirlos también. Es parte de la madurez y del cambio que éste implica.

Sin embargo, y a pesar del amor, del dinero y de la edad hay cosas que se mantienen todavía, se transforman pero en esencia siguen siendo las mismas. La sonrisa por ejemplo. Hemos escuchado tantas veces decir que mantenemos la misma sonrisa, el mismo espíritu emprendedor, que seguimos siendo tercos, somos perseverantes  o que debemos cambiar si vamos madurando porque ese comportamiento ya no es de nuestra edad. Hemos escuchado tanto sobre lo que no hemos cambiado o que debemos cambiar.

Estoy reflexionando un poco ahora que este año cumplo 40. He cambiado mucho y no he cambiado nada. Y soy feliz con mis cambios y mis cosas de siempre. Me he enamorado miles de veces porque creo que es el estado más bonito: el de enamorarse y re-enamorarse y si es de la misma persona pues mucho mejor. Y si, amo también, pero eso es más profundo y complicado, y ha confirmado lo que he pensado por casi toda mi vida. Me he suavizado, lo que antes no me gustaba en absoluto (algunas cosas claro, y no todas) empiezo a tolerarlas y a verles el lado bueno. Ahora, por ejemplo, me empiezan a gustar las flores y empiezo a gustar de la compañía de algunos niños. (Esto todavía es materia de un análisis más profundo) Y se lo debo claro al amor y a la edad en este caso.

Mi amiga Tony me dio la bienvenida al club de los 40, cuando todavía falta un poco para mi cumpleaños y debo confesar que corriendo fui al espejo para comprobar que sigo mirando a la chiquilla de siempre con las mismas ilusiones y con la misma sonrisa, la misma sensibilidad y llorona ante las injusticias. Con algunos signos de la madurez claro pero con la mirada esperanzadora de siempre. El reflejo me hizo pensar en todo y como si fuera una película que ves antes de morir vi mi vida en fragmentos y recordé mi fiesta de 15 años, el baile con mi abuelo y mi adorado tío, ambos ahora en la quinta dimensión.  El espejo me dio tres imagenes en close-up: mi rostro, mis actitudes y mis sueños. Sigo siendo la misma y soy diferente también. Y me gusto mucho, aunque a veces tenga que renegar con el cabello que tiene vida propia y no se queda de la forma que lo peino, o con esos estúpidos granitos que no sé por qué a mi edad todavía brotan a veces en mi rostro.

Me sigo gustando a mis prontos 40 años y puedo decir que soy una persona feliz y que mi felicidad no depende de nadie, afortunadamente.

Tengo heridas profundas desde hace 20 años.

12 Sep

Hace 20 años el Perú amaneció con una sorpresa, una angustia, una tristeza y una alegría hasta ese momento incomparables. Se había capturado, entre muchas, a una persona que significaba mucho para mi país y para mí también. Esa captura significaba que yo ya no iba a despertar asustada en medio de la noche después de explosiones (“sabe Dios dónde fue” decía mi abuela) que estremecían las camas y hacían temblar los techos. Esa persona ahora capturada también significaba el miedo a caminar por las noches, especialmente cerca a alguna estación de televisión o cerca a algún cuartel militar.


Mi casa estaba en el centro de muchos posibles objetivos terroristas. Recuerdo que escapé a dos bombas. Si, lo que haya sido (destino, energía, dios, etc.) me hizo alejarme de dos explosiones. No recuerdo el orden pero una fue la bomba de Tarata. Yo estudiaba locución cerca al jirón Tarata. Ese día no me sentí bien y decidí dejar la escuela unos minutos antes y en lugar de tomar mi combi (medio de transporte muy popular en Lima) en la esquina del jirón Tarata y la avenida Larco pensé que sería mejor caminar un poco y tomarla más allá. Al fin y al cabo era el distrito de Miraflores. El más resguardado y al cual los terroristas no se atreverían a pisar pues era tierra de otros.
Qué equivocada estaba. Recuerdo que yo caminaba por la avenida Arequipa entra las cuadras 10 y 11, iba a mi casa cuando la bomba explotó y se bajó un edificio entero, y se escuchó tan fuerte que me hizo estremecer. Recuerdo que la misma pregunta que mi abuela se hacía durante las noches vino a mi cabeza: “dónde fue”. Pero yo estaba en la calle. Tenía que llegar rápido a casa y contar a cada uno de los que vivían conmigo. Solo para saber si estábamos completos y para dar las gracias a la divina providencia porque estábamos con vida.
Era una tortura cada vez que una bomba explotaba y alguna persona de mi casa no estaba en ese momento. No teníamos celulares. No había forma de saber si estaba bien o no. Solamente teníamos que esperar una llamada o a que lleguen a la casa. Esta situación seguramente la vivieron muchas familias.

La otra bomba de la que me salvé explotó muy cerca a mi casa. Entre el canal 7 de televisión y mi casa a unas cuantas cuadras. Era un local de la Marina de Guerra de mi país. Ese día una llamada telefónica hizo la diferencia. Yo era muy joven y trabajaba para una tienda de productos de limpieza en frente de la via expresa. Siempre salía a la 1 pm para almorzar. Ese día la dueña llamó por teléfono justo a esa hora, y mientras conversábamos habían pasado ya 5 minutos cuando la explosión retumbó todo, los escaparates temblaron, la llamada se cortó y los vidrios del edificio caían como lluvia. El canal 4 estaba detrás de mi casa. Lo primero que vi en mi mente fue mi casa destruida. Rogué desde el fondo de mi corazón que no fuera verdad. Salí corriendo, tenía que llegar y ver a mi madre, a mi abuelo y a mi hermanito que a esa hora estarían en casa almorzando. No pensaba en nada más.

En el camino una docena de militares. Creo que llegaron tarde. Seguramente sabían de la bomba. No era posible que no lo supieran pues llegaron en menos de dos minutos al lugar de los hechos. Una mujer llorando en el camino, me preguntaba por su hijo (no sé quién es, pensé) la cogí de la mano y muchas otras manos nos apuntaron. Militares confundidos. Se dieron cuenta que éramos dos simples confundidas en medio de la explosión. Nos dieron una señal: pasar corriendo. La cogí de la mano y corrimos, ella se dejaba llevar. Llegué a mi casa y en medio del corredor encontré a mi madre y a mi hermanito corriendo también con la intensión de encontrarme. Ellos pensaron que el canal 7 había sido el lugar del atentado.

La mujer a mi lado era una zombi andando. No atinaba a nada. No me di cuenta en qué momento la perdí de vista. Recuerdo que le dimos agua y tratábamos de tranquilizarla, pero en ese momento de confusión llegó mi primo Walter y nos dijo que las niñas (mis primitas) habían sido afectadas, que mi tío pasaba en el auto cuando la bomba explotó, que las lunas se reventaron. Salimos corriendo.

Las calles llenas de gente, confusión por todos lados, unos se miraban las manos, otros miraban sin dirección, otros solo caminaban y nadie decía nada, nadie sabía nada. Las tiendas estaban cerradas. La gente miraba detrás de las ventanas.
Esa persona que capturaron significaba todo eso que viví y mucho, muchísimo más. Tan importante fue esa persona que también significó el asesinato del hermano de mi padre. En la puerta de su casa, frente a su familia. En ese momento no supe en realidad lo que eso significaba. Pero no fue nada valiente, fue un asesinato cobarde que llenó de angustia y tristeza a una parte de mi familia. Fue la primera vez que vi a mi padre llorar como a un niño.

La persona a la que capturaron fue un líder para algunos. Para los demás fue simplemente un criminal. Para mi país esa persona es importante porque es la memoria de lo que vivimos, de lo mal que lo pasamos y de lo que nunca más debe suceder.

Ese líder viejo y enfermo logró que mucha gente creyera en él, algunos lo idolatraron, otros lo adoraban. Le obedecían sin reclamar. Y eso le costó la vida a más de 25 mil peruanos, dejó millones de pérdidas. Confusión, rencor. Heridas.

Yo tengo una herida. Muchos peruanos como yo la tenemos. Tiene la misma forma y la misma profundidad. Otras personas tienen otro tipo de heridas, seguramente una mucho más profunda que la mía y otras llevan heridas como un tatuaje que con solo mirarlas reavivan el recuerdo. Se sufrió mucho. Se mutilaron y se mataron a muchos. El miedo también era por los militares. Muchos pueblos no sabían a quién obedecer. Pueblos ignorantes, sin educación y presa fácil para ambos grupos.
Esas personas tienen heridas profundas y que no cicatrizan porque estuvieron conviviendo entre dos fuegos. Uno más sanguinario que el otro.

Ese líder viejo y enfermo, pretende formar su partido político. Está luchando por una nueva forma de ideología que capture a los más jóvenes. Y lo hará pronto si la educación no mejora y no es llevada a todos los rincones de mi amado país. Ya lo vemos, lo estamos viendo: intentos felizmente fallidos de renacer legalmente el mal. Veo y escucho a los jóvenes peruanos y me asusto. Porque veo que aún hay falta de oportunidades y porque el terrorismo empieza a despertar (si lo dejamos)…y me da miedo.

No es posible que se haya tenido que esperar tanto para que por fin se presente un proyecto de ley que penalice la negación al terrorismo que vivimos. No es posible que los medios le den más importancia a lo que esos falsos políticos (otrora terroristas ideológicos) hacen y proliferan.

Para mi han pasado 20 años. Pero los años que viví con ese miedo al terror han quedado marcados en mi piel, la misma que todavía se escarapela cuando un sonido fuerte acontece.

Ese líder viejo y enfermo es importante. Sí, lo es, porque es importante NO olvidar.

Viento

9 Jul

Me gusta el viento que corre en Amsterdam hoy. Me gusta porque me da en la cara y se lleva lejos las lágrimas inoportunas que brotan de mis ojos.

Detrás de la ventana

27 Abr

Creo que son las 8 de la noche pero nunca es tarde para comenzar. La cortina es roja intensa y la luz también. Debo abrirla pero tengo un poco de pudor. Me miro al espejo y  una mujer con una mascara en la cara me devuelve la mirada. Boca roja rellena de brillo que la hace más grande y provocativa, deseable. Esa es la palabra. Menudo set compuesto de un sujetador que realza lo pequeño pero le da una forma bonita y una pequeña tanga que luce aún más pequeña entre esas redondeces duras y bien formadas. Unas medias altas, transparentes y con diseño siluetan el perfil de unas piernas gruesas, duras y sin celulitis. Además de unos ligeros para sujetar las medias y un coqueto guante hasta el codo en la mano derecha.

Esa mujer no soy yo. Pero hoy me puedo dar el lujo de no ser yo. La noche (de 7pm a 3 am) me ha costado 120 euros en esta ventana y con descuento. Abro la cortina y solo veo la calle y unos cuantos curiosos. Es viernes y seguro que pronto comenzaran a preguntar. Increíble, acabo de correr la cortina y ya hay un tipo tocando a mi puerta. Su rostro me asusta. No voy a abrirle. Además tengo derecho a rehusar al visitante.

Insiste, me hago la loca y finjo leer mi teléfono pero vuelve a tocar y ahora más fuerte. Tiene el cabello largo y semi ondulado, pero su mirada es oscura, tiene los pómulos salidos y por ello sus ojos parecen hundirse en esos agujeros inhóspitos. Me sonríe. Me armo de valor y decido abrirle. Lo he pensado muchas veces. El precio tiene que ser muy alto, tan alto que desistan. Pero qué pasa si aceptan. Debo aceptar yo también. Y si se dan cuenta que los voy rechazando, habrá alguien más que tocará a mi puerta o a mi ventana.

Pongo la cadena del seguro, vendita cadena que tiene por finalidad abrirle o cerrarle paso al peligro. Hola, me dice en un inglés perfecto. Hola, le digo en un inglés nervioso. Cuánto, me pregunta. Mucho, le digo. Se ríe y me muestra una dentadura amarillenta. Y sus ojos siguen hundidos y sus pómulos salidos. No me gusta. Cuánto, repite. Mil, le digo. Se ríe y luego mira a todos lados. Mejor dime que no te gusto, me dijo. No me gustas, le dije. Me mira y me odia, lo sé.  Se marcha como un perro con el rabo entre las patas y  para mi sorpresa no llama a otra ventana.

La mujer detrás de la ventana frente a la mía me mira con curiosidad y odio. Es latina, centro americana tal vez. En esa cuadra solo hay central-europeas y ella parecía reinar entre tantas mujeres blancas. Pero hoy estoy aquí, haciéndole la competencia. Me hace una seña. Se ríe de mi máscara. Pero deja de reírse cuando otro tipo toca a mi puerta.

El tipo me mira, parece que quiere devorarme. Se le nota impaciente. Me sonríe, me pide que le abra. Le sonrío y le señalo la ventana de enfrente. La  centroamericana me mira desconfiada y sorprendida. El tipo voltea a mirarla. La centroamericana le sonríe y le llama. El tipo voltea a mirarme y toca de nuevo mi ventana. La mujer de enfrente me ha fulminado con su mirada.

