(publicado primero en el blog Liberemos las palabras)

Exhausto, se desplomó sobre su cuerpo sudoroso y hundió la cara entre los cabellos arremolinados de Marina. Jadeaba. Por unos segundos, Víctor se perdió en el aroma de jazmín y madera que, al mezclarse con el olor natural de ella, lo seducía y provocaba a la vez. Marina lo rodeó con sus piernas y sus brazos y lo mantuvo dentro de ella hasta que la blandura se apoderó de él. Cerró los ojos y sonrió, estaba contenta, Víctor sabía muy bien como complacerla.

Cuando su respiración volvió a la normalidad, su amante se incorporó y la miró satisfecho. Ella levantó un poco la cabeza para besarle la boca, pero él apartó la vista, se liberó de sus brazos y se levantó de la cama para ir a la ducha. Marina frunció el ceño. Las dos últimas semanas había hecho lo mismo, sospechó de su comportamiento e intuyó que esa noche tampoco dormiría con ella. Decidió que no lo dejaría ir.

—¿Por qué tan rápido? — Lo sujetó de la muñeca.

Víctor se volvió, colocó su otra mano sobre la de ella y se agachó para darle un beso en la frente.

—No podré quedarme esta noche.

—¿De nuevo? —se quejó sin dejar de mirarlo.

—Es el cumpleaños de Marcelo. Voy a su fiesta. Te lo dije por teléfono.

—Ya…pero, el viernes pasado fue lo mismo y el anterior también —Su mirada se volvió fría e inquisidora.

Él sonrió solo con los labios y siguió su camino. Las sombras de su cuerpo, iluminado por las suaves luces de las lámparas, resaltaban sus glúteos redondos y su vientre plano. Lo vio desaparecer entre las escaleras al mismo tiempo que intentaba guardar la calma para analizar lo que estaba pasando. Sacudió la cabeza, como cuando lo hace al momento de pensar en sus estrategias de venta y procuró poner todas las ideas sobre una mesa mental. Es verdad, tenían un acuerdo desde hacía ya dos años, pero las cosas habían cambiado en los últimos meses. Al menos así lo veía ella. Habían salido a cenar, a bailar, al cine. Hubo ocasiones en que caminaron cogidos de la mano, en otras se besaron en público, a pesar del miedo que sentía de ser vista por algún conocido. Muchas veces se preguntó si él también tenía ese miedo.

Escuchó el agua de la ducha, se incorporó rápido. Vio el móvil de Víctor sobre la mesa de noche y titubeó por un momento. No sabía la clave, así que no intentó revisarlo. Encontró sus vaqueros tirados en el piso a un costado del guardarropa. Metió la mano en los bolsillos esperando encontrar algo, cualquier cosa que le quitara la duda e incertidumbre. Tres condones fue todo lo que halló. “No necesita esto”, pensó y se agachó para empujarlos debajo de la cama. Cuando se levantó ya no se escuchaba la ducha. Se arrepintió de haber escondido los preservativos, él podría descubrirlos y ella no sabría cómo explicarse. Se inclinó para recogerlos y al erguirse, escuchó los pasos de Víctor por la escalera. Miró con urgencia a todos lados y los tiró por debajo del ropero. Estaba segura de que allí no los buscaría. “No los necesita”, se dijo de nuevo, entretanto los músculos de su rostro se tensaban sin compasión. Respiró hondo para tranquilizarse. Nunca había perdido los papeles, poseía una gran facilidad para llevar el control, de casi todo.  

—¿Has cambiado de champú verdad? Mira cómo me ha dejado el pelo —reclamó Víctor desde el umbral, encendió la luz del cuarto y fue a mirarse al espejo, llevaba una toalla en el cuello con la que se secaba el cabello.

Marina apretó los ojos cuando el fulgor llenó la habitación. 

—¿Cuál has usado? —preguntó en el momento que recuperó su visión.

—El del frasco color turquesa.

—Ah…bueno, ese tiene crema acondicionadora, por eso tus pelos están aplanados —suavizó la mirada y sonrió—. Ven, te lo lavaré —Le extendió la mano.

—No, ya no te preocupes. No tengo tiempo —se acomodó los pelos con los dedos, estrujó los labios y cogió sus vaqueros para ponérselos.

—Es una fiesta cariño, puedes llegar más tarde —Dio un paso y se colocó delante de él, le estampó un beso en la boca, le cogió de la mano y lo jaló hacia dentro.

—Tengo que irme preciosa, le daremos una sorpresa y yo soy el que organiza todo…

—No te creo —No lo dejó terminar la frase y dieron dos pasos.

—Espera, espera. Déjame enviar un mensaje al menos —Se soltó de su mano.

Marina, desde la puerta de su habitación, lo observaba con el rostro de piedra al imaginar que le estaba escribiendo a una mujer, quizás más joven, sin experiencia, sin su experiencia. Víctor había aprendido mucho con ella. Lo había guiado hasta convertirlo en un maestro que conocía cada poro de su piel y cada parte de su cuerpo. En el lecho, Marina se desprendía de ese aire de formalidad y seriedad que la llevaron a ocupar un alto puesto en su empresa. En la intimidad, era otra, sin límites y abierta a experimentar. Esa había sido su táctica para mantenerlo a su lado. No quería que se fuera. Ni mucho menos que sea él quien la deje. Siempre lo tuvo claro; la relación que mantenían, de fines de semana, terminaría cuando ella así lo quisiera. Pero no esa noche. No después de que las citas se convirtieran en algo más que sexo: en salidas ocasionales, en el último viaje de vacaciones a Aruba. No, no podía estar equivocada.

