meneer Couzy

Hacía frio. La noche anterior la temperatura había bajado lo suficiente para provocar una delgada capa de hielo sobre las calles y veredas. Ese, como otros día trabajé en casa. Frente a mi escritorio hay una ventana. Amplia, grande y blanca. Casi siempre estoy mirando a través de ella, aunque pareciera que nunca pasa nada, aunque la calle no se transforme, aunque los autos que por allí circulan no se estacionen, aunque no haya casi gente, siempre estoy mirando a través de ella.

Espero con paciencia a que las hojas de los árboles caigan cuando el viento sople y a que las nuevas broten; a que los pájaros coman del pan que los vecinos arrojan; ver a uno que otro perro llevando a su dueño de una cadena, a un gato explorador, gente en bicicleta, vecinos con seño fruncido. Ese frío día, después de enviar algunos emails, me acerqué de nuevo a la ventana. Y como siempre, miré al otro lado de la calle tratando de definir las siluetas de la ventana de la casa que está justo enfrente a la mia, pasando la delgada área verde que nos divide. Ventana que siempre está cerrada, pero de la que cuelgan plantas y se encienden luces rojas por la noche. Cuando miré hacía abajo -estoy en un tercer piso- lo vi parado justo al borde de la vereda. Pensé que esperaba a alguien o que simplemente contemplaba el hielo debajo de sus zapatos. Parado al lado del árbol sin hojas, entre la vereda y la pista, Meneer Couzy (señor Couzy) no parecía animado a cruzar la calle. Es la edad, pensé, es ese maldito hielo que puede hacerle resbalar. Vi pasar a un chico de tal vez 18 o 19 años. Pasó exactamente frente a él y sin mirarle. Vi pasar a  dos de mis vecinas, esas que se esfuerzan por hacer alharaca y bulla en sus jardines cada vez que organizan una barbacoa, de tal manera que los demás, los que no tenemos jardín nos enteramos que están asando carne, pollo y verduras, bebiendo vino y la están pasando bien. También vi pasar a mi vecino del piso de arriba. Pasó al lado de meneer Couzy montado en su bicicleta y no se detuvo a saludarle. Siguió de frente, sin duda iría al restaurante chino de la vuelta a tomar alcohol como suele hacerlo, para después entrar a su casa atropellando lo que esté a su alcance, haciendo escándalo y remolcando su tristeza.

Meneer Couzy parecía no percatarse de la gente que pasaba por su lado, tenía la mirada clavada en ese hielo seco y duro. Palpaba con sus zapatos la firmeza del mismo y tenía las manos dentro de su chaqueta. No llevaba gorra, nunca le vi llevar una a pesar de la calvicie y a pesar del frío. Meneer Couzy era un hombre anciano y la vejez llega a veces como un huracán que arrastra hasta con el más joven de espíritu. Espere unos momentos mientras trataba de convencerme de que ese hombre no eran tan viejo y desprotegido como se veía en ese instante, que estaba allí parado disfrutando y matando el tiempo, al que seguramente conocía muy bien y del que se había hecho amigo y compañero en sus momentos de soledad. Yo esperaba a que meneer Couzy levantara su cabeza y diera el paso certero que lo llevaría a su casa. Quería ver al hombre que me saludó con un cariñoso apretón de manos cuando se enteró de que era su nueva vecina. Al hombre que me sonreía con sinceridad y no con la obligación que el encontrar a tu vecino impone. Quería verle cruzar la calle con la misma energía con la que lo ví subir esas escaleras duras, de piedra, frías y carentes hace 5 años. Pero meneer Couzy seguía allí parado.