Le digo que no con la cabeza, y me enseña un dedo en señal de disconformidad. Muchos curiosos caminan por esta calle, muchos se detienen a mirar. Un grupo de ingleses me pide con señas que me quite la mascara. No son adolescentes. Tendrán entre 30 y 40 años, algunos muy bajitos, han bebido, están muy alegres. Les sonrío y parece gustarles mi sonrisa, me sonríen y me piden que elija entre ellos. Son muchos. Sonrío de nuevo y juego a intentar escoger. Se ponen en fila. La mujer detrás de la venta de enfrente  está impaciente. Me ve jugar y no lo aprueba. Yo la miro de rato en rato.

Los ingleses han formado una barrera enfrente de mi ventana. Me piden que elija. Creo estar en un problema. Pero aún estoy protegida por esta ventana. La gente me mira mucho ahora. Hombres y mujeres que ante el alboroto inglés no tienen más remedio que mirar hacia mi ventana.

De pronto una cara conocida pasa junto a sus amigas. Sus amigas me miran pero ella mira a la centroamericana. No me reconocen. No me importa. Mientras los ingleses se van alejando, me dicen que regresaran. Uno se queda parado frente a mi ventana y me hace una seña grotesca con la boca y los dientes al mismo tiempo que señala una parte de mi cuerpo.

La gente pasa y la centroamericana ha cerrado su cortina. No me había dado cuenta. He perdido la oportunidad de ver e imaginarme la negociación. Pero no importa hay 2 ventanas frente a la mía con dos chicas preciosas y estoy segura que algún momento alguna de las dos cerrará la cortina.

Yo sigo allí, perdiendo la timidez y despojándome del pudor. La mascara me protege. Me siento segura. Me han tocado 4 veces más las ventanas. Es una noche intensa. La centroamericana ha cerrado sus cortinas 3 veces ya. Ahora está negociando con un tipo asiático. Qué inclina la cabeza a cada palabra. No sé lo que dice, pero me lo imagino. El asiático va a ingresar, se quita los zapatos antes de entrar y la mujer morena oscura, regordeta, de cabello negro largo y rizado me mira y me guiña un ojo al cerrar sus cortinas. Está contenta, ya ha cubierto el costo de la ventana. Ahora lo que gane será para enviar a su familia en su país.

Estoy cansada. Estar parada es aburrido. Me siento como en un escaparate. Miradas y miradas, unas curiosas, otras perdidas, otras asquerosas. Me miran de pies a cabeza. Algunos se detienen, me hacen señas obscenas, algunos me muestran drogas, otros más osados y protegidos por la tenue oscuridad logran a la rapidez de un pájaro extraer una parte de sus cuerpos y mostrármela como para provocarme. Pero no me gustan, son lánguidos y acabados, algunos muy pequeños y otros descomunales.

Qué terreno es este. Me pregunto si estoy a salvo. A todos les he dicho lo mismo: 1000 por 15 minutos. Uno se atrevió a hablarme de lo difícil que está la situación económica, que 1000 era demasiado para un simple empleado como él y me pidió cierta consideración y una rebaja. Otro me dijo que estaba loca, qué el conocía muy bien la tarifa y que era 50 por 15 minutos. Le dije que si quería lo tomaba o lo dejaba. Para mi buena suerte lo dejó.

Lo que todos tienen en común es desesperación en sus ojos, ansiedad en sus manos y nerviosismo en sus cuerpos.  Un tipo me dijo su nombre y esperó paciente a le dijera el mio. Me habló de su mujer y sus hijos y de la falta de sexo que tiene con su mujer, aun así le dije que eran 1000 y se fue cabizbajo.

….

Me empiezo a sentir muy cansada aburrida y decepcionada. Esperaba otras escenas.  Sin embargo, no me puedo quejar ha sido una inyección de orgullo para mi ego femenino. La mujer de enfrente, ha dejado su ventana y viene hacia la mía. Ella es tres veces más grande que yo. Seguro que me querrá pegar y pedirme que me vaya. Toca a mi ventana con una sonrisa. Me armo de valor y le abro, siempre con el seguro puesto. Me pregunta en tono de cachondeo por qué no acepto a ninguna persona, me pregunta que si me creo algo al usar la mascara. Me dice que no importa lo que lleve en la cara soy lo que soy y soy como ella. Si es tu primera vez aquí, me dice ya te acostumbraras y dar la cara es de mujeres me recuerda. Y yo le recuerdo que soy mujer y muy deseable por lo que parece pero que no tengo intenciones de volver a menos que la curiosidad me mate de nuevo.

Me mira con recelo y me dice que yo no soy mejor que ella. Le digo que tiene razón. Ella es la mejor.

Es hora de cerrar mi cortina. La siguiente inquilina está a punto de llegar y yo ya tuve lo que quería. Pero antes de cerrarla el primer tipo que me tocó a la ventana está parado frente a mi puerta.  Me parece que es un asesino. Me seguirá y me estrangulará en alguna calle y mañana un titular rezará aprendiz asesinada por decirle a un tipo que no le gustaba.  Pero no es así felizmente. Me toca a la ventana y yo le abro la puerta con cuidado. Tengo mi spray en la mano por si acaso. Me dice que ha ido a tres calles y ha tocado a 3 ventanas a parte de la mía y que ninguna lo ha dejado entrar. Qué le daban cualquier pretexto y que yo fui la única sincera en decirle que no me gustaba. Me dio pena. Le confesé por qué estaba allí. Se rio y por supuesto no me creyó. Le invité a tomar una copa y me contó la historia de su vida, pero esa es otra historia.

 

 

El sabor amargo del papel

5 Dic

No la he podido olvidar. Tal vez fue hace más de un año cuando la vi por primera vez. Tal vez menos. Yo iba en el metro, volvía a casa y ella estaba sentada casi frente a mi, sin mirarme, con un pedazo de papel entre sus manos y la mirada perdida en la oscuridad de la ventana. Era invierno o el comienzo del invierno. Llevaba una gorra y una bufanda negra. Disimulaba su godura con un abrigo ancho y negro también. Pero no tan negro como su piel. Un negro aceitunado, bonito, liso, terso. Así veía yo su piel. Ojos grandes, creo que cabello apretado como la mayoría de los negros. No la vi de pie pero creo que era alta. Lo ví en sus rodillas y en el espacio que quedaba entre el asiento y sus piernas. Ella no volteó a mirar a nadie y en silencio, con cuidado y sin apartar la vista de la ventana, partió el papel que tenía entre sus manos en pedazos pequeños que fue llevando a su boca y se los tragaba sin masticar mientras lágrimas rodaban en sus mejillas.

Sentí curiosidad. Quería saber más, pero mi destino interrumpió mi pensamientos y me hizo recordar que debía bajar. La recordé por muchos días, la busqué muchas veces entre la gente y nunca más la vi. Nunca más hasta hace un par de semanas.

Ya la había olvidado, casi no me dí cuenta de que juntas cogimos en mismo metro y subimos al mismo vagón y nos sentamos otra vez frente a frente. Ella sin mirar a nadie y concentrada en la oscuridad de la ventana, en un reflejo difícil de entender entre sombras y luces. Pensé que su rostro me parecía familiar. Insistí descaradamente en mirarla, pero ella no volteó. En sus manos un pedazo de papel, en su cara el año marcado con algunas arrugas casi imperceptibles (ventaja de la piel negra) pero escamoza y agrietada comos sus manos. La recordé. Un año habrá pasado pensé. Un año difícil para ella, lo veo en su rostro, lo noto en sus manos. Los parpados caídos, parece que envejeció 30 años en uno solo. El pedazo de papel entre sus manos. Esperé con paciencia que el ritual se repitiera. Y así fue. Lo rompió en pedacitos más pequeños, pero no se los llevaba a la boca, no todavía. Creí, mejor dicho estaba segura que ella sabía que yo la estaba mirando con descaro y sin pizca de discreción. Por un momento creí que me miró a través del reflejo de la ventana, pero fue solo un segundo. Su mirada continuaba fija en el vacio. Se llevó el primer pedacito de papel a la boca. Se lo tragó. Conté 5 pedazos, 5 veces la mano a la boca. Esta vez no hubieron lágrimas. El tiempo la ha curtido. Solo silencio.

Decidí acompañarla hasta su destino. Llegamos a la última estación y ella no se bajó. El metro inició su rumbo esta vez en dirección contraria. Ella no apartó los ojos de la ventana. Yo seguía sentada frente a ella. Ella decidió que yo la molestaba. Me miró con odio, con cólera por haber interrumpido sus pensamientos, por haberla acompañado sin habermelo pedido, por haber sido demasiado curiosa. Le devolví la mirada sin miedo al odio con más curiosidad que de costumbre. Pero ella volvió a ignorame, y fue en ese momento que me sentí perdida. Ella no necesitaba una palabra amable, no necesitaba a una curiosa entrometida. Ella me ignoró y yo decidí ignorarla y olvidarla también.

En busca de la posición correcta. Dia 1

28 Sep

No se trata de vanidad. Debo descartar ello desde el principio.
Noté que uno de mis dientes de la parte baja se estaba saliendo de lugar. Al principio fue solo una sospecha. Luego una cruda realidad. Consulté por aquí y por allá la posible causa, pero nada me aseguraba que mis muelas del juicio sean las culpables de ello. Así que desistí de la idea de extraerlos.

Desde entonces la idea de colocarme frenos (brackets) se apoderó de mi. Busqué toda la información posible, quería tener todas las alternativas al alcance. Consultas a mi dentista y luego al ortodontista. Debo decir que me cobran hasta por poner mis pies en el consultorio, pero ese es otro tema.

Finalmente, luego de algunos meses de busqueda, indecisión, inseguridad, cólera por las cuentas decidí que hoy era el día. Y así fue. Hoy me pusieron los brackets.

Son 10 en total, 6 en la parte delantera es decir en los dientes y cuatro (dos a cada lado) en las muelas. Los 6 primeros son transparentes y los otros 4 de metal.

No estuve realmente nerviosa hasta que me pidieron sentarme en la silla especial y me inclinaron hacia atrás. A mi izquierda 2 pacientes más. Una niña y un muchacho de 20 años más o menos. A mi derecha una mujer tal vez más joven que yo.

Me hicieron esperar 5 minutos, que yo consumí mirando cómo mi uña del dedo anular se había roto. Cuando la técnica llegó a mi lado me saludó con una enorme sonrisa que naturalmente dejaba ver lo perfecto y alineado de sus dientes. Ok. Pensé aquí estoy sentadita así que no hay marcha atrás.

No dolerá, me dijo. Durante todo el proceso mi dedo indice de mi mano derecha no dejo de hacer tic tic. Lo siento, creo que mi dedo está nervioso le dije. Hasta que finalmente ella dijo: listo.

No he sentido nada más que la sensación de raspado por dentro. Sí, esas cositas de metal me raspan la piel del labio inferior y me molesta. Hace una hora que el efecto de la anestesia ha practicamente desaparecido y los dientes me duelen. Sí me duelen, me aprietan y me fastidian. Me los quiero quitar. Los detestos. Es más no los soporto. Siento como si tuviera algo entre mis dientes.

No sé si podré vivir con ellos los próximos ocho meses porque además me ponen de mal humor y eso que no llevo ni 24 horas de tenerlos en mis dientes, en mi boca.

Dale a tu cuerpo alegría….hey…!!!

17 Jun

Mi accidente fue culpa de Keyko Fujimori y Ollanta Humala (a estas alturas ya el electo presidente de mi país) Ese día voté en blanco, tuve sentimiento de culpa y de irresponsabilidad y la vida además de un susto que todavía me dura, me ayudó a confirmar algunas cosas.

Confirmo que las amigas si están cuando las necesitas. Qué son capaces de sacrificar su domingo por estar a tu lado, incluso cuando no hay nada más aburrido que hacer sino esperar y esperar la paciencia de la sala de urgencias de un hospital.

Me he preguntado muchas veces si no hubiera sido mejor no haber llamado a nadie y dejar que la que me atropelló me llevara al hospital y como castigo hubiera sido ella la que habría esperado en la aburrida sala de espera del hospital. Pero no, en cambio castigué a mi amiga y a su marido. La llamé por instinto y por responsabilidad, para decirle que no podía ir con ellos a la barbacoa porque un auto me había golpeado mientras montaba mi bici de regreso a casa (que no era mi casa en ese momento).

Pero no es la primera vez que mi amiga me socorre. Una vez me dio cobijo. Abrió las puertas de su casa y de su corazón para que yo tratara de encontrar una solución a mis problemas personales. Durante un poco más de dos meses, durante los cuales no pude dormir muchas de las noches, me acostumbre a ver a sus perros bañarse en la tina, cepillarse los dientes y descubrir lo especial que pueden ser ante sonidos extraños.

