—¡Bajen! ¡bajen todos! —ordenó el chofer del autobús desde su asiento.

El vehículo se había detenido en una esquina muy cerca a una intersección. Los pasajeros, abstraídos en sus pensamientos, no se dieron cuenta de que el conductor había cambiado la ruta. Hasta que la orden de bajar los sorprendió.

—¡Bajen! ¡bajen! —repitió apurado y algunas personas empezaron a levantarse de sus asientos.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué debemos bajar? —preguntó un anciano con voz temblorosa desde su sitio.

—Pero…está no es la ruta correcta. ¿Dónde estamos? —Alzó la voz sobre el barullo un muchacho con una gorra de béisbol que cubría su cabeza.

—¡Primero desvía la ruta y ahora nos obliga a bajar! —se quejó un pasajero con el ceño fruncido al mirar hacia la calle, vacía, sin autos y sin gente.

—¡Oiga! ¡se me hace tarde! ¡tengo que trabajar! ¡no puedo llegar tarde! —argumentó otro.

—Señor debo llevar al pequeño a la guardería —dijo la voz preocupada de una abuela que cargaba a su nieto de cuatro años en su regazo.

—¡Bajen! ¡bajen! —gritó de nuevo el chofer—. Es siempre lo mismo. Suben y después se quejan —murmuró para sí.

—Acaso ¿se ha malogrado el autobús? —preguntó una muchacha de cabello morado y verde.

—Algo así —respondió el hombre de mala gana y la apuró con un gesto de mano.

—¿Y qué pasó con el chofer? —inquirió la muchacha que recordaba haber hecho una pregunta al conductor antes de subir.

—Están todos tan distraídos que ni cuenta se dieron cuando hicimos el cambio. Ahora ¡bajen ya! ¡tengo que ir por otros pasajeros! —habló más fuerte y dominante.

—Este no es el paradero final. ¡Oiga, no nos puede dejar tirados! Tendremos que caminar varias calles para tomar otro bus —reclamó el anciano preocupado por sus rodillas.

El conductor miraba a través de su espejo retrovisor en tanto los pasajeros resignados bajaban en una marcha lenta y confusa. La muchacha con el cabello de colores ayudó a bajar al anciano que no paraba de quejarse y, al pasar de nuevo cerca del chofer, le lanzó una mirada sospechosa. En la calle solo se escuchaba el motor encendido del ómnibus. Cuando el vehículo se quedó vacío, el piloto cerró la puerta, arrancó y se marchó. Los viajeros, confusos y malhumorados, se quedaron con la boca abierta. En seguida, intentaron reconocer el lugar donde estaban. Observaron su entorno. La avenida en la que estaban era larga, ancha, divida por una berma central. A los costados había comercios con las puertas cerradas. Era una calle familiar para todos, y aun así no sabían dónde estaban.

—¿Por qué no hay gente?, ¿por qué no hay autos?, ¿qué pasa aquí? —aulló una mujer embarazada que respiraba agitada y sostenía su enorme barriga con las manos.

Nadie se atrevía a moverse. El anciano, encorvado casi hasta llegar al suelo, sostenido por su bastón y por la muchacha de cabellos morados y verdes, no daba crédito a lo que estaba pasando, cerró la boca y no se quejó más. No había sonidos, ni murmullos. Si todos callaban se podía escuchar el palpitar acelerado de sus corazones. En el silencio agudizaron los oídos y, por más atención que prestaban no escuchaban nada.

—¿Qué hora es?  Mi reloj se ha detenido a las siete y cuarto —sostuvo de pronto un hombre vestido de traje que incrédulo examinaba su teléfono móvil.

—Pues…mi teléfono marca las siete y cuarto también. Su reloj debe estar bien —apuntó otra chica, al acomodarse la mochila—. Pensé que era más tarde —esbozó una sonrisa— todavía estoy a tiempo de llegar a la facultad —. Y se dispuso a caminar.

La muchacha dio dos pasos, miró hacia el frente, se detuvo desorientada y se volvió a los demás.

—Pero ¿dónde estamos? —resopló moviendo la cabeza hacia los lados.

—Se parece a la calle de Los Próceres —respondió la abuela mientras le ponía el jersey a su nieto.

—No, no se parece…¿o sí? —habló el muchacho de la gorra de beisbol. Sacó su teléfono móvil pero no había señal—No funciona—se quejó apremiante.

—El mío tampoco —confirmó el hombre de traje.

—Ni el mío. —Se aterró la chica de los cabellos colorados. El pánico parecía entrar en su cuerpo cuando notó que su reloj también marcaba las siete y cuarto.

Varios pasajeros levantaron sus teléfonos intentando capturar alguna señal. Al darse cuenta de que sus teléfonos no funcionaban y, en medio del abandono que los envolvía, se angustiaron, algunos ya habían empezado a rezar y otros sollozaban, asustados y confusos sin saber en qué pensar o en qué creer.

El sonido de una campana hizo que el grupo se volviera. En medio de la calle había un escritorio y detrás de él un hombre flaco, vestido de frac y con unas gafas gruesas resbaladas hasta la punta de su chata nariz, leía una hoja de papel que llevaba en la mano. En eso, como si nubes se disiparan, los pasajeros reconocieron que estaban de una de las calles más transitadas de la ciudad. Pero no se veía ningún coche, ni autobuses, tampoco otras personas.

—Julián—llamó de pronto el hombre flaco con voz serena. Levantó la mirada y la clavó en el pequeño que ya estaba rodeado por los brazos de su abuela.

—¿Quién es usted? ¿qué quiere con mi nieto? —demandó la mujer con ojos horrorizados.

—Ven Julián. —Ignoró las preguntas.

El pequeño se soltó de los brazos protectores y corrió hacia el escritorio con una alegría inexplicable en la cara. El hombre incorporó su largo cuerpo sobre el buró, acercó su rostro a la del nene y le murmuró algo al oído. La criatura entonces miró su abuela, todavía con una gran sonrisa, levantó su manito y la movió diciendo adiós. El niño caminó por detrás de la mesa y en un parpadeo una neblina espesa lo cubrió. La abuela rompió en un grito y corrió hacia él. El hombre flaco se levantó de la silla, era tan alto que la mujer se detuvo en seco.

—¿Qué hizo con él? ¿A dónde se ha ido? ¿Quién es usted? —se desgañitó la anciana.

Los demás pasajeros estaban hombro a hombro, con sus músculos duros como la piedra, llorosos, con las palmas de las manos heridas por las uñas que apretaban con fuerza puños de miedo. El hombre achinó los ojos por unos segundos en dirección al grupo y luego anunció en voz alta y clara:

—No era su hora. Lo envié de regreso —hizo una pausa— A ver…¿Dónde estaba? —bajó la vista a su pupitre y cogió el papel— Ah…sí… —recordó, aclaró su garganta y continuó— a las siete y cuarto de la mañana de hoy el autobús número cuarenta y cinco se estrelló contra una cisterna de gas, se volcó y se incendió. El chofer debía llegar a su destino antes que los demás, por eso Caronte tomó su lugar. De los quince pasajeros, sobrevivió un pequeño de cuatro años…



Autora: Karina Miñano Peña

(©2021 Karina Miñano Peña)

Foto: Internet

Producción de la foto: Karina Miñano Peña



2 comentarios sobre “Parada inusual

  1. Hola de nuevo, me ha encantado el pequeño relato, “parada inusual” supongo que tiene continuidad. Me ha gustado mucho de verdad.
    Enhorabuena.

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