Ya había decido bajar para ayudarle. Le pregunté a Rémon si él también creía que meneer Couzy necesitaba ayuda. Me dijo que no, que no me preocupara, que solo podía subir. Pero Rémon es holandés y la mayoría de holandeses son individualistas y a muchos les cuesta reconocer que necesitan ayuda. No esperé más y bajé. A pesar del frío no me puse abrigo. Será algo rápido, pensé, pero también dudé. No quería que se sintiera ofendido, ni mucho menos hacerle sentir más viejo. Aún así, me arriesgué. Crucé rápido, evitando resbalarme. Meneer Couzy no se dió cuenta, no me vió bajar. Notó mi presencia cuando sintió mi brazo en el suyo y sin decirme palabra alguna puso una mano sobre la mia a manera de apoyo y dio el paso que no se atrevía a dar en solitario. No nos miramos. Su mano helada y sobre la mía caliente se sintió como un espasmo. Cruzamos la pista a pasos lentos, con cuidado, yo con el recuerdo de mi abuelo en la cabeza y él aceptando las limitaciones que la vejez impone. No me permitió ayudarle a subir las escaleras. Me dijo con cariño y sonriendo como siempre, que había sido buena con él pero que era suficiente, que podía solo. Y así lo hizo. Subi las escaleras corriendo, no para demostrarle lo que yo a mis treinta y tantos todavía puedo hacer, sino para no verle sufrir mientras sube esas piedras heladas, como después le vería alguna vez. Paso a paso, como un niño aprendiendo a caminar. Siempre temí por una caída. Sobre esas piedra, a la edad de meneer Couzy es muerte segura.

Decidí cuidar de meneer Couzy. Toqué a su puerta alguna vez, solo para saber si estaba bien, y detrás de ella me dijo que sí. Quizo abrirla, pero le dije que no era necesario. Yo solamente quería saber si estaba vivo. Rémon y yo le pedimos su teléfono y le dimos el nuestro, just in case. Ese día fue muy amable y ocurrente. Nos halago por nuestra generosidad, por preocuparnos por él y también felicitó a Rémon por su excelente holandés. No pude parar de reir. Rémon es holandés.

Alguna vez Rémon cruzó más de dos palabras con meneer Couzy. Éste le comentó que había vivido casi toda su vida en la misma casa y que tenía más de 90 años, pero no recordaba con exactitud cuantos, que no tenía más familiares que alguien lejano viviendo en otra ciudad. Que estaba solo. Que no quería mudarse, ni mucho menos ir a un asilo de ancianos, pues le gustaba su casa y se sentía cómodo allí.

Y como es lógico, la vejez con su tempestad no se hace esperar. De a pocos va haciendo estragos. Ya no veía a meneer Couzy. Su carrito (uno especial para minusválidos) estaba estacionado en el mismo lugar. Un día Rémon llegó del gimnasio y con voz apurada me dijo que se estaban llevando a meneer Couzy. Corrí a las escaleras y lo vi, luchando por bajarlas, a su lado dos paramédicos, en su nariz oxigeno y en la puerta su amigo, al que seguramente habría llamado en un momento de dolor. Meneer Couzy me miró y con una sonrisa me dijo:  «adiós Katherina, ustedes han sido muy buenos conmigo». Nunca supo pronunciar bien mi nombre. Me sonrió otra vez y bajó su mirada para continuar bajando esas malditas escaleras de piedra. Y lo logró.

No quería visitas al lugar que lo llevaron. Le pedí a Rémon que llamará al amigo para saber más. Así nos enteramos que meneer Couzy estaba recuperándose, que prefería no ser visitado por ahora y que seguramente después podríamos verlo. Una noche vimos luz en su casa. Al día siguiente una mujer arreglaba cosas dentro de la casa que todavía lleva el nombre de meneer Couzy; ella me confirmó que Meneer Couzy estaba un poco mal. Me prometió darle mis saludos.

El 17 de julio en nuestras escaleras encontramos 3 sobres iguales. Para nuestros vecinos y para nosotros. Rémon me dijo que era una tarjeta de defunción. Le pregunté cómo lo sabía y me dijo que todas eran iguales y estándares. Él ya lo sabía. Meneer Couzy falleció el 15 de julio del 2009. Su nombre era Gerard y nació en 1919, un año después de mi abuelo. No habría velorio y sería cremado. La carta fue enviada por un notario. Meneer Couzy no tenía familia cercana que se ocupara de esas cosas.

Esa noche fui a la ventana y le dije adiós a meneer Couzy.


Autora: Karina Miñano Peña

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