Una vez me desmayé (no sé por qué, tal vez por el calor) y fue la perrita la que me despertó con unos lengüetazos que me llenaron la cara de saliva canina y me hicieron olvidar el por qué del desmayo produciéndome la urgencia de ir a lavarme la cara.

Mi amiga es chilena, tiene el corazón grande aunque ella es más pequeña que yo. A veces, cuando toma mucho vino se ríe de todo, y a veces tiene la cara muy seria. Toma la vida de forma muy práctica y cuando se enfada no cocina. No recuerdo si se lo he dicho o no pero la quiero mucho. No la veo muy seguido últimamente, pero no importa sé que está allí. Tampoco le he dicho que yo estoy aquí si me necesita, pero creo que lo sabe.

A veces yo soy una ingrata y no digo gracias en su momento. Pero es por puro olvido y no por ingratitud. Mi amiga tiene una sonrisa agradable, sinceramente me gusta mucho más verla reír que quejarse cuando algo no le gusta, pero eso lo tenemos todos. Cuando yo me quejo luzco horrible.

Cuando pienso en mi amiga, no puedo dejar de imaginarla con su copa de vino blanco al lado y si es chileno mejor. La verdad es que aprendí de ella ese gusto por el chardoney. Todavía recuerdo cuando nos “emborrachamos” tomando vino tinto, blanco y jugando al colonista de catán.

Mi amiga chilena tiene una fuerza de voluntad muy grande. Por eso está siempre delgada. Me gustaría tener esa misma voluntad pero es difícil, me gusta el chocolate.

Mi amiga se llama como la canción que nos hacía bailar la misma tonadita fin de semana tras fin de semana. Es imposible no pensar en la canción cuando se menciona su nombre. Y es más gracioso cuando ella misma lo dice: “si como la canción”.

A veces creo que la amistad va más allá de estar hablando todos los días y de estar saliendo todos los fines de semana. A veces las actividades personales te llevan por senderos diferentes. Además de alguna forma nos hemos acostumbrado a la casi rígida planificación de la agenda. Influencia del medio en el que vivimos y de las parejas que forman parte de este medio y no conocen otro.

No me importa mucho si no la veo siempre, pero si me importa mucho si no sé nada de ella por mucho tiempo. Sé que le gusta jugar mucho en el Facebook. Veo sus updates. De esa forma sé que está bien, aunque a veces, como todos, se enferma. Y cuando se enferma le da fuerte.

Mi amiga tiene además otras amigas, mayores que ella que vienen de Chile también y que son muy graciosas. Me gusta una en especial con la que tuve una discusión virtual en Facebook sobre los dogmas y terminamos, como lo dijo uno de sus contactos, una leyendo un libro y la otra comiéndose un pollo al horno.

Mi amiga es especial para mí, me hace sentir bien cuando la veo y me gusta escucharla cuando me cuenta sus cosas. Me aconseja aunque no se lo pida, y a veces sigo sus consejos y otras veces no. Mi amiga tiene una hermana. Yo no tengo una hermana pero la tengo a ella como amiga y además le gusta el pisco sour y que le encanta el ceviche. No sé cuál es el sentido o lo qué se siente cuando se tiene una hermana (¿será diferente al que se siente cuando se tiene un hermano?) pero lo que siento por mi amiga es inquebrantable.

Mi amiga se llama Macarena.

Confieso que he votado….con miedo.

10 Abr

Hoy, 10 de abril de 2011, es un día importante para mí. Hoy he ejercido mi derecho a voto. Pero confieso que lo he hecho con miedo. Miedo al resultado. Estoy acostumbrada a ver a los candidatos “grandes” y a los “pequeños » en un padrón electoral que parece interminable y me pregunto por qué tenemos tantos candidatos. Tantas aspiraciones, tanto interés.

¿Es el Perú realmente lo que les interesa a esos candidatos ?

Mientras miraba a los peruanos llegar al consulado peruano en Amsterdam se me acercó un compatriota, Arturo es su nombre. Me miró y me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que no. Que solo miraba qué tan distintos somos, qué tanto en común tenemos. Y que Mario Vargas Llosa tenía razón (aunque no es una frase suya) cuando dijo que el Perú es un país de todas las razas y todas las sangres. He visto casi todos los tamaños y todos los colores y sobre todo he visto el cobrizo, pequeño y andino que me recuerda nuestros origenes. Esos que son muchos en nuestro país y son los más olvidados. Es verdad, el Perú somos todos, todas las razas, todas las sangres y todos los colores. Y con la misma inquietud y preocupación. ¿Quién ganará?

Arturo, un hombre mestizo como yo, me dijo que los se fueron en la época del primer gobierno de Alan García, sabían lo que era el retroceso y la exclusión, lo que era la estatización y nacionalización. Me pregunto si acaso éso no lo saben los peruanos que viven en la pobreza, allí cerquita a Lima como ejemplo.

Y me dio más miedo. Miedo porque es verdad que hemos avanzado, que hay un poco más de trabajo y que hay más consumo. Pero Lima crece casi sola, sin darle la mano a los otros peruanos. Lima y la periferia. La periferia me da miedo, porque es sensible y es la que decide el voto.  Confieso que NO quiero que Ollanta Humala gane. Qué me da pavor de pensarlo. Qué las imagenes del cierre de bancos regresan a mi memoria y cómo la nacionalización y el subsidio nos llevó a las largas colas por 10 panes al día y un kilo de azúcar por persona.

Me da miedo que el Perú excluído tome revancha está vez y elija al que quiere convertir a nuestro país en un Venezuela o en un Bolivia, políticamente hablando. Un eterno gobierno que nos alejaría del progreso y de la oportunidad.   Pero al mismo tiempo le doy la razón al que se siente excluído. Hasta ahora no he visto gobierno que se haya puesto los pantalones en temas de educación, salud y seguridad.

Lo que me recuerda la frase de un hombre en la ventanilla de la biblioteca de Lince, hace tantos años ya, cuando Fujimori postulaba y nadie lo notaba. Ese hombre dijo algo que se quedó en mi memoria: mientras el pueblo no tenga educación seguirá siendo el pasto de todos los políticos. Yo tenía 17 años entonces y todavía le doy la razón.

Todos los candidatos pretenten cambiar y mejorar el Perú. Yo sólo quiero que esos millones de peruanos que respiran la arena del arenal donde viven y que tienen que pagar 2 soles diarios por 80 litros de agua (2 barriles) para subsistir vean oportunidades para mejorar sus condiciones de vida.

Sé también que al peruano le gusta repetir. Pero por favor que solo sea en cuestión de comida, de baile y de alegría. Por qué repetir lo que realmente nos dejó mal. Keiko Fujimori solo aspira a buscar las formas legales (via corrupción) de liberar a su padre de la cárcel. La gente dice que Fujimori acabó con el terrorismo, pero no es verdad. Fue en su gobierno que un grupo de peruanos valientes terminaron el trabajo encomendado mucho antes de Fujimori. Pero eso no lo sabe el peruano de la calle. Y de eso se ha valido Fujimori. Alejandro Toledo no fue el mejor de los presidentes pero su gobierno no fue tan malo. Lo malo era él y la corrupción cercana y la increíble cantidad de intereses personales que se palpaban en los ministerios. No votaría por él. Pero lo haría por ser el menos peor.

Si, he votado por algo nuevo. Por la posibilidad y la esperanza. Pero sobre todo por mi adorado país. Desde mi trinchera hago todo lo posible por promocionar la marca Perú, mi comida, mis recursos, mi gente, mis hermosos paísajes. Y voy logrando poco a poco mi meta : que entre mis conocidos al menos 1 por año vaya a mi país y lo disfrute. Más ? si tal vez puedo hacer más.

En el Perú todavía son las 5 :40 am. En menos de tres horas los peruanos empezaran a votar y a decidir el destino de nuestro país una vez más. Mi corazón palpita a mil, todavía tengo miedo y esperanza a la vez, y Arturo lo confirmó: El Perú es solo una nostalgia y una esperanza.

Historia de Amor

6 Ene

Mi nueva colaboración con el blog de la radio Circulo Dilecto

http://circulo-dilecto.blogspot.com/2011/01/historia-de-amor.html

Ya no te recuerdo…

28 Oct

Tengo que buscar en lo profundo de mis recuerdos tu nombre. Olvidé todo de ti. Tu nombre, tu rostro, tus manos, tu aroma, tu voz. Olvidé que te gustan solo dos colores: el azul y el negro. Olvidé que no te gusta bailar. Olvidé que pintas con las manos en lugar de usar pinceles. Qué escuchas rock pesado para componer el tema de tus cuadros y de que escuchas a Mozart porque no tienes otro cd en tu casa. Olvidé que escribes todavía con papel y lápiz porque odias la modernidad y porque no aceptas la limitación de no poder tipear con los diez dedos.

He olvidado que cuando ries muestras sin verguenza todos tus dientes en una sonrisa abierta, clara, profunda y contagiosa. He olvidado que cuando lloras tu rostro se pone increiblemente tenso y tus mejillas adquieren un rojo intenso que hace juego con el color sonrosado de tu nariz. He olvidado que cuando besas mucho tus labios se resecan al día siguiente.

No recuerdo las veces que me besaste y tampoco la última vez que hicimos el amor, esa vez cuando tu morías mientras yo lloraba. No recuerdo cuántas veces me dijiste “te quiero”  y tampoco la primera vez que me dijiste “te amo”. No recuerdo las conversaciones y tampoco aquella en la puerta de mi casa, cuando de tanto conversar nos sorprendió la madrugada.

Busco en mis recuerdos tu nombre. Busco en mi piel tus manos, en mis labios tus besos en mis oidos tus palabras. Busco y busco pero no recuerdo, no te encuentro…Entonces ahora que te he olvidado por completo, dime ¿por qué apareces de nuevo en mi vida?

Atrapada en el asiento 27A

13 Jun

El amor a mis pólipos

Luego de haber dejado mi equipaje, esperado, comprado, ido al baño y haber subido al avión, llegué a mi asiento escogido y asignado. El 27A del vuelo de Iberia con destino a Madrid. No puedo decir que estaba feliz. Esas son cosas que no provocan reales emociones. Estaba allí, preguntándome quiénes serían mis acompañantes en ese vuelo que duraría dos horas y media.

Entre la multitud alineada pugnando por llegar a sus asientos dentro del avión, una mujer me miró y me sonrió. Una mujer holandesa, con cara bronceada, con una sonrisa amigable (me pregunto ¿son todas las sonrisas amigables?) y regordeta. Yo estaba sentada al lado de la ventana mirando desde allí el horizonte, era la dueña y señora de esa ventana. La mujer regordeta y su marido ocuparon los asientos 27B y 27C. Ella a mi lado. Colocó con dificultad su equipaje de mano en el compartimiento, aspiró el aire metiendo la panza que sobresalía de su pantalón, se dejó caer cual paquete sobre el asiento y me volvió a mirar y me volvió a sonreir. Pero ese saludo no vino solo. Un ligero olor, que no podía ser definido como aroma, llegaba a mi nariz haciéndome fruncir irremediablemente el ceño que hasta ese momento solo mostraba el rastro de la sonrisa que segundos antes le había mostrado. Ese olor se fue intensificando poco a poco y llegaba directo a mi nariz a pesar de todos los esfuerzos que hice por arrimarme y pegarme lo mas posible a la ventana.

El ambiente se estaba cargando pero no había caso en graduar el aire pues todavía no despegábamos. Pero ella no pensaba lo mismo. Así que cuando escuché:  “¡qué calor!”, mis miedos se hicieron realidad: veía cual si fuera una camara lenta como iba levantando su pesado, regordete y flácido brazo izquierdo, emanando el más terrible de los olores haciéndome sentir pequeña y desprotegida. Hasta que lo tenía completamente estirado tratando de buscar el aire que a mi SI me hacía falta. Me miró y me sonrió otra vez. ¿Y yo?, creo que tenía el terror y el asco reflejado en mi cara, que volteó y me preguntó si me sentía bien. Le dije que temía que no, y que seguramente en unos minutos me sentiría peor, que tendría náuseas y mareos y que seguramente querré vomitar. Me miró con compasión. Y vi como su otro brazo tambien pesado, regordete y flácido sacaba de su bolsito un paquetito, al menos no levanto el brazo por completo. Me dio un par de caramelos y me dijó que le pidiera todos los que necesite, que también tenía agua y que si quería vomitar ella me podría acompañar al baño. Luego temí lo peor, me preguntó por qué me sentía tan mal. Al mirar su cara tan amable, sonriente y preocupada, dudé mucho en decirle la verdad. La miré directamente a los ojos, pensé que tal vez debía ser directa y cruel y decirle que ella no olía bien, que más bien apestaba, que debía ir al baño y lavarse las axilas y usar desodorante. Pensaba todo esto hasta que se acercó más a mi y repitió su pregunta y al abrir la boca un olor nauseabundo inundó mi cara haciéndome casi desmayar. La impotencia hizo que lágrimas aparecieran en mis ojos. Y ella, tan tierna sacó un tisu y limpió con sus regordetas manos mis lágrimas.