—Me escuchaste —La voz de Víctor la hizo regresar de sus pensamientos. 

—Perdón, no … ¿Qué dijiste? 

—Te digo que no puedo llegar tarde —Y recogió la camisa del piso.

En un impulso Marina corrió, se la arrancó y caminando coqueta por la habitación, se la puso.

—Marina…por favor —suplicó. 

—Por favor digo yo. Me tienes abandonada. ¿Crees que me es suficiente con un solo polvo? —Se contorneó al hablar y dio pasos gatunos hacia él.

—Jamás podría abandonarte —La cogió de la cintura y la apretó a su pecho. Marina todavía se movía al ritmo de una melodía imaginaria.

Víctor aspiró a fondo el olor del cabello largo de Marina. Quiso besarla y cuando sus labios rozaron los de ella, usó su lengua para lamerle el labio inferior. 

—Quédate —le susurró a la oreja.

—No puedo —murmuró.

Entonces metió su mano experta dentro de los vaqueros para cogerle los testículos y con su dedo medio acarició con suavidad el perineo, a la par que introducía su lengua ávida en la boca de su amante. Él respondió a la caricia de inmediato, un hormigueo le recorrió la espalda y su bragueta empezó a ajustarle. Entonces, el sonido de un mensaje de texto lo distrajo y, a pesar de que ella se apretaba a él, no pudo evitar que se volviera a coger su móvil, todavía con la mano de Marina dentro de los pantalones. 

—Discúlpame, pero ahora sí me tengo que ir —aseguró con la vista en su teléfono.

—No. Quiero que te quedes —Su tono ya no era seductor, ni mucho menos dulce.

Víctor levantó la mirada, un poco confundido, un poco incrédulo. Luego la cogió de la muñeca forzándola a sacar la mano de dentro de sus pantalones.

—¿Me parece o estás enojada? —cuestionó en un tono que quiso ser casual.

—¿Tú que crees? —contestó ella con una voz arisca.

—¿Me das la camisa, por favor? 

Estaba sorprendido. Nunca le había hablado de esa forma. E insistió.

—Mi camisa —Tensó el rostro.

—Voy contigo a la fiesta. Y luego regresamos aquí, follamos de nuevo y pasamos el fin de semana juntos… — Se quitó la prenda y se la dio.

—No —interrumpió con un tono que ya no era condescendiente, más bien gélido.

—¿Por qué? —levantó las cejas sorprendida.

—Tenemos un trato, Marina —Terminó de abotonarse la camisa sin voltearse a mirarla.

En ese momento, como una venda que cae, se dio cuenta de que vivía una ilusión que ella sola había creado. No eran pareja, no compartían amor. Lo suyo era carne, placer y nada más. 

—Además, no te va a gustar la música. Tú eres más…digamos… clásica —Quiso suavizar la situación, mientras se metía la camisa dentro del pantalón.

“¿Qué me ha dicho? Se ha referido a mi edad”, pensó. Dio media vuelta.

—Espérame, ya vuelvo—Bajó las escaleras a toda prisa.

—No te demores. Que realmente tengo que irme —le gritó. 

En realidad, lo que necesitaba era un poco más de tiempo. Cerró la puerta del baño y corrió al espejo. Sí, era mucho mayor que él, pero a Víctor no le importó. Y nunca fue un problema, mucho menos entre las paredes de su cuarto. Llevó las manos a su rostro y confirmó que las arrugas no eran tan visibles. Aún hacía voltear a los hombres en la calle. Allí, frente a sí misma, reconoció que no sabía perder, y no quería perderlo. El terror usurpó su cuerpo, tembló y aceptó que lo que sentía por él era algo más que deseo. Y en eso, tuvo que contener unas ganas inmensas de volver a su lado y aferrarse a su cuerpo para evitar que se fuera. No quería dormir sola. Recordó los condones y una punzada en el estómago hizo que se arqueara al imaginar que eran para follar a otra mujer, de seguro una de la edad de él y más esbelta que ella. Miró sus manos que, aunque cuidadas con una excelente manicura y cremas caras, no podían evitar que reflejaran su madurez; tenían cuatro décadas y algo más. Las cerró en un puño, venas a punto de explotar. Su respiración se agitó, no pudo contener las lágrimas rabiosas. Debía retenerlo.

—¡Víctor! —gritó con desgarro, como si su vida estuviera en peligro.

Escuchó sus pasos correr. 

—¿Qué te pasa? —demandó inquieto.

Cuando la puerta se abrió Mariana se dejó caer en sus brazos.

—Por favor —Lo miró suplicante, con las manos en el vientre y la cara compungida—. Llévame al hospital…creo que es el apéndice. 



©2021 Karina Miñano

Foto: Artofphoto/canstockphoto


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