Bajé la cabeza, puse mis manos sobre mi nariz, cerré los ojos, pensé en flores, en el olor de las flores que no recuerdo pues no me gustan y como no me gustan no conozco los aromas pero en ese momento quería al menos un olorcito; «mi mente es súper poderosa» pensé «y si logro el recuerdo de un aroma agradable tal vez me sienta mejor ». Así que olvidé las flores y recordé las fresas, los chocolates, mi perfume favorito que por desgracia solo me había puesto detrás de las orejas y no en mis muñecas. ¡Agg, estoy perdida !. Con la (des) emoción que sentía, el mareo y las náuseas no podía concentrarme. Un último esfuerzo… les pedí permiso, no podía continuar de esa forma, no durante todo el vuelo, así que fui en dirección al baño, pero mi plan era buscar un asiento vacío.  Le rogué a la azafata, le expliqué el problema. Ella me miró con compasión y me dijó que no tenía un asiento disponible. Le dije que moriría. Me pasó un pañuelo con olor a alcohol por si lo necesitaba. Resignada volví a mi asiento y la gordita me esperaba con los brazos abiertos mientras mis lágrimas recorrían mis mejillas llamando la atención de otros pasajeros. Me quedé parada a dos asientos del mío, temí acercarme. El avión iba a despegar y me pedían que me sentara. No puedo explicarlo, pero en ese momento entré en un estado extraño que no puedo definir, casi como inerte. Y me dejé guiar por la azafata y por la regordeta mujer que me había adoptado durante las próximas horas. Durante 2.30 horas estuve atrapada en el asiento 27A sin poder emitir sonido alguno, sin sentir, ni pensar en nada. Y confirmo lo que dijé: mi mente es poderosa. Como no quería oler lo que estaba oliendo casi inconscientemente mi cerebro emitió las señales necesarias que hicieron crecer a mis pólipos y por lo tanto cerrar el acceso del aire a mi cuerpo a través de la nariz obligandome a respirar por la boca. Benditos pólipos que en un momento los odié y los quería fuera de mi nariz. Ahora puedo admitir con hidalguía y orgullo: amo a mis pólipos y no me averguenzo.

La ayuda vino de afuera gracias a la maleta que nos unió.

6 Jun

Casi a última hora, como suelo hacer las cosas más pesadas, fui a comprar la maleta. Entre tanta oferta opté por dos, una mediana y otra pequeña.  Tenía planeado lo siguiente : comprar la maleta, dejar mi bici estacionada en un lugar seguro, coger las maletas, tomar el tranvía y vuola !! a casa y luego regresar por la bici. Todo iba bien. En realidad no me gusta perder tiempo en comprar y comparar al menos en este tipo de cosas. La consigna era fácil, una maleta segura y no tan grande para 7 días de business trip.

Al vendedor solo le interesa vender, cómo te lleves la compra es asunto tuyo. Pero yo tenía un plan. Hasta que me di cuenta que no tenía mi chipcard (tarjeta con la que se paga el viaje en el tranvía) y además tontamente había olvidado mi monedero. O sea, en otras palabras solo tenía dos alternativas. Caminar hasta la casa donde ahora vivo, o ir en la bicicleta y ver la forma de llevar las maletas. Para comenzar introduje la maleta pequeña dentro de la grande y ya solamente tenía un paquete que además pesaba. Para calmar la colera que tenía con mi memoria que a veces olvida las cosas, decidí darme un castigo de calorías : un helado con una bola de mango y la otra de cocos.  Caminé arrastrando mi maleta, comiendo mi helado de barquillo y reconociendo que con el calor que casi inesperadamente abrumó Amsterdam y la distancia hasta la casa, no me daba la gana de caminar.

Dejé mi bicicleta estacionada, mezclada y casi perdida entre otras a un costado de la terraza de bagels & beans, en ese momento llena de gente, la mayoría holandeses. Miré mi bici con angustia y curiosidad. Cómo llevaría la maleta. La coloqué encima de lo que seria el cargador, el seguro no parecía tan seguro como para soportar un viaje de 30 minutos y sin embargo parecía que podría soportarlo, moví la bici, la tambalee y la maleta no se cayó. Al intentar subirme recordé que no podía hacerlo con la mochila a la espalda pues chocaría con la maleta empujandola irremediablemente al suelo. Estacioné de nuevo la bici y coloqué dentro de la maleta pequeña que a su vez estaba dentro de la grande, mi mochila pesada y llena de cosas. Ok. Nuevamente. Monté la bici, hice un giro y pum tan, la maleta al suelo. Todo frente a la terraza ocupada y sin prestarme atención.

Allí estaba Mike y su novia, una pareja inglesa que ni bien se dio cuenta de mi tonta peripecia, se acercó a ayudarme, recogiendo la maleta del suelo y sujetando mi bici para evitar que me cayera. Gracia dije. Pero Mike ya había decidido ayudarme y se quedó pensando cómo hacer. Intentamos dos « casi brillantes » ideas , pero no funcionaron. Use mi locker para sujetar mi maleta a la parte trasera de la bici e ir arrastrandola (tiene rueditas, asi que no se malograría mucho) , pero cayó a un lado y la maleta quedaba insegura. Lo intentamos dos, tres veces, pero nada. No habíamos notado, pero ya a nuestro lado estaba un hombre, turco, seguramente del restaurante turco frente al cual estabamos. Tenía una cinta de embalaje en sus manos, y junto a Mike trataron de colocar mi maleta de la mejor manera, pero tampoco resultó a pesar del esfuerzo, las 8 manos y los 4 cerebros. Una maleta nos estaba venciendo. Hasta que llegó un francés Toin, o Toiner, no lo sé. Pero se unió al momento silencioso que nos tenía a los 4 con la mirada fija en mi bici y en la maleta. Ya eramos 5 y 10 manos.

Nos comunicabamos en inglés, bendito idioma que nos ha unido a una peruana, dos ingleses, un turco-holandes y a un francés.  Mientras que la terraza llena de en su mayoría de holandeses seguramente nos miraba intrigada. El francés sacrificó su elástico sujetador y me lo regaló. Esa sería la solución. Asi entre todos, cogimos mi bici, la equilibramos, colocamos la cinta de embalaje otra vez y jalamos tanto como pudimos del elástico hasta que sujetó fuertemente a la maleta. Lo habíamos logrado. La maleta estaba ahora segura. Les dí las gracias. Todos nos sentíamos orgullosos. La maleta finalmente no nos venció.

Monté mi bice, mire hacia atrás y allí estaban ellos, despidiendome, recomendandome pedalear con cuidado y sobre todo con una sonrisa de orgullo que se me quedó grabada en la memoria. Asi con esa imagen me alejé de ellos. Y ellos se alejaron también. Creo que nunca más los volveré a ver.

En el camino, recordé historias. Cosas que cuentan los que llevan años viviendo en Holanda y que cuando tienen ganas de hablar mal o de quejarse de los holandeses dicen muchas cosas, pero muchas cosas. Algunas las he comprobado y otras desmentido. Pero es asi, aquí y en todos lados. Recordé que alguien me había dicho que al holandés no le gusta perder tiempo ayudando a un desconocido. Qué en su pensamiento está la idea de que otro vendrá a ayudar. Me pregunté cuántas veces había sido yo asistida por un completo extraño holandés (a) sin que lo pidiera. Nunca. Pero nunca he estado en una situación que amerite esta reflexión. Yo no. La más cercana fue en el gimnasio cuando esforce mi cuerpo al máximo sin haber comido y cai desmayada; y sí fui ayudada por el personal del gimnasio, pero no cuenta. Sin embargo algunos de mis conocidos si tienen historias parecidas Una chica israelí de mi curso de holandés se sorprendió un día que socorrió a una mujer asiática embarazada en una calle concurrida, el único que la ayudó fue un hombre musulmán y juntos llamaron a una ambulancia, la policía etc. Mientras mucha gente, según ella en su mayoría holandeses, pasaban por su lado mirandolos sin detenerse si quiera a curiosear. Esta historia no es la única que he escuchado, pero fue la primera en llegar a mi memoria.

No creo que sea una cuestión de nacionalidad, creo que es más bien esa solidaridad extranjera que se hace fuerte entre los mismos extranjeros apoyándose entre ellos. Recordé que en mi país, la solidaridad y la curiosidad van de la mano. A pesar de esas historias, estoy segura que en el futuro siempre habrá una mano amiga y solidaria para mi. No importa la nacionalidad. Y seguí pedaleando y pedaleando a ritmo normal con una gran satisfacción en mi corazón y recordando las caras y las manos de ayuda, las que no volveré a ver pero que siempre voy a recordar.

P.D. No pude tomar una foto de la maleta en la bici, pues al bajar casi me caigo y necesitaba las llaves que estaban en mi mochila, que estaba dentro de la maleta pequeña que a su vez estaba dentro de la maleta más grande. Pero tomé una foto del tape y del elástico.

Soy inocente

5 Abr

Qué culpa tengo al sentir lo que siento. Los códigos sociales me condenan. Me señalan, me miran con ojos acusadores, me culpan, me envian al paredón en el que sin contemplación me fusilaran con la indiferencia, la incomprensión, el sarcasmo y la ironía. Me consuelo a mi misma pensando que ese fusilamiento es en realidad envidia. Si envidia, porque me he atrevido a desafiar a lo estandar y a lo normal simplemente por el hecho de ser feliz y sentirme feliz.
Qué culpa tengo al pensar lo que pienso. De dejar de creer en la libertad maquillada que nos entregan desde la escuela y creer que la verdadera libertad es aquella que te permite expresarte sin parecer « rara » ante los demás, la que te permite expresarte olvidando esos códigos que te mutilan diariamente.
Qué culpa tengo al hacer lo que hago. Lo que hice, hago y haré responde a las necesidades básicas humanas y no a las reglas que aprendí en casa, en la escuela, en la univerdad y los círculos sociales. He aprendido otras reglas, esas que están en la esquina de la vida, que te llaman silenciosamente, que te hacen sentir inquieta y te llenan de deseo y felicidad.
Qué culpa tengo al decir lo que digo. Incluso cuando lo que digo, expresado con sinceridad, pueda dañar a quien me ama verdaderamente y termine destruyendo lo que costó tiempo construir.
Qué culpa tengo si me gusta destruir lo que se ha construido para volver a empezar y construirlo mejor.
Qué culpa tengo si me gusta la variación, me gusta el huracán y a veces la calma. Si mi vida pide a gritos ser el torbellino de siempre y dejar la calma para después.
Qué culpa tengo si los sentimientos cambian, crecen o se acaban.
Qué culpa tengo si mi corazón palpita ahora con miedo y con fuerza.

Me declaro inocente pero culpable de tu dolor.

Adios princesita

21 Mar

-“Adios princesita”, dijo su madre entre lágrimas mientras abrazaba a sus otras dos hijas.

-“Todavía mamá, todavía. Todavía estoy despierta”, comentó risueña Mariam.

Se acomodó y volvió a cerrar los ojos despacio.

La despedida fue amena, triste, llorosa. Hubo risas, lágrimas y una sensación extraña que no las dejaba respirar tranquila. Mariam se veía rodeada de aquellos a los que amaba : sus dos hermanas, su madre, su abuela, quien no entendía lo que pasaba, Margarette su amiga de toda la vida, sus primos, algunos amigos de escuela, sus tíos, sobre todo la tía Caroline y Patric su novio.

El hospital en dónde se trató Mariam del cáncer de mama le había dado permiso de celebrar una fiesta privada en una de las salas de visitas. La habían acondicionado y cerrado los ingresos para que ninguna personas ajena a la familia y amigos cercanos ingresara a ese momento único. A las 9 am la fiesta empezó con un desayuno en el que los cereales que Mariam detestaba estaban ausentes. En su lugar croasanes frescos, hechos esa misma mañana por encargo especial a la panadería francesa cerca a su casa. Jugo de naranjas frescas, huevos revueltos, torta de chocolate, café, té, jugo de fresas frescas, melones, sandías y mucha piña.

Hace años que Mariam no comía tanto y aún debía guardar espacio para el almuerzo. Luego del desayuno que duró casi 3 horas, vinieron las proyecciones de foto y dias, las que mostraban a Mariam de niña y luego de adolescente. Sus amigos de escuela preparon una mini película con todas las fotos y films de Mariam que pudieron recolectar. Hubieron bromas, recuerdos y risas, muchas risas.

Mariam estaba radiante. A las ocho de la mañana una estilista reconocida había llegado a su habítación para peinarla, tarea difícil por el poquísimo cabello que Mariam tenía en ese mometno. Pero las extensiones, el maquillaje y el delicado vestido la dejaron más bella que nunca a pesar de la delgadez y la palidez.

Como a las 2 de la tarde el almuerzo no se hizo esperar más, los platos favoritos de Mariam aparecieron en una mesa larga colocados como buffet para que todos pudieran escoger y comer hasta saciarse. Mucho pescado, mariscos y nuevamente jugo de fresa fresca. Pero también carne de cordero preparado al estílo marroquí con muchas hierbas aromáticas, preparación de la que Mariam se había quedado encandilada cuando visitó Marruecos por primera vez. Patric recordó cuánto le gustaba y no escatimó en contratar a una de las mejores cocineras marroquís en el país.

Luego vino el baile. A Mariam le encantaba bailar, no seguía bien los pasos de la música latina, pero tenía una fascinación por el merengue y la salsa. Jerry, un instructor de salsa ofreció un workshop privado, en el cual todos pudieron bailar y divertirse. Después de varios intentos, Maríam pudo seguir el ritmo y pudo dar vueltas sin tropezar en sus zapatos.

A las 5, la alegría y el bullicio se volvió una tertulia, en la que se discutía de las últimas noticias, sobre el clima y sobre la vida misma. De alguna forma, sentados todos alrededor de la mesa evitaban tocar el tema que los había reunido en aquel lugar. Adriana miraba constantemente el reloj, y veía que éste no avanzaba lentamente como generalmente sucede cuando esperas algo. Todo lo contrario avanzaba, y avanzaba muy rápido.

Mariam se dio cuenta de la angustia de su madre. Se acercó a ella, tomó su mano, la apretó y dejó que su madre convirtiera su sollozo en un llanto que de inconsolable contagió a los demás.  Mariam también lloró, no por lo que iba a pasar, sino porque no podía, nunca pudo ver llorar a otra persona sin llorar ella también.

-“Mamá, mirame”, dijo Mariam. Adriana levantó los ojos. Se miraron por un instante en el Adriana veía los ojos de su marido ya muerto. Ese color verde intenso que solo Mariam heredó de su padre.

-« Me voy feliz. Y esto es lo mejor que me puede pasar ahora », le dijo Mariam con el cansansio ya reflejado en su rostro.

5 :45, una enfermera tocó a la puerta y la madre y se aferró a su hija. Amigos y familiares se acercaron uno a uno a besar y abrazarla. Mariam se sentía bien. Pero se derrumbo de dolor cuando Patric se acercó. Hace tiempo que no se besaban con pasión y aunque él no podía ella lo deseaba, entre lágrimas, ese fue el beso apasionado más salado y mojado que jamás nadie le había dado.  « Encuentra una novia muy pronto, por favor”, le dijo Mariam a su todavía novio.

Margarette se había rezagado, involuntariamente se negaba a despedirse. Fue Mariam la que se acercó y le dijo que ya lo habían hablado y discutido y que ambas estuvieron de acuerdo que era lo mejor. Y Margarette inclinó la cabeza en el hombro de su amiga, la abrazó y lloró en silencio. Salió del local sin decir palabra alguna.

6 :10, la enfermera le dijo que ya estaban un poco retrasadas, que no quería interrumpir pero que debian salir. Mariam, cogida de la mano de su madre y sus dos hermanas caminaron juntas hacia la puerta. Antes de salir Mariam volteó para verlos una vez más y allí detrás de ella, sus amigos, su novio, su familia. Les giñó el ojo y les dijo adiós con la mano.

Caminaron detrás de la enferma en silencio. Mariam pudo haber sentido mucho, una presión en el pecho, un miedo a lo desconocido, terror, o simplemente nada. Sus dos hermanas, abrazadas a su madre caminaban mirando al piso. Sus rostros descompuestos y los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.

Ingresaron juntas a la habitación de Mariam. Allí estaba el delegado legal, el médico y dos enfermeras. Por última vez, el médico le preguntó si estaba segura. « Moriré de todos modos, verdad ? », preguntó Mariam.

Mariam volteó, abrazó a su madre y sus hermanas, les pidió que no lloraran y les dijo que estaría con su padre seguramente. Se acomodó en la cama. La enfermera tenía lista la ampolla. A las 6 y 35 la enfermera dirijió la aguja a la vena a la altura del codo del brazo derecho, la miró a los ojos y Maríam la miró a ella y sonrió. La aguja penetró el brazo y el líquido ingresaba directamente a la vena, a la sangre. Luego, el doctor, el delegado y las enfermeras abandonaron la habitación, no sin antes haberse asegurado que Mariam firmara los documentos necesarios.

Mariam se acomodo en la cama, les dijo adios con una voz muy suave a su madre y sus hermanas y cerró los ojos. Se durmió para siempre en cuestión de minutos. Su rostro estaba iluminado y sin creerlo más su madre dejó de llorar.

to you…

17 Mar

I can’t stop thinking on you…

To you …

27 Feb

who make me laugh all the time

El pezón de Mariela

25 Feb

No lo tenía erecto, no todavía. Hace días, en realidad, meses que no había vuelto a sentir una erección en sus pezones. Pero hoy, está parada frente al espejo. Se quitó el camison dejando al descubierto sus senos, redondos, blancos, suaves, voluptuosos, increiblemente atractivos y extremadamente sensibles. Cerró la puerta del baño para que su compañera de habitación no la viera. Parada frente a su propio reflejo se propuso grabar en su memoria esos pechos que alguna vez fueron la disputa y la locura de dos de sus ex novios. Cerro los ojos y con su mano izquierda acarició su rostro, su cuello y bajó lentamente hasta llegar a su seno derecho al que ahora acariciaba en circulos y muy lentamente. Con sus dedos índice y pulgar cogió el pezón derecho tratando de lograr una erección, pero solo logro que esa asquerosa secreción volviera a salir como un fluído de leche materna. No pudo evitar sentir dolor.

Sostuvo nuevamente su seno derecho con su mano izquierda, su dedo medio tocaba ese pequeño bulto ahora duro y al que no le dio importancia hace dos años. Palpo con los dedos el bulto nuevamente, cerro los ojos y se dijo a si misma estúpida. Estúpida porque pensó que era una simple bolita de grasa, estúpida porque tenía miedo de ir al médico, estúpida porque incluso cuando noto el pequeño cambio de color en su aureola derecha, pensó que había sido el sol. Estúpida porque solo tomó un paracetamol cuando tenía dolor debajo de la axila y como el dolor pasaba y no regresaba en días pensaba que era uno muscular por tanto ejercicio. Se dijo estúpida una vez más y luego cerró los ojos, como queriendo que el día de mañana no llegara nunca.

La puerta se abrió con cuidado, al otro lado estaba la persona con la que compartió 4 años de su vida y la que vivió con ella los últimos 4 meses de terror, angustia, quimio y finalmente quién apretó su mano el día que el doctor le dijo que la amputación era inminente si quería seguir viviendo.  Hace más de 4 meses que no habían vuelto a tener sexo, la noticia de su enfermedad cayó como un balde de metal sin agua en sus cabezas. Ni siquiera lo hablaron, pero fue tácito. El seno que antes fue el manantial de pasión de su amada, sería ahora arrancado de su cuerpo. ¿Cómo se veria ? Trataba de imaginarse y no podía.

Abrió los ojos y allí parada estaba ella, su pareja, su amante, su amiga, su hermana. Sus ojos también estaban rojos. No dijo palabra, entró al baño y cerro la puerta detrás de ella. No había necesidad de explicar lo que estaba pasando. No hubieron palabras, solo caricias. Mariela cerró los ojos nuevamente y su cuerpo respondió a las caricias. Su pezón izquierdo se erectó rapidamente.

Y aunque en un momento la amante evitó tocar el seno derecho de su amada, creyó que esa noche al ser la última para ese seno mal oliente, debía darle una despedida apasionante..y lo tocó y a pesar de la secreción constante el pezón derecho de Mariela logro una erección que las llevó a las dos a las más extraña, exitante y triste de sus momentos de placer.

Al día siguiente, Mariela entró a la sala de operaciones. Una complicación no sólo le quitó el seno derecho, sino que la arrancó de la vida de su amada para siempre.

¿Qué pasó?

21 Feb

Se lo dijo directamente utilizando las palabras justas y sin maquillarlas. Y sin explicación. Porque esas cosas pasan y pasan. Y porque al tratar de explicarlas se lograría un puñado de palabras que sin duda dejarían paso la repregunta pero no a la respuesta.

Parados frente a frente. Él no procesaba todavía la información. Ella no le quitó la mirada, esperaba una reacción cualquiera, reproches, preguntas, insultos, lo que sea. Lo repitió otra vez. Estoy enamorada, te dejo y me voy a vivir con ella.

Él balbuceó una pregunta monosílaba :

– ¿ella?.

Y ella respondió:

– si, ella.

Él no sabía que sentir, qué decir. Con un hombre él se podría comparar, podría competir. ¿Y con una mujer? , ¿cómo se compite por el amor de una mujer contra otra mujer?

¿Dolor? ¿miedo? ¿verguenza? qué es lo que pasaba por el corazón y la cabeza de ese hombre allí parado, mirando asombrado a la que es todavía su esposa y con la que hizo el amor hace apenas una noche, con la que se había reído a carcajadas durante la cena viendo una comedia.

¿Qué estaba pasando?

De su boca no salía una palabra. La miraba buscando en sus ojos algún rastro o indicio para reconocer a aquella persona que en ese momento le era extraña y que estaba rompiendo con apenas 11 palabras 10 años de relación.

No había nada más que explicar. Al menos ella no tenía nada que decir. Retrocedió con cautela, sigilosa mirándo a su marido directamente a los ojos, esperando que en cualquier momento él dijera o hiciera algo… en la puerta, en el suelo ya estaba la mochila preparada con sus cosas indispensables, la cogió, se la pusó al hombro, abrió la puerta y salió sin dejar de mirarlo, como temiendo que en el último minuto él despertara abruptamente y le impidiera enfrentar su nuevo destino, su nueva situación.

Sus ojos se alejaron unos centimetros. Quería preguntar otra vez, quería escuchar de nuevo y tener la certeza de que ella dijo « ella ». Pero de su boca no salieron más palabras, no pudo tampoco producir algún sonido, no podía moverse.  La puerta se cerraba y los ojos de ella fijos en los de él se alejaban cada vez más hasta desaparecer tras la puerta ahora cerrada.

Allí, parado en su universo, sólo en el medio del salón, miró hacia la ventana. La lluvia había empezado. Quizo ir hacia ella, pero sus piernas lo obligaron a permanecer en el mismo lugar. Volteó y miró a su alrededor. Y por primera vez en aquellos minutos pudo emitir una pregunta:  ¿qué pasó?

Ella nunca baila sola

5 Feb

En realidad es bastante flaca. Dicen que tiene 25 cuando en realidad tiene más de 30. El pelo lo tiene tan lacio que solamente lo puede llevar sujeto a una cola. Tiene ojos muy pequeños que desaparecen cuando lleva gafas de lunas gruesas. Tiene la cara siempre lavada. Su piel es blanca percudida, color típico del serrano « gringo ». Parece muy callada pero en realidad calla para observar. Es investigadora y todo lo analiza. Pasa desapercibida con facilidad. Usa ropa suelta y lleva siempre una mochila llena de papeles, libros y su laptop. Sus piernas flacas y largas la llevan a toda prisa a la universidad y siempre con la mirada distraida. Pero hoy es sábado. Y el vestido negro ceñido a su cuerpo reflejan unos senos pequeños que se muestran disimuladamente en un escote travieso. Usa zapatos rojos de tacón alto. Ha rellenado sus labios finos también de un rojo intenso haciéndolos parecer más grandes. Ha guardado sus gafas para apreciar el delineado que almendran sus ojos y las pestañas postizas que impactan. Ha soltado su pelo al viento. Esta lista. Si no hubiera sido cientifica hubiera sido bailarina. Se le ve atrevida. Le gusta el juego de la transformación. Le gusta bailar. Se mueve mejor al ritmo de la salsa y la bachata. Ella solo cierra sus ojos y se deja llevar. Esa noche como todas las noches de los sábados ella nunca baila sola.

sadomasoquismo

17 Nov

Las noches de otoño en el centro de Amsterdam no suelen ser tan frías como se cree porque el ambiente está rodeado de una atmosfera caliente, producto del humo de los cigarros, del alcohol y de la pasion. Sobre todo en el barrio rojo. La escritora llegó hasta aquel lugar que a simple vista parece ser una discoteca muy grande escondida entre las callejuelas del barrio más famoso de la capital holandesa. Arriba de la puerta colgaba una bandera con franjas horizontales de color negro y azul. La escritora había pasado tantas noches por ese mismo lugar y por esa misma puerta. Siempre decidida a ingresar y ser testigo de lo que allí pasaba. Pero una vez cerca desistía y pasaba de largo cabizbaja. Hasta que finalmente la curiosidad albergada por más de 3 meses superó todo pudor, tomó aire una vez más y casi sin darse cuenta estaba frente al portero que la miraba intrigado y solto unas palabras casi inaudibles pero que el portero entendió muy bien: “quiero entrar” dijo la escritora. El hombre de la puerta, tan alto y tan fornido, la miró de pies a cabeza y le mostró una sonrisa irónica. `Aquí se entra y se sale de a dos: dos hombres o dos mujeres y no mixtos. Pero por ser tu primera vez aquí y si no tienes pareja parate al frente, justo debajo de la cornisa de la esquina. Si alguien llega solo o sola te verá y podrán entrar juntos, no importa si es hombre o mujer”, le dijo. Parada al frente, la escritora miraba a las parejas entrar y salir. Maldita curiosidad pensó, pero no podía evitarlo. Tenía que entrar. Estaba segura que no estaba obligada a nada, no tendría que aceptar ninguna proposición ni compartir momentos con ninguno o ninguna. Solo quería ingresar para confirmar lo que escuchó alguna vez decir a un guía: `esa bandera significa sadomasoquismo. En el segundo piso solo hay cuerpos que se mueven, juguetes sexuales entre ellos y muchos látigos`. Eran casi las 11 de la noche. Esa era una callejuela iluminada por un par de faroles. Llovía, como suele llover en noviembre. De la nada un hombre alto, que llevaba un sacón largo caminaba en dirección a la escritora. Ese hombre de tez blanca como la nieve fumaba y miraba a la escritora directamente a los ojos o tal vez miraba a través de ella. Sus pasos eran rápidos y parecían marcar la vereda con la fuerza de sus pisadas. Logró ponerla nerviosa. Una vez cerca se paró a su costado y no la miró más. La puerta del local se volvió a abrir. De allí salieron dos hombres completamente vestidos de negro, color que hacía juego con el de sus pieles. Caminaban abrazados, a los dos pasos se detuvieron, se miraron, se acariciban la espalda, uno introdujo su mano en la parte delantera del pantalón del otro, se besaron con fuerza, con rápidez, con desesperación, con una pasión descarada. En eso, un susurro al oído hizo saltar a la escritora. Una voz familiar le preguntaba: ¿entramos juntas?. Al voltear, una cara conocida. La sorpresa y vergüenza juntas se reflejaron en el rostros de la escritora. No dijo no, tampoco si y juntas entraron.

Cuando el tren tarda en llegar

25 Oct

Una multitud anónima espera con impaciencia la llegada del tren que le llevará a su destino. Impaciente porque hace frío, impaciente porque como siempre hay retraso. Y en esa impaciencia nadie nota al llamativo chaleco amarillo que pasa muy de cerca con su recogedor, bolsas de basura y escoba en la mano y que acaba de recoger el vaso de plástico que el hombre de gorra negra, cabello largo y actitud de matón acaba de patear al escuchar por los parlantes que el tren de Amsterdam a Utrecht tiene más de 10 minutos de retraso. Nadie nota a la mujer pequeña de piel blanca, ojos rasgados, mirada perdida y que sube corriendo a la plataforma por la escalera mecánica y que para su sorpresa o alivio ve que no hay ningún tren en ninguna de las dos vias a la que da esa plataforma. Mira a todos lados antes de mirar al panel que avisa la llegada del siguiente tren. Mira hacia el panel y parace no leer nada. Murmura algo para si misma en un idioma extraño y que esa multitud no presta atención porque está demasiado ocupada leyendo su diario recogido al pie de la escalera o tipeando o mirando sus correos electrónicos en sus portátiles. Temprano por la mañana las personas no se miran entre ellas. Se mira a la distancia, se mira al tren que no llega, se mira al piso, se miran los horarios. Nadie nota al hombre que en silencio camina entre las personas recogiendo la basura, cambiando de bolsa al basurero. Nadie o tal vez todos notan que el cielo a empezado ha cambiar de color. Pasando de un rosado lila intenso a un azul celestre todavía fresco y dormido. En ese mirar y no mirar se escuchan los pasos apurados de los que creen que han perdido el tren, se escuchan los murmullos de los que no hablan holandés y tratan de descifrar lo que el panel quiere decir y no se atreven a preguntar nada pues no hay mirada que se cruce con ellos.  Solo se siente el tiritar de algunos dientes, se huele el café recién pasado de los vasos cerrados de las máquinas de café, se escucha el crujir de alguna bolsa de papel que lleva dentro un croasán o un sandwich de queso. Se escucha la sacudida que se le da a la botella de cartón que lleva leche o yogurt. Se escuchan los suspiros resignados ante la impaciencia. Se escucha a un hombre que barre, se escucha a la mujer que por el parlante dice que el tren está a punto de llegar.

Ella sufre porque así lo ha decidido.

1 Sep

Entre lágrimas me dijo que se sentía mal. Qué sufría. Qué sin él se sentía vacía, sola.
Mi amiga sufre porque quiere sufrir. Sufre porque entregó todo de si, sufre porque no se ha protegido y porque no se ha enamorado de forma inteligente. Si, es verdad y lo postulo si fuera necesario. Nos podemos enamorar con la cabeza. No concibo la idea, no tolero siquiera pensar en la famosa frase “uno se ciega cuando se está enamorado”. Creo que nos obsesionamos, nos aturdimos, nos entregamos y eso es lo que nos hace daño. Pues amores obsesivos son generalmente amores dañinos. Ella entregó su alma a un hombre divorciado con hijos que no lo quieren ver, a un hombre que lleva en su piel heridas sin cicatrizar, a un hombre que reacciona mal ante cualquier cosa, a un hombre celoso hasta los tuétanos, a un niño caprichoso, a un amante exquisito en la cama. Ese hombre no la conoce. Ella no es ella cuando está con él. Ella cuida sus palabras para no molestarlo, ella no entiende el por qué de sus arrebatos, ella vive reprimiéndose, pensando en la siguiente palabra, pensando en el siguiente paso. Ella no es natural, no es espontánea completamente, no vive a plenitud, vive una vida pendiente de él y lo ama. Lo ama tanto y lo conoce tan poco. Y sufre. Sufre cada vez que él le corta el teléfono sin explicación. Sufre cuando no le responde a las llamadas. Sufre porque no concibe que él no le responda. Sufre porque no ha aprendido que en una relación es la mujer la que debe actuar estratégicamente. Ella sufre y no se ama asimisma. Se arrastra, se lastima, se humilla y no para de llorar. Se deprime y llora más, se deprime y no puede trabajar, llora y no lo oculta, llora en sus rincones, en sus espacios, en presencia de su hijo.

Ella tiene dos opciones: terminar esa relación dañina o aceptarla tal como es, con sus limitaciones, restricciones, carencias, angustias, humillaciones y celos. Si escoge la primera opción sufrirá, unos meses, unos años tal vez, y después todo pasará y estará lista y libre para enamorarse una vez más. Si escoge la segunda también sufrirá pero se irá acostumbrando, se lastimará constantemente, se humillará y creerá, vivirá creyendo que todo cambiará porque asi se lo dirá él al oido entre sábanas y besos. Y entonces ella, mi amiga se irá marchitando, se apagará, no volverá a ser la chica alegre que fue, será amargada, cuidadosa de sus palabras y accciones. Y tal vez se suicide. Y yo habré perdido a una amiga, porque no tengo el poder de salvarla. No puedo salvarla simplemente porque ella ha escogido sufrir.

buscando y buscando …se me ocurrió lo siguiente

27 Ago

Encontré el texto que estaba buscando. Al encontrarlo, me encontré a mi misma,
Al encontrarme a mi misma, me dio tristeza,
al sentir tristeza, sentí miedo,
al sentir miedo, sentí angustia,
al sentir angustia, busqué refugio,
al buscar refugio, encontré tus brazos,
al estar en tus brazos, mire a tu rostro,
en tu rostro encontré tus ojos,
en tus ojos, mi mirada
y en ella tu mirada.

Meneer Couzy

7 Ago

meneer CouzyHacía frio. La noche anterior la temperatura había bajado lo suficiente para provocar una delgada capa de hielo sobre las calles y veredas. Ese, como otros día trabajé en casa. Frente a mi hay una ventana. Amplia, grande y blanca. Casi siempre estoy mirando a través de ella, aunque parecierá que nunca pasa nada, aunque la calle no se transforme, aunque los autos que por allí circulan no se estacionen, aunque no haya casi gente, siempre estoy mirando a través de ella. Espero con paciencia que suceda el ciclo acostumbrado: que las hojas de los árboles caigan, el viento sople, las hojas broten, los pájaros y palomas coman del pan que los vecinos arrojen; uno que otro perro llevando a su dueño de una cadena, un gato explorador, gente en bicicleta, vecinos con seño fruncido. Ese frío día, después de enviar algunos emails, me acerqué como otras veces a la ventana. Y como siempre miré al otro lado de la calle tratando de definir las siluetas de la ventana que está al otro lado de la pista detrás de la delgada área verde que nos divide, ventana que siempre está cerrada pero de la que cuelgan plantas y se encienden luces rojas por la noche. Cuando miré hacía abajo (estoy en un tercer piso) lo vi parado justo al borde de la vereda. Pensé que esperaba a alguien o que se estaba contemplando el hielo debajo de sus zapatos. Estaba parado al lado del árbol sin hojas, entre el filo de la vereda y la pista; Meneer Couzy (señor Couzy) no parecía animado a cruzar la calle. Es la edad pensé, es ese maldito hielo que puede hacerlo resbalar. Vi pasar a un chico, un muchacho de tal vez 18 o 19 años. Pasó exactamente frente a meneer Couzy. Pasó y no lo miro. Vi pasar a dos señoras, mis vecinas, esas que se esfuerzan por hacer demasiada alharaca y bulla en sus jardines cada vez que organizan una barbacoa en el verano de tal manera que los demás, los que no tenemos jardín nos enteramos que están asando carne, pollo y verduras, bebiendo vino y la están pasando bien. También vi pasar a mi vecino del piso de arriba. Pasó enfrente de meneer Couzy montado en su bicicleta y no paro ni para saludarlo. Siguió de frente y sin duda alguna iría al restaurante chino de la vuelta a tomar algo de licor como suele hacerlo para después entrar a su casa atropellando lo que esté a su alcance, haciendo escándalos y restregando su tristeza.

Meneer Couzy parecía no percatarse de la gente que pasaba por su lado, tenía la mirada clavada en ese hielo seco y duro. Palpaba con sus zapatos la dureza del mismo y tenía las manos dentro de su chaqueta. No llevaba gorra, nunca lo vi llevar gorra a pesar de la calvicie y a pesar del frío. Meneer Couzy era un hombre viejo y la vejez llega a veces como un huracán que arrastra hasta con el más joven de espíritu. Espere unos momentos, tratando de convencerme que ese hombre viejo no eran tan viejo y desprotegido como se veía en ese instante, que estaba allí parado disfrutando y matando el tiempo que seguramente conocía muy bien y del que se había hecho amigo y compañero en sus momentos de soledad. Estaba esperando a que meneer Couzy alzara su cabeza y diera el paso certero que lo llevaría a su casa. Quería ver al hombre que me saludo con un cariñoso apretón de manos cuando se enteró que era su nueva vecina. Al hombre que me sonreía con sinceridad y no con la obligación que el encontrar a tu vecino impone. Quería verlo cruzar la calle con la misma energía con la que lo ví subir esas escaleras duras, de piedra, frías y carentes hace 5 años. Pero meneer Couzy seguía allí parado.

Ya había decido bajar para ayudarlo. Mientras lo miraba le pregunté a Rémon si él también creía que meneer Couzy necesitaba ayuda. Rémon me dijo que no, que no me preocupara, que solo podía subir. Pero Rémon es holandés y los holandeses son individualistas y a muchos les cuesta reconocer que necesitan ayuda. No esperé más y baje. A pesar del frío no me puse abrigo. Será algo rápido pensé y dudé. No quería que se sintiera ofendido, no quería hacerlo sentir viejo. Pero me arriesgué. Crucé rápido, evitando resbalarme. Meneer Couzy no se dió cuenta, no me vió bajar. Solo notó mi presencia cuando sintió mi brazo en el suyo y con su otra mano, sin decirme alguna palabra puso su mano sobre la mia y dio el paso que no se atrevía a dar en solitario. No nos miramos. Su mano estaba helada y sobre mi mano caliente se siente un espasmo. Cruzamos la pista a pasos lentos, con cuidado, con el recuerdo de mi abuelo en mi cabeza y con el reconomiento de la vejez en el suya. No me permitió que lo ayudará a subir las escaleras. Me dijo con cariño y sonriendo como siempre, que había sido buena con él pero que era suficiente, que podía solo. Y así lo hizo. Subi las escaleras corriendo, no para demostrarle lo que yo a mis 30 y tantos todavía puedo hacer, sino para no verlo sufrir subiendo esas piedras heladas, como después lo vería alguna vez. Paso a paso como un niño aprendiendo a caminar. Siempre temí por una caída. Sobre esas escaleras de piedra, a la edad de meneer Couzy es muerte segura.

Decidí cuidar de alguna forma de meneer Couzy. Toqué a su puerta alguna vez, solo para saber si estaba bien y detrás de ella me dijo que sí. Qué estaba bien. Quizo abrirla, pero le dije que no era necesario. Yo solo quería saber que estaba allí y bien. Rémon y yo le pedimos su teléfono y le dimos el nuestro, just in case, y fue muy amable y ocurrente. Nos halago por nuestra generosidad, por preocuparnos por él y también felicitó a Rémon por su excelente holandés. Ese día no pude parar de reir. Rémon es holandés.

Alguna vez Rémon cruzó más de dos palabras con meneer Couzy. Éste le comentó que había vivido casi toda su vida en la misma casa y que tenía más de 90 años, pero no recordaba con exactitud cuantos, que no tenía más familiares que alguien lejano viviendo en otra ciudad. Que estaba solo. Que no quería mudarse ni ir a un asilo de ancianos pues le gustaba su casa y se sentía cómodo allí.

Y como es lógico, la vejez con su tempestad no se hace esperar. La vejez estaba haciendo sus estragos. Ya no veía a meneer Couzy, su carrito (uno especial para minusválidos) estaba estacionado en el mismo lugar. Un día Rémon llegó del gimnasio y con voz apurada me dijo que se estaban llevando a meneer Couzy que él no podía más. Corrí a las escaleras y lo vi, allí, luchando por bajarlas, a su lado dos paramédicos, en su nariz oxigeno y en la puerta su amigo, al que seguramente habría llamado en un momento de dolor. Meneer Couzy me miró y con una sonrisa me dijo:  “adiós Katherina, ustedes han sido muy buenos conmigo”. (nunca supo pronunciar bien mi nombre) Me sonrió otra vez y bajó su mirada para continuar luchando, para continuar bajando esas malditas escaleras de piedra. Y lo logró.

No quería visitas al lugar que lo llevaron. Le pedí a Rémon que llamará al amigo que estuvo el día que se lo llevaron. Y éste le dijo que meneer Couzy estaba recuperándose, que prefería no ser visitado y que seguramente después podríamos verlo. Una noche vimos luz en su casa. Al día siguiente había una mujer arreglando cosas dentro de la casa que todavía lleva el nombre de meneer Couzy; ella me confirmó lo que ese amigo había dicho. Meneer Couzy estaba un poco mal pero recuperándose. Me prometió darle mis saludos.

El 17 de julio en nuestras escaleras encontramos 3 sobres iguales. Para nuestros vecinos y para nosotros. Rémon me dijo que era una tarjeta de defunción. Le pregunté cómo lo sabía y me dijo que se notaba, que todas eran iguales y que son estándares. Rémon ya lo sabía. Meneer Couzy falleció el 15 de julio. Su nombre era Gerard y nació en 1919, un año después de mi abuelo. No habría velorio pero si cremación y sin testigos. La carta fue enviada por un notario. Meneer Couzy no tenía familia cercana que se ocupara de esas cosas.

Esa noche fui a la ventana y le dije adiós a meneer Couzy.

El peligro del recuerdo

13 Ene

recordarRecordar es un peligro. Si, lo es porque al recordar tu cuerpo y tu memoria, que hasta ese momento te servian de protección, se desvelan y te hacen recordar y sentir las mismas emociones y sensaciones que viviste en el ahora recuerdo, y es que la famosa frase es simplemente verdadera, recuerdas y vuelves a vivir.

Algunas personas se protegen. O mejor dicho nuestro cuerpo es tan perfecto que al ir creciendo y envejeciendo nos va protegiendo de nosotros mismos y almacena en lo profundo de nuestra memoria los recuerdos más feos y las frustraciones más dolorosas para que, asi bien guardados, podamos seguir adelante enfrentando con la experiencia vivida los nuevos retos y los nuevos futuros recuerdos.

Me gusta recordar. Recordar lo vivido. Y como a todos me gusta recordar y dejar que las emociones afloren y me hagan sentir lo mismo y procuro que sea también con la misma intensidad. Recuerdo la felicidad y también las tristezas. Lo que me cuesta recordar son las frustraciones. Las evito y si puedo las olvido, aunque olvidar es un peligro mayor. Si olvidamos, hechamos por la borda la experiencia y sin experiencia no podemos avanzar y mucho menos enfrentarnos a los nuevos futuros recuerdos.

Hoy puse punto final a un email. Y al poner punto final a ese email puse también punto final a una pequeña y guardada frustración que sin darme cuenta afloraba cuando tenía noticias de él. Si, él fue importante en el pasado de mi vida. Y en ese pasado yo era aun una niña que callaba lo que sentía y se sentía incapaz de reaccionar por no querer empezar una pelea o una discusión. En ese pasado yo no tenía la carga de vida que hoy tengo, ni las experiencias que se acumulan en los años que separan a ese pasado específico, de mi edad actual. Pero jamás me permití vivir en el pasado.

El pasado para mi no representa el presente. Por supuesto que para este presente necesito de mi pasado, pero lo que en el pasado me hizo callar me dejo también y sin saberlo la secreta ambición de un dia gritarlo. Y sin querer un estupido email fue hoy el pretexto. Logré molestarlo sin proponermelo y fue tan pretencioso que no puso reparos para insinuar que la relación que tuvimos « me dejó marcada », que reconocía que no había sido el mejor, pero que nunca quiso hacerme daño. Creo que era él el que más necesitaba decirlo que yo escucharlo. Ni siquiera pensaba en la relación del pasado, ni siquiera me acordaba que tuvimos una relación amormentosa porque yo, porque mi cuerpo y mi memoria me habían protegido de ese recuerdo. Y cuando él lo mencionó, mi cuerpo y mi memoria se desvelaron y me dejaron desnuda sin la protección habitual, allí parada en mi universo frente a mis recuerdos.

Y entonces no tuve más opción que liberarme de ese peligro y propicié la discusión perfecta para que él pudiera decirme lo que pensaba y yo pudiera recordarlo como entonces y hacerlo sentir inmaduro, pequeño y perverso. Y lo logré. Soy astuta, como todas las mujeres (algunas más que otras y otras ni siquiera lo saben) y reconozco que logré llevar las aguas por el cause que yo quería y pude, después de tantos años decir lo que no me había propuesto expresamente decir, pero que si no lo decía ahora, no lo decía nunca.

Al ser abandonada por mi capa protectora me di cuenta que no necesariamente me volvía vulnerable. Al contrario, cuando los recuerdos afloraron, afloraron tambiénlas emociones y las sensaciones y a pesar de la frustración, me di cuenta que la experiencia me hizo más fuerte para enfrentarla con la irónica y única arma que tenía a mi lado : los recuerdos y nada más que mis recuerdos, con tinte de astucia, ternura y candidez que muchas mujeres sabemos combinar y que no necesariamente tiene que ser malo. No lo tenía pensado. Tal vez si nada pasaba, tal vez si él no me hubiera escrito yo todavía viviría protegida por esa capa y no hubiera sido capaz de enfrentarme al peligro y vencerlo. Triunfe en esa batalla, pero al poner el punto final del final de esta historia no pude evitar quedarme con los recuerdos y con ellos las emociones.

El viejo enamorado de la vieja

27 Dic

old-hartSentada, con la mirada en la ventana y en el reflejo de la gente a mi alrededor, me entretenía mirando a los viajeros, compañeros circunstanciales de viaje, que buscaban y se acomodaban en los asientos del tren que nos llevaría a nuestros destinos. Poco a poco el compartimiento de 2da clase, 2do piso se iba llenando. Cada uno de los 22 asientos se fueron cubriendo con un apurado estudiante, un cansado oficinista, una ama de casa con bolsas de supermercado y entre otros una pareja de románticos enamorados.

Ella se sentó a mi lado. Él frente a ella. Yo miraba hacia afuera, hacia la oscuridad que no hacía otra cosa que reflejar a mis compañeros de asiento, al que estaba durmiendo sentado frente a mi, ajeno a todo movimiento y suceso; a ella que lo admiraba con ilusión y a él que la miraba con amor. La conversación entre esos dos parecía entretenida, las sonrisas en cada palabra y juegos de manos para disimular cualquier nerviosismo. Él le cogía la mano con dulzura y sus caricias eran ritmicas y suaves. Ella lo miraba y en sus ojos no había nadie más. Sentí, pensé que si volteaba a mirarlos rompería ese momento mágico que solo los que nos hemos sentido enamorados conocemos. Ella bajaba su mirada con una sonrisa avergonzada y tímida a cada sonrisa de él. Él le tocaba los cabellos y se los acomodaba detrás de la oreja. Estaban sentados uno frente al otro y se habían inclinado lo suficiente para estar aún más cerca. El le hablaba al oído, ella sonreía. Ella pasaba sus manos entre las de él, y jugaban como dos pequeños envueltos en una complicidad de la que solo yo era testigo. No quería voltear, no quería romper aquella magia que creía perdida. Pero ellos tal vez con sus 65 ó 70 años me enseñaron que nunca es tarde para enamorarse de nuevo. Para vivir de nuevo y que a esa edad una mujer puede sentir la misma timidez del primer encuentro y que las caricias pueden parecer asperas pero también muy tiernas. No había rastro de pasión, no había ese halo de sensualidad y sexualidad que las parejas jovenes suelen transmitir. Al contrario, solo había ternura y una sensación de gran cariño que calmaba cualquier situación.

De pronto no habían más palabras, no habían más sonrisas, solo miradas. Qué forma tan intensa de mirarse. Qué forma tan especial y única de decirse tal vez « te amo ». O simplemente « me gustas ». No pude verles de frente solo veía sus perfiles enamorados. Cogidos de la mano se pusieron de pie y bajaron en una estación previa a la mia. Me sentí reconfortada. No hubiera podido romper aquel momento si hubiera sido yo la que hubiera tenido que bajar primero. Creo que esa magia todavía existe, todavía está conmigo. Ellos la dejaron en el ambiente que me rodea y aunque solo fueron unos minutos, fueron los suficientes para creer que la complicidad de pareja es posible también entre los mayores de 60.

Cuánto cuesta ser puntual. El valor de la palabra dada.

20 Nov

De forma in- y consciente siempre pensé y creo que cuando prometes o te comprometes a algo es tu palabra la que empeñas.

Recuerdo que cuando quedaba con mis compañeros de universidad para realizar un trabajo yo era la única (desesperada) por llegar a la hora acordada. Y me incomodaba mucho cuando el resto del grupo llegaba tarde y sin excusas de por medio, simplemente me saludaban. No les importaba llegar tarde y a veces con más de una hora de retraso. Lo mismo me pasaba cuando estaba trabajando y lo que es peor se quejaban porque yo no era paciente y decían que yo debía esperar que ellos tuvieran un retraso de 10-15-10-30 minutos. Me parecía una falta de respecto increible.

Recuerdo que muchas veces los profesores hacían referencia a esta forma de ser que se ha vuelto parte de la idiosincracia del peruano (pero también del latino en general) y mis compañeros lo aceptaba a la broma, como un chiste, como algo jocoso y fácil de tolerar. El peruano es tardón por naturaleza y no le importa llegar tarde y lo que es peor a veces no pide disculpas.

Durante los años 1997 y 1999 tuve que hacer muchas entrevistas y ninguno de mis entrevistados estuvo a la hora acordada. Ninguno. Me dejaban esperando y con la excusa de que algo importante surgía hasta me pedían regresar al día siguiente, como si mi agenda estuviera a su disposición. Estoy hablando de empresarios, directores, gente de « palabra » que no le importa dejarte esperando, simplemente porque ellos se consideran más que una « simple » periodista. Me quejé y me quejé con mi directora. Qué no es justo, que yo me apuro por estar a tiempo, que yo cumplo con lo que considero mi compromiso, porque al final y al cabo es mi palabra y mi palabra vale. Y me dijo, me dio puerta libre : « por qué esperas más de lo que se debe esperar ? hasta 15 minutos y no más ». Con esas palabras y esa seguridad esperé a mi próximo entrevistado 20 minutos. 5 minutos más (por si acaso) y con mi fotógrafo de testigo, le dije a la secretaria que no podía esperar más. Qué tenía otro compromiso y que por favor me llame para decirme a qué hora exactamente podrá atenderme la próxima vez. Di media vuelta y me fui. Pero antes y con un tono de ofendida la secretaria me dijo que si esperaba un poco más su jefe me podría atender. Le dije que nuestra cita había sido programada a las 3 pm en punto y que antes de venir llamé para confirmarla y ahora han pasado 20 minutos y no que no llegaría puntual a mi otro compromiso con un gerente que es muy puntual (mentira pero quería hacerla sentir mal). Claro que no me respondió y tampoco llamó. Y cuando mi jefa me preguntó por la entrevista le dije que no la tenía porque me dejó esperando más de 20 minutos. Ella, mi jefa , la que me había preguntado por qué era yo la que esperaba tanto, me miro a los ojos y con un tono irónico me respondió : y ahora ? seguro que tendrás que volver a ir, lo que significa más tiempo. En ese caso mejor hubiera sido que esperaras tranquila.

Pero eso no es todo. Si te encuentras a un peruano o peruana en el extranjero, sucede la misma situación. Quedo con una amiga peruana para salir y le digo que haré todas mis cosas rápidas para estar a tiempo a las 2 pm y llamarla para acordar el sitio para reunirnos. Me apuro, hago mis cosas para cumplir con ella y al llamarla me dice: « estoy lejos, no sé cuánto me demoraré. Pero no te preocupes que si ya quedamos como sea estoy donde digas » . Yo me pregunté ya para qué ? no es necesario. No de esa forma. Ella simplemente no se acordó que tenía un compromiso conmigo.

Decepcionante. Y lo peor es que sucede con tanta frecuencia que no sé que pensar, o qué hacer. Trabajo con clientes en España y sucede lo mismo. Más de una vez he quedado con alguien a las 10 am, le he recordado la cita por email y he recibo confirmación. Al llamar obtengo las respuestas más estúpidas por decirlo de alguna manera : « Estoy liado me llamas en 20 minutitos ». 20 minutos como si al usar el diminutivo aligerara la falta de respecto. O como esta : “qué habíamos quedado hoy ? » . Esta no tiene perdón : « No, no está, y no sé a qué hora llegue » (la secretaria).

Cuánto tiempo se pierde y se hace perder. Mención a parte merece el consultorio de mi doctora aqui en Holanda. Qué me da cita para las 3 pm y me atiende a las 3 :30 pm y encima me apura en que le diga qué me duele porque necesita fumarse un cigarrito.

Estoy cansada de ser puntual. Pero para mi, mi palabra tiene un valor. Es mi compromiso. Es mi forma de ser. Si todo el mundo que conozco tiene por regla ser impuntual, y seguro debe ser así, me pregunto si no soy yo la estúpida equivocada. La que se sale del libreto y encima se molesta con el que te mira sorprendido…  « qué exagerada, no puedes esperar unos minutitos » (después de 10 minutos de espera) mi tiempo es valioso. En 10 minutos puedo escribir y enviar un email al amigo que está esperando respuesta, en 20 puedo preparme un sanguche o manejar la bici con tranquilidad. En 30 puedo hacer 15 minutos de abdominales y 15 minutos para tomar una ducha. En fin, el tiempo, mi tiempo lo puedo utilizar de muchas otras y mejores formas que estar en un lado esperando. Pero si estoy equivocada por favor que alguien me lo diga.

Duerme pequeño. Duerme Max.

25 Sep

En junio pasado todo cambió. Y hace dos días todo terminó para siempre.

La primera vez que lo ví, no pude parar de mirarle a los ojos, tan brillantes y tan grandes. Su hermoso pelaje. Su tierno ronronear. Cómo no enamorarse de él. Cómo no querer abrazarlo y escuchar sus ronroneos cerca a mi oreja, en ese acercamiento tan hermoso y tan íntimo que solo es comprendido por dos.

Max era su nombre. Max era un gato hermoso, diferente y único. Hermoso porque con solo mirar a sus ojos cualquiera se quedaba asombrado y la suavidad de su pelaje invitaba a acariciarlo. Ante sus bellos ojos verdes zucumbieron aquellos que alguna vez dijeron:  “no me gustan los gatos”. Es así que, en unas vacaciones le pedí a mi amiga Anays que cuidara de Max y aunque su esposo no estaba tan contento, pues no le gustaban los gatos, sabía que tarde o temprano no se resistiría ante sus encantos y pronto terminaría acariciándole y queriéndole como todos lo han hecho alguna vez. Y asi sucedió.

Max era diabético. Max nos ayudó a descubrir su enfermedad un día que empezamos a sospechar que esa sed excesiva no era normal. Qué el olor desagradable de su hocico y el problema en sus encías parecían tener otra causa. Ya habíamos aceptado a Max y aceptamos también su enfermedad y decidimos darle a ese pequeño ser que nos alegraba todos los días con su mirada y su ronroneo, una vida digna, llena de amor y cuidados.

Max era cariñoso. Max no era un gato común. No disfrutaba de la independencia típica de un gato. Le encantaba estar cerca de nosotros, y cuanto más cerca mejor. No importaba donde estaba sentada o echada, allí venía él, a mi encuentro a sentarse a mi lado. Su rostro cerca a mi rostro, sus orejas haciendome cosquillas en la mejilla y un suave y hermoso ronroneo que me hacía relajar. Allí donde Rémon se echara a ver la televisión, allí estaba Max. Tanto que hubo un tiempo en que en la cama dormíamos tres y los tres con la cabeza en la almohada.

Max era hogareño. Max no tenía el espirítu aventurero de un gato normal. No le gustaba estar en el balcón, tampoco le gustaban las alturas. Prefería estar en su cojín o en cualquier otra parte de la casa. Pero afuera, nunca. Lo que nos obligaba a hacerle mover un poco a modo de ejercicios. No podía engordar, la diabétes podría haber empeorado de haber sido así y junto con su dieta especial, el ejercicio era indispensable.

Max era en cierta forma juguetón. Max tenía sus juguetes regados por la casa, a veces nos tropezabamos, pero siempre teminabamos con una sonrisa en los labios. Su favorito era un pequeño ratoncito plomo con una bola por dentro que lo hacia sonar. Le gustaba llevarlo en su hocico y saltar a la cama con él y dejarlo a su lado cuando iba a dormir. Pero también le gustaban las cintas, esas de regalo, tenía una fascinación por ellas, las mordía y las jalaba. Simplemente le gustaban.

Max era obediente. Max nunca saltó a una mesa ni a los estantes de la cocina ni a ningún otro lugar donde sabía que no podía estar. Max era respetuoso. Y siempre que lo llamabamos acudia a nosotros. Si, de alguna forma parecía un perro. Nos saludaba cuando llegabamos y reclamaba si no lo saludabamos. Max nos hacía notar su presencia, siempre.

Ese y mucho más era Max. Y nosotros erámos felices con él. Max hizo que nuestra pequeña familia de dos se convirtiera en tres. Max nos hacía reir. Nos hacia preocupar y hace poco nos hizo llorar.

En junio pasado, nos confiamos demasiado en su forma hogareña de ser. La puerta del balcón se quedó abierta y seguramente una paloma se posó en la baranda y el instinto felino que nunca vimos en Max debió haber aflorado. Max no tenía experiencia con alturas. Cayó desde el 3er piso y cayo muy mal. Se quebró una cadera y seguramente uno de los gatos que estaba a su alrededor lo mordió provocandole una herida interna. El nunca peleo, nunca se defendió.

Max no volvió a ser el mismo. Lo cuidamos, le dimos todos sus medicamentos, lo protegimos, lo mimamos. Pero Max no volvió a ser el mismo Max. Problemas de salud y complicaciones una tras otra. Nos volvimos continuos asistentes de visitas regulares al veterinario. Seguimos los consejos al pie de la letra, postergamos reuniones, cancelamos citas. Sufrimos la angustia de dejarlo a veces por un día y a veces por casi dos en el veterinario. Max había decidido no comer más. Y eso fue una angustia desesperante. Hicimos de todo para que coma, tuvimos que alimentarlo con jeringa y ante cada nueva expectativa teníamos esperanzas. Max era parte de nuestra familia.

El martes 23 de septiembre lo llevamos por última vez al veterinario. Se quedó desde las 12 del día. A las 6 y 20 de la tarde nos llaman y nos dicen que no hay más que hacer. Sus pequeños órganos estaban muy afectados, sus músculos atrofiados, sus ojos infectados. Estuvimos a su lado en sus últimos momentos. Sus ojitos nos miraban. Cuando le pusieron la ampolla colocó su cabecita inmediatamente sobre la almohadita y se quedó allí. Su lindo pelaje y sus lindos ojos se volvieron frios. A las 6:35 pm Max se puso a dormir para siempre, nos ha dejado un vacio. Su último ronroneo fue para mi en la mañana. Rémon no ha parado de llorar y yo tengo un apretón en mi corazón.

El mercado de los recuerdos

25 Sep

No es un mercado digamos original, tampoco especial. Simplemente es un mercadillo que atrae a un público bastante mayor generalmente. Se le podría llamar mercado de pulgas, mercado de baratillas o mercado de antiguedades. Pero yo lo llamo el mercado de los recuerdos.

Anoche ya había visto que a un lado del estacionamiento se habían colocado algunos puestos, eran simple armazones de barras de acero que formaban unas mesas con patas y toldos para cubrirse en caso de lluvia pero también en caso de sol.

No es la primera vez que hay uno de esos mercados por aquí, al menos en Amsterdam se organizan varios, por barrios y por temporadas. Quizás el más importante es que se mezcla con la celebración por el Día de la Reina. Tan popular, tan comercial. Aquí el espíritu netamente monetario de los holandeses se puede respirar. Ese día la gente aprovecha para vender lo que ya no usa y también para botar o deshacerse de aquello que le incomoda o que sabe que nadie daría ni siquiera un euro. Hay gente adulta, viejos, nativos, extranjeros y también niños que van aprendiendo a juntar los juguetes que no desean más para venderlos y tener algo extra que agregar a la propina de la semana, además de aprender que todo se puede vender y que con todo se puede ganar dinero.

Y precisamente en ello, en ganar dinero los holandeses son pioneros, sabios y los mejores intermediarios que he visto. Pero ese es otro tema. Volviendo al mercadillo, por un momento no podía dejar de comtemplar la brillantez y hermosura de tantos objetos que a simple vista no podían ser de este tiempo. Los han limpiado bien para esta ocasión, pensé. Pero en realidad descubrí en el laberinto de mis recuerdos que ya había visto con qué cuidado los holandeses conservan sus objetos. Tal vez no solo para regalarlo a sus hijos, o los hijos de sus hijos; tal vez no solo para dejar que otros los aprecien o para conservarlos por su utilidad. No. La mayoría de ellos conservan sus objetos para, en alguna ocasión, sacarles algo de provecho metálico. No todos lo hacen, pero creo que la gran mayoría conserva cachibaches en sus hogares con ese fin.

Un juego de té, con tazas blancas y bordes dorados colocadas sobre una fuente completamente dorada y con un estilo muy del siglo pasado abría el camino al comienzo de las mesitas. Al menos por donde yo pensé que era el comienzo. Seis filas de no más de 30 metros cada una se habían dispuesto para que ese grupo de holandeses expusiera sus antiguedades. Nada era nuevo, todo era usado y todo se vendía.

Figuras, pinturas, tazones, botellones, floreros, envases, libros, cuadros, espejos, mesitas, adornos por doquier, adornos que alguna vez fueron exóticos, cds, videos, dvds, muñecos, aretes, pendientes, collares, zapatos, ropa, tarjetas, carteras, algunos instrumentos de música con todo e instrucciones, vasos, cucharas y cucharitas, platos decorativos, etc. y de todos los materiales posibles, plata, oro, madera, bronce, aluminio, metal, tela, lona, vidrio, piedra, etc. Había tanto que mirar. Y de pronto fui yo quien miraba y me di cuenta que yo y mi pareja eramos unos de los poquísimos jovenes que deambulaba buscando y rebuscando entre los objetos a ver si algo era interesante. La gente, el público, pasaba de los 55, tal vez de los 60, pero no solo ellos, también los vendedores eran contemporaneos a su propio público.

¿Cosas viejas atraen a gente vieja, gente mayor ? ¿es posible¿. Un jarrón, un juego de té, un libro o una pintura o tal vez el más pequeño de los objetos podría transportar en el tiempo a una de esas personas. Extraer de la masa y de este mundando mundo moderno un recuerdo del pasado que tal vez le hizo sentir feliz o infeliz. O simplemente recordar una época, marcada por esos recuerdos que están alojados en el rincón más infinito de nuestras memorias y que se activan cuando vemos, escuchamos, leemos, olemos lo que alguna vez formó parte de nuestras vidas. ¿Acaso los viejos, nuestros viejos viven solo del pasado y de sus recuerdos porque su futuro ya es muy limitado ?

También había alguna gente joven, como yo. Treinta y cinco años no son tantos cuando se compara con la memoria, los recuerdos y el pasado de alguien de más de 60 años. Pensé que ese mercado era una necesidad, una obligación. Un tener que estar para que su existencia sirva para exponernos a nosotros, los jovenes, el pasado que fue presente de esos viejos. Y ahora yo en la tranquilidad de mi hogar, miro las pocas cosas que tengo y que conforman mi presente, nuestro presente y el corto pasado que tengo y me preguntó: cómo veré mi laptop en 30 años, ésta laptop que es un modelo casi nuevo será obsoleto en 30 años, pero si al verla en uno de esos mercadillos que seguro seguirán existiendo, recordaré que mis primeros escritos, mis primeros textos digitales para publicar los escribí en ella. Será el recuerdo de lo que empezó en mi vida y que en ese momento sabré lo que hoy no tengo ni idea. Y me sentiré feliz por el simple hecho de ver un mercado, el mercado de los recuerdos, de mis recuerdos todavía futuros.